Por Cristina Palmese
El agua cambia de estado, cambia de forma y se presenta en mil modos diferentes y cambiantes. A partir del agua todo puede nacer. Aparece por tanto el agua como un modelo de fecundidad que está presente en todos los mitos y religiones. Del agua nacen los seres y las cosas siendo poseedora de virtudes terapéuticas y medicinales. Ciertas aguas poseen poderes milagrosos capaces de curar siendo otras fuentes de purificación espiritual individual y colectiva. El fenómeno del diluvio aparece como elemento creador en numerosas civilizaciones: el diluvio es una recreación del mundo pues el agua reaparece como una forma de reinicio.
En las culturas aborígenes de Australia una rana gigante habría absorbido el agua de la Tierra y por eso, los animales sedientos le provocaron la risa con el fin de que el batracio expulsara el líquido. Nuestro imaginario está lleno de criaturas acuáticas, a veces fabulosas y a veces terribles. El Leviatán, monstruo marino evocado en la Biblia tendría la capacidad para destruir el mundo; símbolo del mal absoluto, sólo Dios puede derrotarlo. Si algunas criaturas marinas como las sirenas son totalmente imaginarias, otras se convierten en monstruos por exageración a partir de seres existentes (lo encontramos en las novelas de Julio Verne y también en monstruos acuáticos de diferentes culturas como el monstruo del lago Ness en Escocia).
El agua pertenece al dominio de las maravillas y de lo legendario. En la mitología griega Poseidón, dios del mar, es una de las principales divinidades. En todas las religiones el agua es un elemento clave para la unión con Dios. En el Antiguo Testamento el agua es un instrumento por el que Dios puede castigar (el diluvio) o ayudar a la salvación (el paso del mar Rojo). El Nuevo Testamento retoma los símbolos de las antiguas escrituras; Jesucristo fue bautizado por San Juan en las aguas del Jordán mientras que el episodio de las bodas de Caná, con la transformación del agua en vino sucede el primer milagro de Jesús. En las tradiciones musulmanas la fuente en la que bebe Ismael, hijo de Abraham y de Agar, se convierte en un lugar sagrado.8
Para entender esta dimensión estética del agua, un elemento clave es el jardín, lugar en el que el cuidado de la naturaleza implica un interés por diseñar espacios para el placer de los sentidos y para representar diferentes simbologías. El jardín es un lugar clave tanto por sus aspectos formales en la creación de ritmos, secuencias, formas, como por expresar ideas culturales concretas. Cada tipo de jardín ofrece una estética propia que depende de su contexto cultural y geográfico, de las tecnologías disponibles, de los elementos simbólicos, del desarrollo formal (simetrías, geometrías…) así como también del sonido (agua, viento, materiales, ecos…) [Figura 7].
La utilización de elementos sensoriales (sonidos, olores, microclimas, etc.…) es un elemento fundamental en la construcción y en la jardinería islámica. En los jardines de este periodo, el sonido del agua adquirió una belleza y una sutileza particular. En este caso, el agua es controlada mediante canales. Se trata de agua que fluye discurriendo suavemente, no de agua surgiendo en surtidores como en los jardines de épocas posteriores. Entre los siglos vii y viii fundamentalmente en Persia, Egipto y Siria, los musulmanes aprendieron las técnicas de regadío, extracción y aprovechamiento del agua. El agua puede ser valorada como un elemento decorativo polivalente que proporciona efectos lumínicos, refresca y relaja el ambiente, y hasta podría hacer las veces de un espejo al duplicar el efecto visual de la arquitectura. Ello se desarrolla a partir de:
Al Ándalus desarrolla un perfecto sistema de regadío, derivado de la tradición islámica que concibe el agua como un don divino. Según esta idea, el hombre es sólo depositario pero no propietario del agua teniendo la obligación de compartirla equitativamente entre quienes la necesitan. El agua, almacenada en azudes, se distribuye por riguroso turno a través de las acequias. Este uso del agua tiene además una fuerte connotación espiritual que implica el placer sensual: la creación de una atmósfera particular con el agua facilita la reflexión y la comunicación con Dios.