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Paisajes sonoros I
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El oído alerta:
modos de escuchar el entorno sonoro Por Ramón Pelinski

Resumen

Uno de los propósitos del presente texto es encontrar maneras de crear una zona acústicamente protegida en nuestra consciencia donde podamos percibir los sonidos del entorno en la modalidad de músicas virtuales o de experiencias existenciales. El paisaje sonoro como se da en la consciencia, esto es, como fenómeno de la percepción y del recuerdo. Este giro trascendental hacia el paisaje sonoro en cuanto dado a la consciencia en el silencio del acto perceptivo abre la posibilidad de crear músicas virtuales propias constituidas a voluntad con los sonidos que el azar de la vida cotidiana nos ofrece. En el presente texto se propone una reflexión sobre tres modos de escucha del entorno sonoro: la escucha natural, la escucha reducida, y la escucha privilegiada.

—¿Qué es? —me dijo.
—¿Qué es qué? —le pregunté.
—Eso, el ruido ese.
—Es el silencio…

Juan Rulfo, «Luvina». El llano en llamas

Introducción

La vida cotidiana tiene una banda sonora. Si no la escuchamos, es porque ya estamos acostumbrados a oírla. Hemos emparejado el sonido con el silencio, o con lo que creemos es el silencio. Podemos contemplar un paisaje, sentir el perfume de las flores, los olores de un bosque o de la tierra después de la lluvia, o gustar de una comida sin percibir los sonidos de nuestro entorno. A no ser que su volumen o su repetición obsesiva revelen su capacidad de molestar hasta el punto de devenir insoportables y dañar la salud. Entre el silencio absoluto —aquel que pone fronteras a la vida de un organismo— y lo que nuestra cultura ha sancionado convencionalmente como «música», hay una multitud de sonidos del entorno cotidiano que van desde el murmullo de un arroyuelo pasando por toda suerte de susurros, rumores, arrullos, cantos de animales, zumbidos, crujidos, estridencias hasta estruendos, fragores, explosiones, ruidos del tránsito terrestre y aéreo, el estallido de las bombas de ruido en las guerras que parecen lejanas, o la utilización bélica del sonido como tortura.

Pocos son los elegidos como los cartujanos de Santa María de Montalegre (Tiana) a una vida donde «[s]ólo se oye el viento, la lluvia, la nieve, los pajarillos, las manos que hojean un libro, las campanadas, el rezo cantado…».

Todos esos sonidos poseen una inagotable paleta de matices, texturas, articulaciones, colores, intensidades, duraciones, alturas y, por cierto, significados que pueden ir desde el deleite hasta el tormento; salen constantemente a nuestro encuentro en la ubicuidad que les ha conferido la barbarie auditiva de la civilización contemporánea. No podemos taparnos los oídos como podemos cerrar los ojos. Algunos de estos sonidos pueden trepanar los oídos a la espera de que un silencio balsámico nos libere de una tortura que puede llegar a matar.

Uno de los propósitos del presente texto es encontrar maneras de crear una zona acústicamente protegida en nuestra consciencia donde podamos percibir los sonidos del entorno en la modalidad de músicas virtuales o de experiencias existenciales. De la misma manera que las nubes, las tormentas, las aves o los paisajes naturales son oportunidades que ofrece el entorno para enriquecer el contenido de nuestra vida cotidiana, podemos escuchar el entorno acústico como fuente de experiencias estéticas y existenciales —aunque sean efímeras y fugaces—.

No se trata, sin embargo, de imaginar castillos donde solo hay ventas. Muchos sonidos del entorno no pueden ser más de lo que son: «polución sonora», «sonido indeseado», «sonido inarticulado y confuso». Pero ya que no podemos evitarlos en la cotidianidad ciudadana para escuchar solamente los murmullos del universo, siempre nos quedan sonidos del entorno con los cuales podemos negociar estrategias de supervivencia auditiva y, quizás, de fugitivos goces sonoros entre los dos silencios eternos que ponen un límite definitivo a los sonidos1 [Audio 1].

En el presente texto propongo una reflexión sobre tres modos de escucha del entorno sonoro: la escucha natural, la escucha reducida, y la escucha privilegiada. Sin embargo, antes de entrar en tema, quisiera hacer dos observaciones preliminares.

En primer lugar, en vez de orientar el foco de atención sobre la naturaleza del paisaje sonoro como un proceso acústico del entorno exterior, del que se ocupan la física y la ecología acústicas, los estudios de impacto medioambiental, la composición musical, etc., he reorientado la perspectiva hacia el paisaje sonoro como se da en la consciencia, esto es, como fenómeno de la percepción y del recuerdo. Este giro trascendental hacia «el paisaje sonoro en cuanto dado a la consciencia en el silencio del acto perceptivo» abre la posibilidad de crear músicas virtuales propias constituidas a voluntad con los sonidos que el azar de la vida cotidiana nos ofrece.

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Notas

I Encuentro Iberoamericano sobre Paisajes Sonoros. Festival América-España. OCNE. Madrid, 2007
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