Por Llorenç Barber
Para comenzar, el tiempo del De sol a sol se vuelve turbio de tanto dilatarse (de paso también el yo y sus vanaglorias entran en colapso y mudez) pues el chorro-sin fin del son produce en quien lo percibe un frenazo en el devenir temporal que puede llegar incluso a inmovilizarlo, a empantanarlo y hasta congelarlo hasta devenir en estatua de sal — ¡Pobre temporalidad!—: Puro tiempo ahí. En efecto ahí, bajo las estrellas, poco a poco se apagan y hasta mueren todas las aduanas, ventanillas, posiciones y planteamientos. Tan sólo sobrevuela un cuerpo en resistencia y tesón por alcanzar un sol que se fue y se supone volverá. Y es nuestra voluntad que nos encuentre en pie, baqueta en mano, dando pábulo a un océano de son, a un chorro que sin detenerse entra en grumos o congelados súbitos y concretos pronto deshilachándose en una especie de vapor tejido todo él evanescente y etéreo (como la estética de Turner). Porque, ¿dónde están los límites? ¿Cuánta es la concentración que se puede expandir? Cuándo surgen y se diluyen los hechos sónicos, ¿cómo implican al espacio y sus meteoros con los que se transpira y conversa? El espacio es ausencia y es continuidad, y es ahí donde inscribo obsesivamente mis señales («signa» es la palabra con que los latinos denominan a las campanas). Tan sólo un hálito sobrevuela por estos roces de inciertas correspondencias celestes o cósmicas, como en esos intervenidos eclipses míos en Oaxaca o Saarbrüken.8
Junto a este adentrarse en lo cosmológico, otros oscuros tiempos geológicos nos avecinan a un muy tentativo corresponder ínter especies entre nuestro sonado insistir y los ciervos en berrea de amorosos lances a dilucidar, o al azular del reloj, un manso coro de ovejas que vendrá a completar el tutti último, completando así el registro de esas ternuras que como sabe ver el Van Gogh de la muy trémula oreja desgajada, son «atisbo de un infinito sobrehumano que tan natural parece» (Carta a Theo, 1888. Por cierto, que al ofrendarle el ya huérfano lóbulo recién cortado a Raquel, su prostituta deseada dicen que dijo: «toma esto y cuídalo muy bien»).
Y es ese disponer de un tiempo a espuertas el que convierte al De sol a sol en un singular arte propio que produce un desplazamiento de las intensidades que aquí se engarzan descosidamente de maneras muy otras, y que sustituyen el acto de narrar enfrentando de los tiempos musicales al uso, por un mostrar, un aherrojar sin efectismos, adecuadamente la vibra sónica. Arte propio este que es como tal aceptado y degustado tanto por los ejecutantes como por los oidores, de manera distendida, dormitante, con euforias de paso y cabezaditas «auditantes», pues se entra en un oír flotante, en un universo que anda como distraídamente y encantado también él, y dónde los sonidos se regocijan con sus reverberes y ecolalias de roca y hojarasca como los peces en la bañera del Cage del prefacio de Notations, «as in an ocean», o como los Ukiyo-e japoneses del s. xvii, «en los que la gente, mecida al vaivén de las olas de la incertidumbre, vive pletóricamente el día a día como una calabaza a merced de las olas».
Por cierto que en este Encuentro nadie ha hecho referencia a las aguas como malaje inesperado y tantas veces trágico. Y es raro porque todavía andan cerca (avergonzados) los ecos del mortífero tsunami. Tan sólo y de refilón, el desgraciado y abrupto interrumpir, por anegamiento del albero, los ensayos finales y el consiguiente estreno de mi Tauromaquia Sonoris se acercó a tan acuciante y recurrente contexto. Todo un síntoma éste del desasimiento que se respira en encuentros así —un aspecto que deberíamos considerar cuenta para un futuro—. Y hasta los más embebidos en el proponer de Cage olvidamos mencionar cómo en 1962, al revisar su paradigmática 4’33” de diez años antes, para adaptarla al desvanecerse (liquidarse) del tiempo como estructura abordando el tiempo como inconmensurabilidad y dándole título ya definitivo, 0’00”, lo que Cage realizó fue beberse «disciplinadamente» un vaso de agua. Así lo cuenta Calvin Tomkins: «El punto álgido de la tarde llegó cuando Cage, muy serio, se puso un micrófono de contacto alrededor de su cuello, puso el dial del amplificador al máximo y bebió un vaso de agua. Cada sorbo reverberó por el salón como el caer de una ola gigante». Como se puede colegir, para el atento interesado en cómo vivimos nuestra relación con el sonido, es de nuevo el agua, devenida en electrónico tsunami, quien liquida hasta las heces, todo rastro de tiempo como cronometría: es materia disponible y sin límite.
Para mí los De sol a sol son una manifestación más pero central, de la música (más que posible, real) más allá de la composición. Y este empeño, como también parcialmente ocurre en muchos otros de los míos, lo que traduce y muestra es cómo la música se relaciona con el mundo y cómo postula «otro» reprogramar del mundo: la música es la interface mediante la cual nos relacionamos con el exterior y con nosotros mismos. El papel de los músicos ha de replantearse totalmente yendo más allá de la forma y la composición. Entre todos hemos de desbloquear ese tipo de cortapisas que impiden reducir a su justa medida las propuestas de esos listos disfrazados de innovadores. El metro, la receta más sencilla quizás sea intervenir en el uso, en lo cotidiano, en el entorno. Disponer las cosas a fin de que creatividad y hábitat se encuentren en húmeda y cálida tertulia. Si reparamos en cómo están las cosas, cada vez es más ínfima, casi inexistente, la distancia que separa la realidad y la utopía.
Figura 20. Fotografía instantánea del primer De sol a sol, en el Lago del Arreciado, Toledo.
(Autor: Llorenç Barber, 2002)
Figura 21.Fotografía instantánea del primer De sol a sol, en el Lago del Arreciado, Toledo.
(Autor: Llorenç Barber, 2002)
Figura 22. Fotografía instantánea del primer De sol a sol, en el Lago del Arreciado, Toledo.
(Autor: Llorenç Barber, 2002)
Figura 23. Fotografía instantánea del primer De sol a sol, en el Lago del Arreciado, Toledo.
(Autor: Llorenç Barber, 2002)
Figura 24. Fotografía instantánea del primer De sol a sol, en el Lago del Arreciado, Toledo.
(Autor: Llorenç Barber, 2002)