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Paisajes sonoros II

Las naumaquias o sobre la música hecha agua y otras liquidaciones (5 de 6)

Por Llorenç Barber

Oír es navegar o sobre la Naumaquia como archipiélago de tránsitos y carnavales

Un «oír el aquí» postulado que más que fin es acabamiento de toda mesura, de ahí la desmesurada «salida de tono» que toda naumaquia es. Un sonado elevar los aires y las distancias al lenguaje de lo incomprensible, un agarrarnos como a clavo ardiente al sonar y a sus apajarados vuelos, y un sonar finalmente que en palabras de nuestro amado Marius Schneider es «igual a aliento, viento, principio de vida, lenguaje y calor (fuego)», un convertir cada nido sonoro (nave, espadaña o campanario) en una isla sonante, un sagrado plantón rodeado de amorfo y saltante mar, o «sorda agitación del mundo exterior» (Cirlot).

Cirlot  en su Diccionario de Símbolos nos recuerda que «vivir no es necesario, navegar sí», y es navegar lo que hacemos en una naumaquia: sólo que algunos se empeñan en navegar en stultifera navis, haciendo del navegar un escaparate espectacular de egos inflados o técnicas virtuosas, cuando lo que importa es sencillamente transitar, rozar, tocar, atravesar, «procesionar» otros mundos, más o menos (i)reales. Es por ello que, saliéndonos de tono, los coribantes enfurecidos de las naumaquias montamos en carrus navalis o como ahora se llama, en «carnaval» de sones, de modo que anulando toda jerarquía, pasado y desequilibrio «sonemos para desaparecer», como gusta decir Nietzsche. Así somos: sonamos para diluirnos, para airearnos, para «sirenarnos», para entrar en ricas y aladas metamorfosis. Sic transeamus per bona temporália

Las perennidades, o del tiempo líquido y expandido de la intemperie

Si como hemos visto, una naumaquia es desatasque de espacios, esto es una acción o intervención que rompe (a sirenazos, explosiones, silencios, pedales eternos y badajazos) la opacidad inadvertida de ese encuentro y fisura entre tierra y mar, resulta también ser a su vez un desembote de tiempos: un crujir de pasados y futuros dislocados y desmembrados, a base de condensaciones y rarefacciones tan inciertas y elásticas que no nos queda otra que  despegarnos del tiempo lineal y acumulativo, o del tiempo circular y repetitivo y acurrucarnos en el instante, ese espesor del presente tan lleno él de relieves, agitaciones y extremos al que turbo-atender. Así, en un concierto-nudo, de sutiles ataduras inciertas como son las naumaquias lo primero que se desatan y sueltan son los tiempos desbordándose como otro mar de inmensa ilógica; nos adentra en el destiempo donde todas las suspensiones, insufles, alargues, recapitulaciones y hasta reversibilidades de antes, ahora y después arruinan (mediante escucha) ese tiempo en curva que se agarra a nuestra cintura en inquietante contacto a punto de cobrar forma tangible y vernos la cara. Música kairética y liminar, apenas cuelgue del aire la primera resonancia de bocina grave de barco carguero o trasbordador, toda una maleza de tiempos nos liquidarán en forma de barroca proposición que nos canta el fin de la música como si de un particular fin de los tiempos se tratase.

La mudanza del tiempo, o versus «De Sol a Sol»

Decía Pedro Salinas que «el amor inventa su infinito». Desde mi sonar sin cortapisas, también yo inventé el tiempo líquido de los De sol a sol. Por supuesto que suenan a lo lejos las escuchas monótonas de la oreja sobre las torres de alta tensión practicadas en la inmensidad del entorno por un La Monte Young o un Kaprow, las muy psicodélicas All over Night de Tirrey Riley, o la casi eternidad practicada alguna vez por Cage y las capitularias Vexations del mas cartulario y enigmático Erik Satie.

Sea como fuere —en versión de monte y resonancias, en versión de puente y cauce cantarín, en versión de lago e isla con sus barcas a punto de ser engullidas de tanto inestable cargar con bronces y cencerros, con o sin música volante de monte a monte o de risco a risco, a solo o en dúo con mi compañera Montserrat Palacios, en versión radiofónica como la ofrecida en Cuenca con los auspicios de Antonio Sarmiento y su departamento universitario, o en versión dominical y diurna como en el Sonambiente de aquel Klangkunst hecho fiesta en el Berlín del Tiergarden, sea en hirsuto y montaraz diálogo con los ciervos-en-celo del Arreciado de la artista plástica  Iraida Cano, entrando en gota fría e inminente otoño, o con el muy urbano y muy mundano entrar de las Noches Blancas de Roma y su laghetto en Villa Borghese, etc.— un De sol a sol es siempre y ante todo un reto, un esforzado salirse de la vida abreviada a que nuestro hiperordenado e hiperorganizado mundo social ha reducido el sonar y su orgánico e íntimo escuchar. Un entregarse al son(ar) sin hoja de ruta en mano para perderse donde no hay ya ni minutos ni metros, sino saltos, pasos, trisques, carrerillas, atiborres, vueltas, insistencias, abreves, recuperaciones, regates, palideceres, estancamientos y regodeos: un nuevo cantar/contar  avanzando  frágil pero decidido, suelto y libre, enredoso e inexorablemente grosero, hirsuto aunque  de repente finolis, pero sin casi fin ni conclusión alguna.

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II Encuentro Iberoamericano sobre Paisajes Sonoros. II Festival América-España. OCNE. Madrid, 2008
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