Por José Luis Carles
El lenguaje del paisaje sonoro se sirve de múltiples instrumentos y técnicas que permiten abordar el sonido desde abundantes puntos de vista. Se recurre generalmente a aproximaciones de tipo pluridisciplinar que ayuden a analizar el entorno acústico integrando diversas disciplinas (física, antropológica, ecológica, urbana, estética y por tanto, musical…). Se abren así múltiples posibilidades no solo creativas, también documentales, radiofónicas o de pura investigación sonora, al ofrecerles a los interesados en el campo sonoro, músicos e investigadores, sonidos ambientales analizando y descifrando así cualquier tipo de ambiente (natural, rural, urbano, doméstico…). Además, la utilización de la electroacústica permite el descubrir en las fuentes sonoras originales matices y detalles que pueden ayudar a nuestra percepción auditiva contribuyendo así, a dotar de un carácter estético y compositivo a un trabajo sonoro. Este trasfondo estético y por tanto musical llevaría a un proceso en sentido contrario: tratar de ordenar y diseñar el entorno sonoro urbano, con un doble criterio estético y de «ecología sonora».
En el campo compositivo el concepto de paisaje sonoro permite construir la representación del medio ambiente sonoro como una composición musical. En palabras del propio Schafer «para comprender lo que yo entiendo por estética acústica, consideremos al mundo como una inmensa composición musical que se desplegaría sin cesar ante nosotros». Todo ello se materializa en aplicaciones diversas que van desde la composición con medios electroacústicos, hasta la realización de recorridos sonoros y la mera escucha in situ de un ambiente sonoro, pasando por la edición de documentos sonoros útiles para el análisis urbanístico, ecológico y social. El medio ambiente sonoro puede así ser entendido como un auténtico «sintetizador», en el que se halla toda la materia sonora necesaria para componer. Los sonidos del medio son escuchados, grabados, tratados con equipos electrónicos, mezclados y editados, convirtiéndose así en instrumentos musicales al servicio del compositor.
Abordando el tema acuático podemos encontrar paralelismos entre la música y el agua; en la música los sonidos evolucionan de manera organizada y esta organización de acontecimientos que evolucionan en el tiempo posee muchas semejanzas con los movimientos y figuras que realiza el agua en sus múltiples formas de manifestarse en la naturaleza. Fluidez, microvariaciones, microrritmos, variaciones espectrales y dinamismo son conceptos que definen la música y que también pueden servir para representar los movimientos y recorridos que emprende el agua en sus múltiples manifestaciones. En su libro sobre paisajes sonoros1 Murray Schafer sentencia: «El agua nunca muere. Vive siempre reencarnándose de manera infinita desde la lluvia a los arroyos en fuentes y cascadas, en torrentes, ríos, etc. Al condensarse las nubes el agua se precipita a la tierra. El agua del deshielo y el agua de la lluvia se presentan en mil maneras diferentes…». Cada forma de agua posee su propia tonalidad ya sea la sutil modulación de los ríos en las llanuras o el profundo resonar sin fin de los torrentes de montaña o de las grandes cataratas, capaces de marcar acústicamente amplios territorios. Los sonidos del agua son elementos fundamentales del paisaje sonoro que han acompañado al hombre desde su origen.2
El agua en tanto que elemento de la naturaleza se integra en esta capacidad simbólica del sonido siendo una de las principales fuentes de ideas musicales y de reacciones sensibles en el arte. Ello nos remite a un viejo debate que acompaña a la música: la capacidad de la misma para ofrecer unos significados externos a la propia música.
¿Cómo funciona esta representación del agua? ¿En base a qué elementos físicos y perceptivos podemos comenzar a explicar estos significados y representaciones desarrollados alrededor de este elemento?
Partamos de la ecología y particularmente, de la ecología del paisaje. En los estudios sobre percepción del paisaje aparece como un rasgo universal de valoración, la preferencia hacia los paisajes con fértil vegetación y los que contienen agua abundante y en movimiento. A partir de estos estudios y utilizando los conceptos desarrollados por Fernando González Bernáldez, podemos hablar de una escala de preferencias paisajísticas en la que las escenas representativas ―lo que Bernáldez define como hidrofilia (el aprecio por el agua limpia) y fitofilia (el aprecio por un ambiente, fértil, con abundante vegetación) ― suelen oponerse a las escenas correspondientes a ambientes áridos, desolados y con escasos elementos. Estas preferencias se refieren tanto a elementos visuales como sonoros. En los trabajos sobre paisajes sonoros se comprueba una marcada preferencia por los sonidos naturales como el agua limpia y en movimiento o los pájaros, sonidos que poseen un valor «arquetípico», preferidos universalmente, mientras se detecta un cierto rechazo por los ambientes en los que la presencia de elementos sonoros adversos, ligados fundamentalmente al tráfico, provocan unas connotaciones negativas (molestias debidas al ruido, stress, humos...) que determinan un rechazo en las preferencias. En definitiva, los resultados de estas investigaciones muestran como la presencia de agua, tiene un efecto evidente contribuyendo a realzar los espacios.3
¿Qué elementos configuran esta percepción del agua? Un primer aspecto relativo a esta valoración del agua viene determinado por sus características acústicas. Fluidez, microvariaciones, microrritmos, variaciones espectrales, dinamismo… son conceptos que definen la música y que también pueden servir para representar los movimientos y recorridos que realiza el agua en sus múltiples manifestaciones.
Estamos además en el ámbito de la dimensión audiovisual o intersensorial del paisaje. En este ámbito intersensorial es fundamental la adecuación del sonido al lugar. Es decir cuando el sonido es coherente con la imagen percibida aumenta la valoración de manera significativa.