Por Cristina Palmese
En la música, al igual que en el jardín, en la naturaleza o en la arquitectura, se percibe el sentido del cambio. Si la música es una teoría sobre el control del tiempo, para Scarpa la arquitectura también lo es. Guiada de la mano del arquitecto, la obra arquitectónica debe dejar de ser algo fijo o estático. En efecto, los acontecimientos en el espacio no se perciben como una situación fija. Aunque estemos quietos se recomponen mentalmente como una secuencia, un encadenamiento, una sucesión. Esta interpretación del espacio como un fenómeno que se organiza en el tiempo, hace que la arquitectura —por su dimensión secuencial en el tiempo— coincida con la experiencia musical. Una arquitectura, un recorrido es una cuestión de ritmo. Con este planteamiento el agua en Scarpa también es siempre nueva e imprevisible. Por eso, el agua en Scarpa no era algo secundario, meramente ornamental, desvinculado de la arquitectura, sino que es una conexión necesaria, esencial en su relación con la arquitectura: hay que partir del agua para contemplar la arquitectura. El agua da significado a su arquitectura. Caminos de agua acompañan a Scarpa en sus recorridos arquitectónicos. Lo encontramos en diversos ejemplos de su obra:
El gran arquitecto mejicano Luis Barragán también centró buena parte de su interés y de su esfuerzo en el diseño de jardines, estanques, senderos, y fuentes mostrando un profundo entendimiento tanto de los elementos básicos de construcción (vigas, tejas, arcos), como de los elementos naturales: rocas y piedras, agua y horizonte juegan un importante papel en el diseño y construcción de una casa. Este gran arquitecto señaló: «La arquitectura, además de ser espacial, es también musical. Esa música es interpretada por el agua. La importancia de las paredes es que nos aíslan del espacio exterior de las calles. Las paredes crean silencio. Desde ese silencio puedes hacer música con agua. Después, esa música nos rodea». En el jardín, la naturaleza conducida por la mano del hombre habla con voz propia: el canto de los pájaros, el sonido del viento, los juegos infinitos de arroyos, estanques, fuentes, canales y surtidores.
La interacción y los conflictos entre tecnología y naturaleza se manifiestan a principios del siglo xx en una serie de arquitectos y movimientos de vanguardia. Uno de los más importantes es el norteamericano Frank Lloyd Wright quien, en proyectos como La casa Kaufmann o Casa de la Cascada o en el proyecto de Broadacre City (la ciudad de los grandes espacios), busca la utilización de los avances tecnológicos, no para someter a la naturaleza, sino para integrar la arquitectura en el paisaje. Este ideal de Wright de la fusión entre vivienda y naturaleza lo encarna la Casa Kaufmann, construida en 1936 en Bear Run. En este ejemplo se manifiestan una serie de contradicciones no resueltas. La tecnología y particularmente la utilización del cemento armado (material no propiamente natural) constituye la solución que encuentra Wright para integrar la casa en plena naturaleza proyectada sobre una roca varada encima de un pequeño arroyo. El sonido del agua de la pequeña cascada de un arroyo está presente en todos los rincones de la casa y esta dimensión no controlada puede hacer que la casa resulte inhabitable. Esta voluntad de una integración total en la naturaleza resulta un intento poético fascinante pero sin resolver14.
Para terminar, un breve comentario acerca de otro gran arquitecto: Le Corbusier muestra su fascinación por el agua como elemento arquitectónico que casi siempre emplea a modo de espejo reflectante. Francesco Venezia, en su interesante estudio sobre la Torre de Sombras15 proyectada por Le Corbusier para el Campidoglio de Chandigar, evidencia la fascinación de ambos arquitectos por el agua como elemento reflectante aplicado a la arquitectura, tal como recogen los siguientes fragmentos del citado libro: «…Se manifiesta una duplicación de esta sinfonía por el efecto del espejo de agua adecuadamente situado… En el crepúsculo las previsiones se cumplen de manera inimaginable: aparece un nuevo objeto arquitectónico con claridad meridiana; la verdad absoluta, imagen prodigiosa que desaparece con el céfiro y que aparece a merced de los vientos», afirma Le Corbusier. «Estas imágenes que pertenecen ya a aquel cuerpo, están constituidas por su realidad, matemáticamente predecibles y determinables, son también al mismo tiempo precarias: ya sea por lo transitorio del espejo del agua creado por ejemplo por las mareas, por las lluvias monzónicas, ya sea porque el reflejo se rompe en mil pedazos por un ligero soplo de viento en la superficie de la cuenca natural o construida: la arquitectura queda a merced de los vientos…», Francesco Venezia.