Por Llorenç Barber
Así pues, esta música-emanación que damos en denominar naumaquia, es una renqueante maquinaria de honduras hirvientes manifestándose aquí y allá con toda su autonomía, energía y color distinto y específico, por lo que cada quién tendrá que habérselas con sus pautas y tiempos de comportamiento singular, adaptaciones, referentes, fantasías, ecos, reverberaciones y desdoblamientos. Pues este bífido son(ar) se liga mediante concomitancias muy cercanas y hasta obvias unas, pero otras —entrando en disidencias— plantan al escucha ante el indicio, la nada o peor, la paradoja (ese oxímoron de distancias máximas) que es otra manera de acercarse mediante derivas de descubrimiento y correspondencia.
Con todo ello, más una dosis de celeste fuego de artificio convertido en «percusión aérea» y arco iris de distancias, podrá construirse el auscultante auditor una frágil trabazón activa que en bucle asemejará este descoyuntado sonar tan desmesurado en límites, como mínimo y austero en escrituras y redundantes recursos.
Ésta es una música enorme pero delicada, un puro bucear en comprobaciones relacionales, un apercibirse de otras comunicaciones (no intelectuales ni visivas) que le llegan al auditor en atisbos o cataratas desde el in illo tempore, y a quien no le queda sino dejarse aleccionar o revelar y prepararse para palpar la agitación del multicolor espacio (multi-silencios, multi-resonancias, multi-él mismo…). Una situación ésta que postula discretas tomas endopáticas: ser lo sonado, transmutarse (oreja en ristre) en sonado son(ido) que vaga (dentro y fuera) por ese liminar y problemático intermundo.
La escucha de una naumaquia ha de ser un foniurbo, esto es un atrevido gustar del sonido que más bien crea cada quién a partir de un muy espontáneo entrenamiento. Un husmear del oír que le llevará primero, a trazar el perfil acústico de los lugares a degustar, a discernir la cantidad, la naturaleza y ubicación de los puntos o nidos sónicos, y a partir de ahí, postular su recorrido. Por otro lado, detectar las zonas de brillo y hasta de saturación o de confusión y sombra, los puntos sonoros de encuentro, reunión y fuga, o los espacios y rincones de rebote y esparcimiento. La escucha, no lo olvidemos, es gesto que demasiadas veces deviene impromptum y gesta. De hecho, presentado el sonido en su verdad, la escucha del captor de sones habrá de espabilarse y encontrar cada vez, el punto apropiado desde donde atenderlo, al tiempo que (esto es importante) se construirá su propia disciplina de atención: sus encuadres, dilaciones, acercamientos, zooms y panorámicas. Y todo ello sabiendo que él está inmerso en el campo mismo del son, que éste es parte de él, y que su escucha se realiza, inevitablemente, en interioridad sónica, allí donde todo se vive y resuelve en encontronazos y tanteos que, a su manera, conforman su propia escena sonora, poblada toda ella de bullentes pulsaciones.
Y en medio de todo ello, el escucha ha de realizar su propio montaje con los flujos, rupturas y racords de aquello que se le viene encima escapándosele, disperso, acogotado, en insistente tartamudeo o en veladuras de lejanía (recordad las descripciones de Thoreau en su célebre Walden). Y si eso es así en toda música plurifocal de intemperies, con más razón tratándose de una desparramada naumaquia en la que el «propositor» ejercita in extenso, la sentencia del viejo Henry Miller «el caos es la partitura en la que se escribe la realidad». Por lo que la pericia de un práctico en puerto ajeno es la que se demanda del escucha interesado, ya que en ella los sonidos repentinos se suceden o se amontonan tan in-apropiadamente que se está siempre en zozobras y a merced del revuelo más súbito o de la calima más bochornosa.
De hecho, en un concierto de intemperies, cada evento sónico tiene una presentación propia y un pasearse por los diversos espacios muy a la suya: el suma y sigue de todos los eventos con sus accidentes, gránulos, silencios y meteoros conforman la materia de una gramática inaudita, pues en una naumaquia no hay nada que transmitir pero sí mucho que inventar y algo de suerte que propiciar.
Por ejemplo, si en una naumaquia, escuchar ha de ser extrañarse (un «ex-» que a veces es puro éxtasis, esto es un arrojarse a los afueras); aquello que denominamos armonía no será sino un ensartar sonido y espacio (con sus pliegues, vacíos, empujes, ecos y acabamientos) teniendo presente que nadie oye todo, todos oyen algo del todo y nadie oye nada por completo. Por su lado, el viejo contrapunto no es aquí más que un hacer del aire un revuelo donde todo desde lo más nimio entre en pasión, y donde ningún tiempo se pierda de este proponer cosido a silencios perforados por nebulosos sones.
Más todavía, lo que los viejos manuales de composición denominaban «forma», o «género», es aquí lógica del desglose, esto es un aceptar ciertos modos del aire o de la ciudad como campo fonoetológico singular e impreciso, pues devienen geografía, o mejor orografía portuaria a la que entrarle con brújula, mapa y fortuna (¡velut luna!) hasta arrancarle malamente sus singulares dimensiones expresivas —recordad aquí aquel juicio de Eiffel sobre lo específico de lo descomunal—.
Son pues los criterios, las palabras y los valores lo que hay que modificar, y no el aguijón de las propuestas a causa de supuestos defectos o imprecisiones, pues nadie puede evitar reconocer a los músicos por cómo oyen: no somos ya más simples cuerpos con orejas, sino que mediante toda nuestra piel hecha oído palpamos y engullimos la tela acústica del mundo.
Figura 16. Cuaderno de Yokohama.
(Autor: Llorenç Barber, 2005)
Figura 17. Pocket Naumaquia para la clausura de la Triennale of Contemporary Art Yokahama (partitura).
(Autor: Llorenç Barber, 2005)
Figura 18. Fotografía instantánea de la Pocket Naumaquia en la Triennale of Contemporary Art Yokahama.
(Autor: Llorenç Barber, 2005)
Figura 19. Fotografía instantánea de la Pocket Naumaquia en la Triennale of Contemporary Art Yokahama.
(Autor: Llorenç Barber, 2005)