Por José Iges
El último de los ejemplos que abordaré pertenece nuevamente al género de la instalación sonora. Su título, Laberinto fluido, es ya una declaración acerca de su contenido. Fue realizada para La Noche en Blanco celebrada en Madrid del 22 al 23 de septiembre de 2007 y como tal, planteada como un hecho efímero, pues funcionó durante apenas 15 horas. La obra se desarrollaba con tres tipos distintos de materiales sonoros, derivados todos del lenguaje y más en concreto, de 14 palabras de las que surgían los mismos: frases, palabras aleatoriamente organizables en frases, y vocales y consonantes [Figura 6].
Todo partía de la siguiente observación que, por lo demás y a estas alturas de mi charla, no debe sorprender en cuanto aplicada a obras precedentes: El lenguaje es un fluido. El decir es líquido; no es posible imaginarlo sin el concurso de la saliva. La oralidad es húmeda, como el sexo.
Esta obra propone un intercambio de fluidos en la noche derramándose por el jardín, en forma de laberinto verbal. Porque la palabra, como el agua o el aire, debería ser de tod@s: un bien a compartir. Como dije, con 14 palabras se organizaba la instalación: en los espacios laterales del jardín las palabras conformaban un laberinto de frases con sentido semántico —un representativo conjunto, no exhaustivo, de 800 frases, organizadas en grupos― mientras que en un espacio acústico hexafónico central un programa informático iba construyendo una a una todas las variaciones posibles de dichas palabras (con o sin sentido) más secuencias del sonido de 49 letras, que es la totalidad de vocales y consonantes que integran dichas 14 palabras. Para la lectura de todos los elementos, efectuada en el LIEM-CDMC y montada en mi estudio privado, se emplearon 10 voces diferentes.
La variación permanente de ese conjunto determinado de palabras nos aboca en Laberinto Fluido al encuentro de nuevos e inesperados cruces de significados, pero en el fondo y más allá nos hace experimentar una cierta desconfianza (por agotamiento) hacia el valor comunicativo del lenguaje. Ello ocurre en favor de su pura degustación sonora, de su puro fluir, lo que se acentúa en el sonido organizado que difunde el dispositivo hexafónico central. En él todas las frases, todas las ubicaciones espaciales y todas las series de vocales y consonantes posibles conforman el corazón de la propuesta y quizá, su aspecto más brillante y hermético.
Estamos aquí ante una triple contextualización e interacción de heterotopías, como noción ―acuñada por el filósofo Michel Foucault— y como práctica. Recordemos que para éste las heterotopías son probablemente los espacios más propios de nuestra cultura y nuestro tiempo. Así, el empeño de brindar todas las posibilidades de variación de ese grupo de palabras nos conecta con la pretensión ilustrada del archivo como acopio perpetuo, indefinido aunque especializado, siendo así que el archivo y la biblioteca son, según Foucault, heterotopías propias a la cultura occidental moderna. Junto a lo anterior está el espacio del jardín, como contenedor de la instalación sonora. Recordemos que el jardín es, en sí mismo y desde los persas, una representación reducida del mundo; que un jardín botánico se comporta a su vez como un archivo, y que, según el filósofo francés, «el jardín es, desde la Antigüedad, una especie de heterotopía feliz y universalizante».
La tercera referencia a las heterotopías se produce aquí por el hecho de estar ante una instalación, género que nos propone una ruptura con la vivencia convencional del tiempo y del espacio; instalación que, además, por el hecho de ser tan efímera como ligada a una «fiesta» concreta, La Noche en Banco, proclamaba con mayor claridad si cabe su carácter heterotópico, pues se unía en ella lo «crónico» de la fiesta a una cierta ilusoria abolición del tiempo derivada de su excepcionalidad y contenido.
Para concluir, volvemos a las afirmaciones de Bachelard, inspiradoras de esta corriente de pensamientos «oralizados» que ante vosotros he expuesto, y que desde luego no serán lo mismo como ponencia escrita, porque no sonarán: «El agua es la señora del lenguaje fluido, del lenguaje continuo, del lenguaje que aligera el ritmo». El agua nos habla y nosotros construimos el habla a su medida y ejemplo.