Por Luis Barrie
«Entonces, después de varios meses, ya lo fueron a ver. Todo el cuerpo helado. Y dicen que de ese lugar se corrió, más adentro. Por allá quedó sentado, no le sacaron el sombrero, quedó con su sombrerito puesto. ¡Estaba!, sí, eso lo vi yo, se veía ahí sentadito el Chau, con su sombrerito, Mañkian.
Y después los médicos, machis, buscaron y los machis dijeron que eso era un encanto, que era una niña que le fue a hablar y la niña lo detuvo, lo tiene y lo tendrá todavía. Ya, ahí quedó esa historia del viejito Mañkian».7
«Mi abuela por la línea materna me contaba que cuando ella era joven, los tiempos en que aun no estaba casada, personas de otras partes solían vender piedras para moler el trigo tostado. Ellos llegaban a caballo. Una de esas personas, anciano negociante de piedras, contó la historia a mi abuela ya fallecida. Este anciano señaló que lo contado, es lo que había ocurrido, precisamente a un familiar suyo. Y este relato yo aprendí cuando era niño porque mi abuela se encargaba de contármelo. Bueno la historia es esta: Mañkian era un joven dicharachero, sus palabras no eran cuidadosas. En una oportunidad, mientras caminaba con tres o cuatro amigos, contando chistes sin preocuparse que fueran a orillas del mar. Desde el cerro caía agua en forma de gotas. Mañkian siempre presto a bromear no dudó en hacerlo y dijo: “es atrayente lo que haces, qué lástima no eres mujer, sino de inmediato te haría el amor”, dicen que le dijo. Entonces se pusieron a reír.
Así siguieron su marcha, siempre con los chistes de Mañkian, hasta que de pronto llegaron hasta donde había un montón de piedras. Se detuvo ahí Mañkian y apenas hecho esto, ya no pudo salir más. Allí se pegó.
“¿Qué te pasa?”, le preguntaron. “No puedo salir”, respondió. Entonces lo tiraron, gritando: “salga de ahí” y volvían a tirar. Se esforzaron, pero no salió porque se estaba volviendo piedra. Lo intentaron arrastrar con bueyes, buscaron azadones, palas, de todo para deshacer la piedra y rescatar al hombre.
Mañkian sólo decía: “me volví piedra, me volví piedra, me volví piedra…” A pensar de todos los esfuerzos no salió. Se les hizo tarde, llegó la noche y al amanecer, le hicieron baile ritual, rogativas. Un machitun, pero aun así no salió.
El esfuerzo llevó a la familia a la desesperación. Sangró el lugar donde golpearon la roca con el azadón, así que al ver lo ocurrido optaron por abandonar su intento y se juntaron muchas personas, familias, vecinos por lo inaudito del hecho.
Al tercer día, más bien, a la tercera noche, soñaron a Mañkian, probablemente la familia o su misma madre, lo soñó regresando a su casa a comunicar lo siguiente: “ya me he casado, deben dejar de esforzarse por rescatarme, ya no saldré de donde estoy, ya no hagan nada más. Sin embargo, harán un mafün, en tal fecha y deben llevar muday en cántaros rituales”.
Su familia resolvió hacer todo lo señalado por Mañkian. Juntaron y llevaron cantaritos rituales de muday. Por cuanto se les dijo que debían dejarlos en hilera a orillas del mar, así los dejaron. “Se prepararán, irán en carreta por cuanto habrá presentes”, dijo. Así llegaron en el tiempo señalado.
Estando allá dejaron los cantaritos. Al instante vino la ola. Una gran ola salió del mar, cubrió y se llevó los cantaritos. ¡Allá adentro! los dejo, desaparecieron los cántaros. Luego de un rato, volvió otra ola trayendo de regreso los cantaritos, ubicándolos tal y como estaban.
Un poco más, al transcurrir un poco más el tiempo, salieron pescados, piures, cochayuyos, ütes, en fin, ¡todo tipo de alimentos! En la playa salió todo tipo de pescado que la familia y la gente recogió, acarreó.
Las carretas se llenaron, cochayuyos, en verdad salió todo tipo de productos del mar. Por el mafün hecho a Mañkian».8
«Ahí quedó esa historia del viejito Mañkian. De repente, dicen que había un caballero que tenía una hija, unas hijas no sé cuántas y se le perdió una. Antes de perderse ya se vio que estaba gorda. Entonces, que le dijeron a la niña: “mire, ¿por qué estás gorda y no se te ve novio?, tienes que irte a la casa de tu novio, porque nosotros no estamos pa'cuidarte así con guagua…” Antes era muy vergonzoso eso, quizás si ustedes lo saben porque los veo harto jóvenes…
Así que era muy vergonzoso que una niña tenga familia en la casa de sus mayores, era un desprecio muy grande, una vergüenza muy hablada. Entonces, la niña que no respondió el reclamo de su famita, se quedó y se quedó no más. A los pocos días otra vez el viejo la comenzó a reprender y le dijo: “¿por qué estás así?, tienes que buscar a tu marido y seguir a tu marido”. “Bueno”, dijo la niña, “me voy” y en un descuido partió. Toda la gente dijeron, los dueños de casa, “se habrá ido donde su novio”».

