Por Miguel Gálvez-Taroncher
La fascinación por los fenómenos naturales es uno de los elementos de inspiración más sugerentes en el arte. No hay compositor que no se haya sumergido en la naturaleza para dejarse llevar por sus influjos. Repasaremos obras maestras de la historia musical que representan imágenes acuáticas, paisajes sonoros de una factura artística insuperable.
La fascinación por los fenómenos naturales es uno de los elementos de inspiración más sugerentes en el arte. No hay compositor que no se haya sumergido en la naturaleza para dejarse llevar por sus influjos.
Por desgracia, en nuestra maltrecha sociedad postmoderna las manifestaciones artísticas se han movido por principios, en general, más artificiales.
Mi objetivo en esta ponencia no es, sin embargo, hablar de esta desnaturalización del ser humano, sino referirme a algunas de las obras que creo han podido representar ejemplos magníficos en las cuales el agua se convierte en elemento que impregna, inspirador e incluso palpable. Obras maestras que representan imágenes musicales del agua; paisajes sonoros de una factura artística insuperable.
El cuarto movimiento de la «Pastoral» de Beethoven se podría definir como una gran subdominante menor de Do Mayor.
La tormenta arranca con un trémolo sobre el Re bemol (Re ♭), nota fundamental del contra-acorde mayor de la tónica menor (tG). En este caso, se pasa del Fa Mayor con el que concluye el Tercer Movimiento a la tonalidad de fa menor. Esta progresión armónica genera ―unida al trémolo grave en violonchelos y contrabajos—, la sensación de «misterio e inseguridad» ante lo que puede suceder. Al mismo tiempo, representa ya un elemento puramente descriptivo, cuasi onomatopéyico, del «rumor lejano de la tormenta» que inexorablemente se acerca hacia nosotros, los oyentes.1
Desde el punto de vista técnico, el contra-acorde (tG) se convierte en Tónica Mayor de su propia tonalidad de manera transitoria, en concreto durante seis compases y hasta que aparece el Re becuadro (Re ♮) en el compás 7. En estos primeros seis compases tendremos asimismo, dos elementos más que conforman así el universo motívico-temático de esta primera sección: el movimiento spiccato de los violines segundos que, además de crear la sensación de incertidumbre, puede representar también «la caída de las primeras gotas de lluvia». El tercer elemento es expuesto por los primeros violines y genera más tensión con su movimiento melódico de 5.ª disminuida que se verá desarrollado en los múltiples acordes de 7.ª disminuida que jalonan este movimiento.
La sensación de crecimiento paulatino de la tormenta se va generando, entre otros parámetros, por el proceso cromático ascendente que, desde el Re bemol (Re ♭) contra-acorde de la Tónica (tG), nos conduce a la Tónica. De esta manera se crea uno de los elementos sonoros más representativos introducidos por Beethoven: la correspondencia de tercera que irá sustituyendo y desmembrando el sistema Dominante-Tónica que había sostenido a la tonalidad desde el Barroco.
El primer cromatismo (compás 7) nos conduce hacia el Re becuadro (Re ♮), que actúa como sensible del Mi bemol (Mi ♭), es decir, como Dominante intermedia hacia la Dominante del relativo Mayor [(D) tP)]. El acorde de 7.ª disminuida, que ya en el Barroco representaba la tragedia, introduce aquí un concepto de gran dramatismo en el discurso musical creando una tremenda tensión en este primer momento de génesis de la tormenta.
Tal y como había sucedido antes y a modo de secuencia, la Dominante del Relativo Mayor (dominante Paralela, dP) se convierte transitoriamente en su propia Tónica. El siguiente cromatismo añade más tensión con el acorde de 7.ª disminuida que esta vez es alargado y acompañado de un crescendo que nos conduce a la «eclosión del agua» en el compás 21 (tónica de fa menor).
Además del trémolo, podemos identificar un nuevo elemento que será el portador de la imagen del «caos y el estruendo»: el elemento de las corcheas y los cinquillos simultáneos en los violonchelos y contrabajos que crean realmente un efecto sonoro muy perturbador. Sobre éste, el despliegue de la tríada en sentido descendente va dibujando, como veremos posteriormente en Vivaldi, el «descenso de las aguas».
En contraposición y en sentido ascendente, aparecen en el compás 33 (violines primeros) los «primeros relámpagos» que, suspendidos en la cadencia del compás 35, originan el proceso de conclusión melódica (a través de los grados V, III y I) el cual desarrolla el motivo de «la caída del agua».