Por Ricardo Atienza
Ciertos fondos sonoros urbanos homogéneos pueden ser igualmente tomados por diversas manifestaciones continuas de agua (cascadas o ríos), especialmente a distancia9 [Audio 3].10 Esta particularidad no es accidental, respondiendo a una distribución espectral similar, tantas veces mencionada, y en ocasiones empleada ―bien o abusivamente, según los casos— por arquitectos y urbanistas en busca de un efecto enmascarante que pudiera cubrir o borrar el ruido del tráfico [Figura 5] [Audio 4].11
Pero no debemos negar los riesgos de este tipo de estrategias que tienden a densificar aún en mayor medida, entornos sonoros ya de por sí saturados. Su empleo equivale finalmente a orientar un proyector deslumbrando la vista para evitar la contemplación de un entorno degradado, o a aplicar un ambientador que sature toda percepción olfativa indeseable. La respuesta a un problema de calidad en un entorno sonoro puede difícilmente ser de orden cuantitativo, y menos cuando esta respuesta supone una renuncia a uno de nuestras vías fundamentales de intercambio con el medio. Numerosos diseñadores sonoros emplean hoy en día el concepto de perfume sonoro como principio de recalificación de un lugar; este concepto se apoya a menudo (no siempre) en la ocultación sonora (del ruido o del silencio…) a través de la superposición, abordando de este modo las consecuencias y no las causas, y reproduciendo a otra escala los problemas observados con la fuente-pantalla.
A todo ello hay que añadir la constatación de que las protestas por ruido no se limitan hoy a sonidos tildados en principio de desagradables, y el agua no escapa a esta aparente «indiferencia». Prueba de ello, los diversos cierres o restricciones horarias de fuentes reclamados por los habitantes de los entornos en las que se ubican. Contrariamente a lo que pudiéramos pensar, los «sonidos sociales» suponen hoy en día la primera fuente de quejas por ruido, y preceden de lejos otras fuentes sonoras como las del tráfico.12
Circulaciones de agua y tráfico se entremezclan igualmente en los paseos marítimos o fluviales de tantas ciudades, poniendo en ocasiones en duda nuestra capacidad de discernimiento en materia de naturaleza sonora. Podemos hablar sin duda de una voz urbana del mar, y ésta poco tiene ya que ver con la periodicidad blanda y variable de la cadencia de las olas a su orilla. A medida que nos alejamos del borde, su sonido se homogeneiza para ir hermanándose, en la distancia, con el perfil supuestamente estático del torrente. Al tiempo, su distribución espectral se descompensa sin remedio hacia el grave, a medida que el registro agudo va quedando filtrado por la distancia. Pero al igual que ocurrirá con la lluvia, su presencia se hace notar más allá de este rugido grave: el agua en suspensión confiere al lugar una tonalidad diferente, tal vez imperceptible a nuestra consciencia, pero no a nuestros oídos.
Otra presencia esencial del agua en la ciudad, y a menudo olvidada como fenómeno sonoro, es la de la lluvia; difícilmente podremos encontrar una manifestación discontinua que transforme de manera tan drástica y repentina el color sonoro de cualquier entorno, y especialmente del medio urbano. Por una parte, la propia expresión sonora de la lluvia es un fenómeno capaz de inducir un efecto general de inmersión, que encontramos igualmente en la escucha del mar o de un cauce de agua. Como nos recuerda Chion13 a través de diversos ejemplos cinematográficos, su textura característica de un grano diversamente denso y sordo puede adquirir rasgos («quasi»-) musicales gracias a las propiedades materiales de una cubierta, o simplemente de un paraguas [Figura 6]. Por otra parte, el agua que queda sobre las distintas superficies urbanas tiñe drásticamente los sonidos generados por rozamiento, y modifica las características reflexivas del entorno sonoro [Audio 5].14 Esta transformación sólo es comparable con el silencio impuesto por el manto de nieve sobre la ciudad, en términos de usos, y ante todo de absorción sonora.
Figura 6. Espectrograma logarítmico de un fragmento de [Audio 5] (segundos de 5” a 25”). En éste se puede observar la estructura sonora granular, pero aún diferenciada, del sonido de la lluvia sobre un paraguas.
(Autor: Ricardo Atienza)
En otras ocasiones el agua «suena» sin emitir sonido alguno, a través de la mirada o del olfato. Si el olor de la lluvia precede o anuncia tantas veces las propias gotas (anticipación), la visión de un estanque o de un elemento de agua puede evocar «imágenes sonoras» propias à la experiencia sensible de cada persona (phonomnesis). La arquitectura y el urbanismo han sabido en ocasiones emplear sabiamente estos efectos, a través de la disposición en el espacio de aguas en apariencia «durmientes», pero capaces de despertar el recuerdo de sonoridades vividas en otro tiempo y lugar (anamnesis). El silencio de estas aguas nos recuerda que los paisajes sonoros pueden manifestarse en otros planos que el auditivo, especialmente en elementos tan cargados de sentido15 como el agua.
Pero la relación entre agua y arquitectura no ha resultado siempre evidente; la cultura dual arquitectónica heredada de Gottfried Semper del diálogo (o confrontación) entre lo estereotómico (vinculado a la tierra) y lo tectónico (cuanto quiere diferenciarse de ella), ha sabido difícilmente ocuparse de materias o fenómenos tan efímeros y variables como el agua y sus manifestaciones sonoras. Este elemento se convierte entonces en una «lámina» de agua, reflejo silencioso, aséptico y si es posible inmóvil de la arquitectura circundante. Es ésta una arquitectura esencialmente estática, que únicamente atiende a la luz como reflejo del paso del tiempo.
Figura 5. Sección mostrando la configuración espacial analizada en el fragmento sonoro propuesto. Madrid, jardines de Sabatini lindando con la cuesta de San Vicente. En correspondencia con [Audio 4].
(Autor: Ricardo Atienza)
(9) Reacciones obtenidas en encuestas realizadas por el autor en la ciudad de Madrid, donde sonidos de circulación situados en planos medios y lejanos son reiteradamente confundidos con sonidos de agua. Estas encuestas se fundaron en métodos de reactivación sonora de la experiencia sensible, a través de la escucha, fuera de contexto, de fragmentos grabados en el centro de la ciudad.
Atienza, Ricardo: «L’identité Sonore: une variable essentielle dans la configuration urbaine», DEA Ambiances Architecturales et Urbaines. Grenoble, CRESSON, 2004, p. 162. volver
(12) Resultado de las entrevistas realizadas a diversos responsables públicos franceses en temas de ruido:
Faburel, Guillaume (dir.); Atienza, Ricardo (et al.): Le poids des territoires dans le vécu des nuisances sonores. Des méthodes pour l'analyse et l'aide à la décision. Memoria intermedia (investigación en curso). Créteil, Université Paris XII, 2006, p. 75. ADEME, Programme PREDIT. volver
«El sonido de la lluvia (…) es a menudo un sonido continuo y uniforme, finamente granuloso. Si lo escuchamos bajo el refugio de un paraguas o bajo el techo de una mansarda (…) se anima, vivo y alegre, pudiendo disfrutar su escucha (…). ¿Por qué? Porque cada gota al caer sobre el techo se individualiza, porque una melodía de ruidos, de pequeños impulsos complejos surge, porque cada sonido repercutido adquiere una energía, un dinamismo cautivante (…). El repiqueteo de la lluvia sobre el paraguas genera una sensación de júbilo porque se halla al límite entre ruido y sonido.»
Chion, Michel: «Le son». Dégradé musique/bruit : pourquoi les gouttes de pluie font-elles gai? Paris, Nathan, 199, p. 190. volver
(15) Baste a este respecto mencionar la exploración mitológica y literaria realizada por Murray Schafer o el inmenso trabajo de Bachelard en términos de descripción del imaginario poético acuático: