Como la percepción del entorno sonoro es fundamentalmente asunto de dos —el entorno sonoro en cuanto intencionalmente correlativo a mi consciencia y en reciprocidad con ella—, la descripción más verosímil que puedo ofrecer de la escucha de la tormenta en cuestión, es un relato en primera persona.
Fijo mi atención sobre un ruido continuo, parecido al sonido blanco, de textura apenas cambiante que fluye lentamente. Sobre dicho fondo sonoro destacan breves sonidos dispersos, puntuales, de timbre más claro, que puntúan el flujo del evento sin orden rítmico preciso pero con suficiente identidad como para ser percibidos como un elemento que se superpone al evento anteriormente descrito, y con respecto al cual se percibe como si estuviera más cercano. La yuxtaposición de ambos eventos cambia ligeramente de timbre, un instante antes de que un nuevo evento irrumpa inesperadamente como una explosión violenta, cuya duración se va desintegrando en ecos y reverberaciones cada vez más lejanas; su volumen disminuye progresivamente para dejar paso nuevamente a la escucha de los dos eventos sonoros precedentes. A este retorno comienza a integrarse entretanto un cuarto sonido intermitente, perceptible como más alejado pero que sin embargo, aumenta poco a poco su volumen para pasar a primer plano y conferir con su cualidad sonora propia, a los dos eventos iniciales, una articulación rítmica irregular. Mientras dura el flujo sonoro, descubro nuevos matices en la textura y el timbre tanto del fondo sonoro como de los eventos salientes, a los que mi atención se orienta alternativamente —a la vez que atiende periféricamente la solicitación de asociaciones, fantasías y quizás otros ruidos sutilmente entremezclados con el proceso sonoro enfocado—.
Pese a su carácter sucinto y algo tosco, la escucha del proceso sonoro precedente y su descripción suscitan cuestiones tales como, por ejemplo: ¿qué es lo que en verdad he escuchado?, ¿qué es lo que escucho cuando ahora rememoro el proceso sonoro descrito?, ¿de qué manera existe dicho proceso?, ¿cómo percibo el tiempo y el espacio a través de dicho proceso?, ¿qué invariantes sonoras (o rasgos permanentes) puedo detectar bajo la infinidad de aspectos cambiantes en dicho proceso?, ¿qué relación guardan estas invariantes con la parcialidad inherente a toda percepción?, ¿cuáles son las propiedades formales detectables en el objeto percibido?, ¿de qué medios me valgo para presentar esta percepción?, ¿cómo escuchar el proceso sonoro para poder interpretarlo «como si» de una música virtual se tratara?
Me limitaré a responder a esta última cuestión que orientará el curso de las reflexiones que siguen. Se trata de pasar de la sensación sonora a su percepción consciente para poder escuchar el ruido puro en sí mismo, sin la fuente o cosa que lo produce; escuchar dentro de la sensación acústica sin tratar de interpretar su sentido en términos de la causa que lo produce. Este modo ascético de escuchar el entorno sonoro es el que nos abre la posibilidad de escucharlo como música virtual. Lo llamo escucha reducida, utilizando una afortunada expresión de P. Schaeffer12 en resonancia con el concepto husserliano de reducción o epojé13, esto es, percibo el sonido en cuanto fenómeno de la consciencia —poniendo entre paréntesis sus condiciones de existencia en el mundo real—14.
En el contexto del presente trabajo, la escucha reducida es concebida como un ejercicio propedéutico para poder percibir los sonidos del entorno como lo que primeramente son: fenómenos sonoros dados en la consciencia. La escucha reducida es la escucha del sonido menos las contingencias de su entorno; consiste en abandonar o poner entre paréntesis las costumbres de la escucha natural, liberar el horizonte de la consciencia para quedarme en la consciencia con las vivencias sonoras purificadas de su realidad mundana; consiste en desfamiliarizar o deshacer el modo de escucha natural para liberarla de nuestra creencia en la separación de consciencia y sonido, de sujeto y objeto; consiste en desenganchar los sonidos de su fuente de producción, desanclarlos de todo juicio y prejuicio científico y musicológico-cultural tejido en torno a ellos, para poder finalmente escucharlos como lo que son: sensaciones sonoras, esto es, ruidos o sonidos que reposan en sí mismos, que percibimos e interpretamos según determinados modos de darse en la consciencia; y que poseen determinadas propiedades que los especifican como candidatos para una escucha musical virtual.
La distinción entre escucha natural y escucha reducida se puede ilustrar con la mentada tormenta. En la actitud de escucha natural oigo los eventos sonoros en términos de las contingencias para-sonoras que los acompañan: en vez de escuchar el sonido en cuanto dado a mi consciencia, fijo mi atención en los cambios que el espectáculo visual de la tormenta produce en el parque adyacente, detrás del cual se perfila la ciudad de Gerona sobre el fondo del Montseny; puedo apreciar también el cambio de luminosidad que sobre el entorno produce el fulgor del relámpago; en fin, me doy cuenta que, debido a la tormenta, el perro vecino no sólo se está mojando, sino que parece estar aterrado —¡el pobre!—.