Centro Virtual Cervantes
Artes

Paisajes sonoros > II Encuentro > Las naumaquias o sobre la música hecha agua (3 de 6)
Paisajes sonoros II

Las naumaquias o sobre la música hecha agua y otras liquidaciones (3 de 6)

Por Llorenç Barber

Del muy liminar son de Naumaquia (continuación)

Apenas un año más tarde en Zug (Suiza) cuyas calles resbalan hasta dar con el lago, pudimos confrontar el sonar de sus viejos bronces con mi modesto campanario transportable, esta vez sobre dos nerviosas barcas del servicio de bomberos local. Con estos mimbres y ya en familiaridad con los tipos de alarma (general, ataque químico, colisión o sónar) que lleva cada clase de buque (remolcador, patrullero, dragaminas, corbeta etc.), así como de las diversas especies de alados cantos que según la habilidad del contramaestre (normalmente gallego) es capaz de atacar cada móvil en el entorno marítimo, en cada ocasión en que he podido, he integrado el espacio marino y sus recursos y movimientos en mis paisajísticos conciertos con campanas (a su vez también se enriquecen en el ataque mediante roces, apagamientos, varillas o plásticos expele armónicos). Así lo he hecho hasta hoy en Río de Janeiro (1997), Alghero (2000), Puerto Vallarta (2001), Barcelona (con ocasión del Forum de las culturas 2004), Cádiz (2004) o Yokohama (Trienal de Arte Contemporáneo 2005).7

Del líquido sonar de Naumaquias o del ruido y las nueces

Cuando mi sonar de situación que di en llamar «Naumaquia» en Cartagena, el periódico murciano La Verdad publicó entre otros pertinentes comentarios, las dos frases siguientes: a) «el público respondió y familias enteras acudieron a la llamada de un espectáculo que será tanto o más difícil de olvidar como de entender»; b) «la gente se retiraba tras el concierto entre sorprendida y decepcionada, pues aquello resultó ser más ruido que nueces para la gran mayoría» (La Verdad, domingo 31 de octubre de 1993).

Una «naumaquia» es una música-conjuro que da nuevas riendas a aires devastados hasta reventar lo oscuro del son, del sólo son. Nada pues hay aquí que ver, tan sólo atender el sonido desbordándose por doquier, lo que a la gente (tan catódica y apantallada) le «sorprende y decepciona», pues encima, aquello con que se tropieza, más que «nueces es ruido», eso sí, un cierto ruido cargado de fábula y a veces tanta que la memoria y la imaginación serán hijas suyas, pues el oído ante tanta falta de fruto conocido y nitidez, es la fuente de todos los asombros y miedos —también como veremos, lo será de toda fe—, de eso que al recordarlo nos llena nuevamente de inquietudes y tensiones y que da espesor y espalda a un  presente que se nos presenta sin magia ni chiste hasta que no se deja escuchar.

Ese baño «cocléico» que llamamos «escucha», es siempre regresar, egresar e ingresar en algo que, más que comestibles y tangibles nueces, tiene piel de quimera y nebulosidad; todo lo más, oblicuidad, sesgo. A partir de aquí, el sonar de una naumaquia será sedimentación, mezcla y regurgite. Algo como escribió con justeza el cronista de Cartagena «difícil de olvidar».

Pero atención porque como decíamos, también por el poco entrenado oído nos llega ese creer que es más persistente e inenarrable que el conocer (tan visual él), y que tantas  veces toma la forma de lo que denominamos fe, de esa «Fides ex auditu» de la carta  a los romanos de Pablo (X, 17) como nos lo recuerda Pascalla foi vient d’avoir entendu»), quien además hablara de los silencios eternos así como de los helados espacios infinitos, y que años más tarde nuestro Vicente Aleixandre completara con su metáfora de la escucha no atendida esto es, de la «soledad de esos inmensos cielos tras los que nadie escucha el rumor de la vida».

Por cierto, si «Fides ex auditu», ¿hay algo más parecido a una misa con sus reconfortantes transmutaciones que una mansa muchedumbre escuchando sentados en un auditorio a un clásico o como muchos prefieren decir, a un músico «serio»?

Resulta paradójico que el son del mar que (según los físicos) con su empleo de sondas transmite fuertes impulsos sonoros para más tarde captar y clasificar los ecos, sea justo el lugar de lo insondable. Pero de paradojas hablaremos algo más tarde. Volvamos a lo nuestro: músicas o propuestas musicales hay de muy variables fuerzas, y entre ellas no abundan (sino todo lo contrario) las propuestas de fuerza mayor. Una de las más descollantes de estas últimas son las naumaquias, ese celebrar las junturas más intrincadas que se dan entre mar y tierra, mediante la acción de crear (cielo-fuego y bronce) una sopa sónica en donde floten como nubes o grumos las palpitaciones de las distancias y los tiempos.

Una naumaquia, para comenzar, es son de cicatriz; sinfonía bífida, un apareo relacional que se desprende de «la puesta en contacto —a decir de Cirlot— de hechos distintos». Tratase pues de enfrontar sonando la tierra/aire y el mar/aire para sacar o mejor exprimir, el misterio de ambas voces. Es pues agarrar la ilógica (inmensa) y misteriosa voz del mar así como el axial sonar de la rugosa tierra, sembrada de árboles, torres, escaleras y montes (axis mundi), y  —mediante todas las vecindades, fuegos, pericias y tiempos en tenso desesperar— entresacar (el «entre» es aquí fundacional y fundamento) un ritmo común para que adquiera con esfuerzo, aspecto vital. Y ese ritmo común devendrá en número espacial, formal y situacional al que debemos atender. Le corresponderá  al oidor derivar y sumarle su singular ritmo ambulatorio de escuchas no estancadas sino al acecho, lanzando puentes verticales, analógicos, que apelen, soporten y traduzcan la indisoluble unidad del universo hecha acto.  Y lo  hará mediante esa llave única que es la escucha. Al auditor no le resultará fácil, ni estará exento de riesgo y desanimes (aquellas «decepciones» de Cartagena) el hecho de pretender cazar y atender al vuelo el grito de correspondencias hecho paradoja y cuerpo, en aspectos y ubicaciones aparentemente caóticos y pluriversales. Pero así ha de ser y así son y suenan esos viejos dioses en retirada de identificación sutil y no siempre suficiente.

Detalle de la partitura para 'O Roma Nobilis. Concerto per cento chiese'

Figura 9. Del aire en liquefacción. O Roma Nobilis. Concerto per cento chiese.

(Autor: Llorenç Barber, 1999)

Portada de la partitura para 'Maremagnum'

Figura 10. Maremagnum (portada partitura).

(Autor: Llorenç Barber, 2000)

Partitura para 'Maremagnum'

Figura 11. Maremagnum (partitura).

(Autor: Llorenç Barber, 2000)

Partitura para 'Maremagnum'

Figura 12. Maremagnum (partitura).

(Autor: Llorenç Barber, 2000)

Partitura para 'Maremagnum'

Figura 13. Maremagnum (partitura).

(Autor: Llorenç Barber, 2000)

Partitura para 'Naumaquia  a los Cuatro Vientos'

Figura 14. Naumaquia  a los Cuatro Vientos. Puerto Vallarta, México (fragmento partitura).

(Autor: Llorenç Barber, 2001)

Detalle de la partitura para 'Naumaquia'

Figura 15. Naumaquia para el Fórum de las Culturas, Barcelona.

(Autor: Llorenç Barber, 2004)

flecha a la izquierda (anterior) flecha hacia arriba (subir) flecha a la derecha (siguiente)
II Encuentro Iberoamericano sobre Paisajes Sonoros. II Festival América-España. OCNE. Madrid, 2008
Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es