Por Lidia Camacho
Quizá se podría decir que los sonidos del agua son, como muchos otros sonidos, una materia plástica que admite diversos e incluso contradictorios significados: según el contexto y situación en la que se presente el sonido del agua puede provocar una emoción turbia o inquietante, o bien puede ser el vehículo de una sensación tranquilizante y de calma [Figura 4] [Figura 5].
No obstante, lo que difícilmente podríamos negar de los sonidos del agua es que constituyen en la mayoría de los casos una irresistible invitación a escuchar: ¿quién no se ha sumergido en el continuo e hipnótico sonido del vaivén de las olas, sentado a la orilla de una playa? ¿Quién no se ha amodorrado en la hierba escuchando el acompasado flujo fresco del agua en el cercano río? ¿Quién no se ha acurrucado entre sus sábanas bajo el gozoso repiqueteo de una lluvia nocturna en el techo o la ventana? Pero de igual manera que el paisaje sonoro se ha transformado con la migración y concentración masiva de la vida humana en las ciudades, es necesario reparar en la forma en que actualmente nos relacionamos con los sonidos del agua en los centros urbanos. El paisaje sonoro de la ciudad no nos ha robado aún la lluvia, pero sí nos obliga a que su expresión sonora se entremezcle con aullidos de sirenas y con el «oleaje» de los autos en las avenidas [Figura 6].
Sin embargo, quizá nuestro contacto sonoro con el agua en la ciudad tiene más que ver con fenómenos tan cotidianos e incuso «nimios» como los que implican el agua saliendo de un grifo en la cocina, el flujo del wáter cuando tiramos de la cadena, el sonido metálico del borboteo cayendo en el reducido cuarto de la regadera o bien, el violento splash de los autos aventando ráfagas de agua sobre los transeúntes en la acera.
Todas estas son manifestaciones sonoras cotidianas que nos recuerdan el contacto íntimo, familiar que tenemos con el agua, aunque pocas veces pongamos la suficiente atención en el valor de escuchar estos sonidos.
El agua como parte formante del paisaje sonoro no sólo puede ser considerada casi como un motor natural que activa nuestro sentido de la escucha, sino que además nos permite analizar los cambios que estamos viviendo en nuestro entorno sonoro.
Desde este punto de vista, las preocupaciones de la Ecología Acústica nos invitan a reflexionar sobre los cambios que se están produciendo en la actualidad en el planeta a través de los sonidos. Y qué mejor forma de realizar esto que a través de un elemento inmemorial del paisaje sonoro como es el agua.
En la Fonoteca Nacional de México se han impulsado dos proyectos que se vinculan con el objetivo de revalorar la importancia patrimonial de los entornos sonoros, entendidos como paisajes culturales y además, enfatizar en un análisis auditivo que nos permita tomar conciencia de los cambios que suceden en nuestro entorno a partir de un verdadero ejercicio de escucha de los sonidos que nos rodean.
Para allanar el primer objetivo hemos desarrollado el proyecto Paisaje Sonoro de México. Su antecedente directo lo encontramos en los trabajos que, desde los años setenta, realizaron gente como Murray Schafer, Hildegard Westerkamp y Barry Truax desde la Universidad Simon Fraser en Canadá. Su innovador proyecto pretendía realizar un estudio del paisaje sonoro en diferentes contextos con la ayuda de grabaciones de campo y registros pormenorizados de su comportamiento acústico. Fue así como surge en dichos años, el World Soundscape Project (WSP) fundado por Schafer y que sentó las bases para el desarrollo de la investigación y la creación artística en torno al concepto de paisaje sonoro.3
En este punto, deberíamos detenernos para reiterar lo que aquí se ha mencionado y aclarar que, casi desde su surgimiento, el concepto de paisaje sonoro planteó de manera paralela, y en ocasiones simultánea, el desarrollo de dos actividades diferentes: una actividad de investigación y documentación, y una actividad de composición artística. Por una parte las grabaciones de campo permitían analizar el comportamiento del entorno en términos sonoros, pero también ofrecieron un jugoso material para la creación y la experimentación de piezas sonoras compuestas por artistas, músicos, ingenieros y diseñadores de audio. De ahí, que muchas veces exista confusión al designar con el mismo nombre de «paisaje sonoro» dos realidades distintas. Quizá habría que retomar la distinción que el propio Barry Truax plantea al distinguir entre Soundscape Ecology para designar las relaciones sistemáticas entre los humanos y los entornos sonoros, y Soundscape Design, para nombrar la creación o recreación y modelado de estos ambientes a partir de procesos de composición sonora.4
Figura 4. Los sonidos del agua son, como muchos otros sonidos, una materia plástica que admite diversos e incluso contradictorios significados: según el contexto y situación en la que se presente el sonido del agua puede acarrear una emoción turbia o inquietante, o bien puede ser el vehículo de una sensación tranquilizante y de calma.
Figura 5. Los sonidos del agua son, como muchos otros sonidos, una materia plástica que admite diversos e incluso contradictorios significados: según el contexto y situación en la que se presente el sonido del agua puede ser el vehículo de una sensación tranquilizante y de calma, o bien puede acarrear una emoción turbia e inquietante.
Figura 6. El paisaje sonoro de la ciudad no nos ha robado aún la lluvia, pero sí nos obliga a que su expresión sonora se entremezcle con aullidos de sirenas y con el «oleaje» de los autos en las avenidas.