Por Escoitar.org (Juan-Gil López)1
Calibán: Nada has de temer. La isla está llena de ruidos, sonidos y dulces cánticos que dan placer y no hieren […]
Stéfano: Bueno ha de ser este reino para mi, donde música tendremos sin dar nada.
W. Shakespeare2
En este fragmento, Calibán, la criatura monstruosa creada por Shakespeare en 1611, se deleita con los maravillosos sonidos de la isla en la que sirve a su amo Próspero. Este personaje de La Tempestad [Figura 1], que muchos han querido ver como una contrapartida al libro de Montaigne De los Caníbales —donde ya resuena el pensamiento roussoniano del bon sauvage—, encarna el primitivismo y la visceralidad como contraposición a la razón y prudencia de Ariel, el sirviente solícito. Desde su condición de indígena, Calibán aprecia las bondades sonoras de un entorno con el que intenta cautivar a Stéfano, el naufrago recién llegado.
En otra escena, ahora cinematográfica, una de las más memorables de la filmografía de Werner Herzog, Fitzcarraldo sube a lo alto de la cubierta de su vapor Molly-Aida y enfrenta la voz de Enrico Caruso a los cantos de los Jíbaros hasta que consigue acallarlos en un ejercicio de dominación, de supremacía, que no es más que la metáfora de su empresa final; revelarse al curso del propio río Ucayali transportando el barco por tierra a través de la montaña hasta llegar al Pachitea, otro afluente del Amazonas, evitando así los rápidos y, con ello, poder acceder a una explotación de caucho que le permitirá cumplir su obsesión; levantar un monumental Teatro de la Ópera en medio de la selva [Figura 2].
El oído salvaje frente al oído civilizado y civilizante. El sonido del entorno en estado puro y el entorno reformulado por la intervención humana a través de la melodía que fluye del gramófono, estetizando la jungla bajo su hechizo en una demostración de poder similar a aquella que ejercieron algunos compositores que, seducidos por todos estos «ruidos», quisieron recrear múltiples «paisajes» como hizo, por citar uno de tantos ejemplos, el compositor escandinavo Sibelius en la Overtura de la versión incidental realizada para esta misma Tempestad Shakesperiana.
El oído, que se rinde incondicionalmente ante los fascinantes acontecimientos acústicos impredecibles e inesperados en un efectismo que Jean-François Augoyard y Henry Torgue catalogaron bajo el exótico término de sharawadji3, se muestra igualmente sorprendido ante los eventos fijados y descontextualizados, desprovistos parcialmente de su naturaleza efímera y que, desde finales del siglo xix, consiguen sobrepasarnos creando un pliegue de la realidad hasta entonces inaudito, en el sentido estricto de la palabra, donde cualquier acontecimiento sonoro puede adquirir un nuevo significado, brindando una valiosa vía, tanto de conocimiento como de expresión, y ofreciendo momentos tan sobrecogedores como el relatado por Rainer Maria Rilke:
Cuando alguien hablaba o cantaba en el embudo, la aguja del pergamino transfería las ondas sonoras a la superficie receptora del cilindro que giraba lentamente debajo de ella, y luego, cuando la aguja móvil trazaba de nuevo su sendero (que entretanto había sido fijado con una capa de barniz), el sonido, que en otro tiempo nos había pertenecido, regresaba a nosotros, desde el embudo de papel, tembloroso, entrecortado, incierto, infinitamente suave y dubitativo […]. Nuestra clase no era precisamente una de las más silenciosas, y había presenciado pocos momentos en su historia en los que, como un solo cuerpo, alcanzara tal grado de silencio. El fenómeno, en cada repetición, seguía siendo increíble, realmente asombroso en el sentido más positivo. Nos enfrentábamos, como quiera que fuese, con un nuevo, e infinitamente delicado, punto en la textura de la realidad, desde el que algo mucho más grande que nosotros, todavía indescriptiblemente inmaduro, parecía estar llamándonos, como si buscase ayuda. En ese mismo momento y durante años creí que ese sonido independiente, que nosotros habíamos producido y que se preservaba fuera de nosotros mismos, sería inolvidable […] pero lo que se fijó con mayor fuerza en mi memoria no fue el sonido que salía del embudo, si no las marcas trazadas en él, esto fue lo que causó una mayor impresión en mí.4