Por Escoitar.org (Juan-Gil López)
Al mismo tiempo los frágiles bordes de lo sonoro como experiencia existencial y estética han servido para articular una complejidad difusa, y a veces, incómoda, donde categorías como ruido, silencio y música se deslizan empujadas hacia márgenes en los que emergen otras, no mas precisas, como las de Paisaje o Arte Sonoro y en las que, por momentos, parece que recuperásemos ese oído primigenio, en un enésimo intento por replantear los cimientos de la cultura occidental a través de diversas estrategias que van desde la sencilla escucha in situ a los trabajos con «sonidos fijados» que anunciaran pioneros como Walter Ruttman, Darius Milhaud, Edgar Varese, Paul Hindemith, John Cage, Pierre Schaeffer, Pierre Henry… Se entrevé aquí una línea quebrada que pasa por la militancia Futurista, por la vocación ecológica de Vancouver o por la estética fonográfica, entendida como aquella práctica que comprende grabaciones «en las que se privilegia la captura del sonido sobre su producción […] intentando descubrir más que inventar».5
Así, si bien el sonido grabado no permite una experiencia repetida, idéntica, del mismo modo que no lo hace el registro cinematográfico o la fotografía, si que puede construir nuestra escucha y producir un nuevo sentido a través de los infinitos grados de subjetividad de quien ha recogido esos sonidos y de quien los escucha, estableciéndose una reciprocidad entre real y virtual, alimentando, en cierto modo, una situación inversa a la propuesta por Walter Benjamin en su análisis de los efectos atróficos de los medios de reproducción sobre la obra de arte. Diríamos que, en buena medida, es la posibilidad de registrar los «ruidos» la que les confiere cierta «aura», y es en la repetición donde se nos revela su musicalidad, provocando que nos preguntemos si una obra fonográfica o una creación de paisaje sonoro podría modificar nuestra aprehensión del entorno, si es posible que de algún modo altere el equilibrio de nuestra percepción culturalmente construida, y si lo hace, ¿qué finalidad se le puede dar?
Estoy escuchando el mundo desde la perspectiva del agua.
Mi atención está unida a este sonido delicioso, tentador y táctil.
Sólo a este sonido.Hildegard Westerkamp6
El agua se ha convertido en el elemento de la naturaleza que mejor parece representar la fluidez y oscilación sonora, mostrándose como una útil metáfora a la hora de explicar las vibraciones acústicas, un modelo utilizado desde Chaucer a Helmholtz o Randau [Figura 3]. Pero al mismo tiempo se ha mostrado como un valioso transductor que permite visualizar lo que escuchamos, desvelar la fisicalidad de los sonidos que nos envuelven, su esencia táctil, como podemos apreciar en la instalación *WAV de Mikel Arce en la que —manteniendo cierto parentesco con los experimentos sobre modos vibratorios realizados por Chladni en el siglo xix— se somete una delgada pátina de agua a la presión de frecuencias graves creando un continuo entre visual y audible.
No obstante, más allá de esta cualidad física, será su multiplicidad sonora la que atraiga los oídos más diversos, ya sea por la riqueza tímbrica, por el amplio espectro de frecuencias que contiene, por una incesante presencia que nos habla de diferentes espacios o por su valor como indicio.
Es el sonido del agua, más que su visión, el que moldea la percepción de los espacios, el que da forma al paisaje, reclamando nuestra atención, y el que se fija en nuestra mente incluso después de desaparecer tal y como explica Edmund Burke cuando habla de la «infinitud» como fuente de lo «sublime».
Después de una larga sucesión de sonidos, como la de una cascada o la del martilleo de los herreros, los martillos golpean y el agua ruge en la imaginación hasta mucho después de que los primeros sonidos hayan dejado de afectarla; y estos desaparecen al final de una manera apenas perceptible.7
Y fue este mismo sonido del agua cayendo, uno de los que recordará con mayor intensidad Alexander von Humboldt [Figura 4] a su regreso de la actual Venezuela. Tras su primer viaje acompañando a George Forster por el Rin, Humboldt emprende entre 1799 y 1804 su Viaje a la Regiones Equinocciales del Nuevo Continente, entrando en contacto con un espacio cargado de estímulos donde «pese a estos sones exóticos, a estas formas extrañas de plantas, a toda esta maravilla del Mundo Nuevo, la Naturaleza hace que el hombre perciba por doquier una voz que le habla en sonidos familiares».8 El geógrafo/naturalista alemán anotará numerosas impresiones de un paisaje completamente exótico, tanto para los ojos como para los oídos de un europeo que describe con detalle las sobrecogedoras explosiones del volcán de la Isla de San Vicente, los «roncos sonidos de los pájaros nocturnos en la distancia», que hace interesantes observaciones sobre la influencia climática en la propagación del sonido, o que se sorprende ante la valiosa información que ofrecen los diferentes timbres producidos por las variaciones en el caudal de las cataratas.