En segundo lugar, y razones de cuya discusión os dispenso, este texto presupone una equivalencia básica entre ruido (o sonido natural) y sonido musical (o elaborado). Es posible mostrar, en efecto, que la oposición entre sonido musical (elaborado) y sonido natural (o ruido) no es ontológica ni epistemológica; probablemente tampoco es neurofisiológica ni cognitiva; es más bien una oposición cultural que se puede deconstruir desde la acústica, la historia de la composición musical, la crítica dialéctica, la ecología, la fenomenología, etc.2 Una imagen de Resonancia Magnética Funcional (RMF) de un instante de la escucha de la Sinfonía n.º 9 de Dvorak muestra, en efecto, que el cerebro procesa la escucha de maneras diferentes que el oyente sea o no sea músico:3 [Figura 1].
Por otra parte, existe una continuidad entre ruido y sonido musical espejada en el hecho de que la percepción auditiva es un fluir constante que, desde el punto de vista vivencial, no se da en compartimentos estancos. Así pues, la tipología de la escucha que propongo no es más que un útil conceptual para poner cierto orden en la comprensión de la percepción auditiva cuyo flujo rizoide en la vida cotidiana desborda toda tipología. Pero eso ya es vida, no discurso.
Llamamos escucha natural a la que espontáneamente se sobrepone a la sensación y percepción sonoras, procesos asociativos que la instrumentalizan con fines prácticos o discursivos: a medida que transcurre el proceso sonoro, la atención se va desplazando sobre acciones, evocaciones, emociones, recuerdos, fantasías, pensamientos, símbolos, etc., que, pese a coincidir temporalmente con la percepción, son ajenos al contenido específicamente sonoro de la misma. He aquí algunos rasgos que caracterizan este tipo de escucha: la escucha natural es escucha pasiva, distraída, desenfocada, no presta atención a la sensación sonora; es percepción del entorno menos sus sonidos; suele ser interactiva dado que vincula percepción y acción con fines prácticos; es referencial pues se identifica con la fuente que lo produce; es simbólica ya que el proceso sonoro se toma como índice, signo o símbolo de otra cosa; es, en fin, ingenuamente realista.
a) La escucha natural es a menudo una escucha desenfocada y distraída. La atención se desliza por encima del sonido sin penetrar en su interior, sin llevarle el apunte; es como si estuviéramos en un entorno al que por distracción le hubiéramos retirado el sonido; aunque el sonido llegue a nuestra consciencia como sensación pre-perceptiva, no deviene aprehensión, esto es, objeto de nuestra atención. Pasamos al costado de los procesos sonoros sin prestarles atención, sin volvernos a ellos, sin interesarnos por ellos. Dejamos los sonidos allí donde están, en su reposar en sí, como sensación sonora en estado pre-perceptivo.
Podríamos hablar entonces de una escucha negativa: quizás por razones de supervivencia auditiva, hemos desarrollado «hábitos de no-escucha», hábitos de sordera selectiva que destierran los sonidos del entorno al limbo de los sonidos no percibidos. Supongo que estos hábitos se desarrollan como autoprotección, como una especie de «tecnología del cuidado de sí mismo» frente a lo que llamamos «ruidos molestos» del entorno, —ruidos que en realidad son testimonios de la barbarie acústica en la que está sumida la civilización ciudadana—.
b) La escucha natural es referencial e interactiva: es referencial porque identifico el sonido con su génesis o con la fuente que lo produce y trato de localizarlo en el espacio para evaluar su distancia y eventualmente, el peligro que me amenaza; es interactiva porque integra la audición con la acción. La información auditiva especifica, controla y dirige mi relación con el entorno.
Según la teoría de la escucha ecológica de Eric Clarke4, la identificación de la fuente y su localización son el origen del sentido que atribuimos a los sonidos del entorno. La interacción con el entorno es, pues, lo que asegura el carácter ecológico de la percepción sonora. La percepción como acción, enacción,5 significación del entorno sonoro. La presuposición subyacente a esta afirmación es que la escucha del entorno encuentra una lógica —o una sintaxis— de la significación en un primer nivel de articulación dado por la orientación espacial del sonido según su fuente de producción y especificado por la percepción de sus cualidades sensibles.