Resumen
En un análisis moderno del paisaje urbano es importante cruzar los principios arquitectónicos y los datos físicos de los ambientes con las percepciones y vivencias cotidianas de los sujetos. Partiendo de un recorrido histórico por algunos arquitectos y arquitecturas emblemáticas, con el presente texto se plantea la necesidad de nuevas herramientas en el pensar y en el hacer arquitectura.
La ciudad constituye un objeto destacado de análisis en numerosos campos. Desde la arquitectura y el urbanismo hasta el mundo del arte, pasando por la sociología, la política o los medios de comunicación, el debate sobre la ciudad está de moda. Cada vez más se multiplican actividades y publicaciones; se crean nuevos foros para analizar y debatir los problemas de la ciudad. Pero si el análisis en abstracto de la ciudad resulta fundamental, tan importante nos parece analizar el caso concreto de cada ciudad con sus propias incertidumbres y problemas, y con su propia identidad. En efecto, el desarrollo de la ciudad parece no responder actualmente a las costumbres y características peculiares de una comunidad sino que respondería cada vez más a necesidades dictadas por modas, funcionando bajo la ley del consumo y la mirada de una quimera global. Un aspecto fundamental que se ha tener en cuenta por tanto, es la pérdida progresiva de la identidad y especificidad de cada ciudad. Este momento actual de protagonismo de la ciudad puede ser idóneo para plantear y debatir una serie de cuestiones centradas en el campo metodológico del análisis y proyecto urbano. En el panorama arquitectónico —me temo que pueda ocurrir lo mismo en otros campos— parece existir una cierta resistencia a la abertura hacia campos no tradicionales. Sin embargo, es cada vez más necesario confrontar y colaborar para abarcar y comprender, la complejidad de la ciudad contemporánea y del espacio arquitectónico en general.
En este planteamiento puede ser útil empezar exponiendo una serie de preguntas que emanan de esta ciudad compleja: ¿Es necesario un diseño sonoro para la arquitectura? ¿Cómo pensar la construcción del espacio sin sonido? ¿Hasta qué punto un sonido nos determina un espacio? ¿De qué métodos disponemos para incorporar el sonido? Parece claro que si nos hacemos estas preguntas es porque, no obstante la evidencia y la necesidad, carecemos de una teoría global del diseño sonoro del espacio, existiendo sólo aproximaciones sectoriales. Si realizamos una aproximación al mundo sensorial, de la percepción subjetiva, comprobamos una actitud defensiva en el mundo arquitectónico puesto que escasean las aproximaciones que tengan en cuenta estos aspectos sensoriales. Nuestro propósito es el de mostrar cómo el sonido, la música y la acústica, entran en juego junto con los demás componentes en la concepción o configuración final del espacio construido.
Pasando a revisar la problemática de los sentidos empecemos con la historia. Parece claro en este sentido, que nuestro ambiente sonoro actual difiere del ambiente sonoro preindustrial, ya sea por el tipo de sonidos —algunos han desaparecido, otros nuevos se han introducido…— como por sus características acústicas —sufrimos mayores intensidades sonoras, se ha ampliado el espectro de frecuencias y además la electricidad y las máquinas han introducido el sonido continuo y poco informativo…—. Pero sobre todo, si echamos la mirada atrás —o mejor habría que decir si volvemos nuestros oídos al pasado— hemos perdido sensibilidad hacia el sonido.
El historiador Alain Corbin1, en su libro Le miasme et la jonquille, se refiere al inicio de una sensibilidad hacia los olores. Hacia 1750 el hombre occidental empieza a no tolerar los hedores debidos a la presencia de residuos basuras y excrementos, y a apreciar por el contrario, las esencias de determinados perfumes. Es el comienzo de una nueva sensibilidad que lleva a las elites a buscar nuevos paisajes olfativos huyendo de la ciudad maloliente y enferma. Quizás, en el caso del sonido sea necesario un cambio similar que nos lleve a buscar una nueva sensibilidad sonora. En su libro Le problème de l'incroyance au XVIe siècle. La religión de Rabelais2 otro historiador, Lucien Febvre ya señalaba en el año 1942 «el contraste entre la sensibilidad urbana de nuestro siglo y la del pasado, mucho más cercana a la vida rural. Desde entonces la vista ha cobrado una preeminencia frente al resto de los sentidos que no existía en el pasado». Febvre distinguía entre la sensibilidad del aire libre, propia del pasado, y una sensibilidad de espacios de interior propia de la actualidad. Los hombres que vivían al aire libre, usaban plenamente todos los sentidos; usaban la vista, pero también el olfato y el oído, sentidos que, para este autor, han quedado atrofiados en la actualidad, y su uso relegado en comparación al de la vista. A ello contribuye sin duda, el ambiente de ruido ‘moderno’ monótono continuo y con un horizonte acústico reducido. Actualmente es difícil encontrar el equilibrio sonoro que en otros tiempos caracterizó a la mayor parte de los contextos en los que se desarrolló la vida del hombre. La degradación del medio ambiente sonoro se manifiesta en definitiva, en la desaparición progresiva de una cultura sonora. La multiplicación de máquinas en los pueblos y ciudades ha ido desplazando culturas y modos de vida tradicionales, desapareciendo con ello sus paisajes sonoros. Los trabajos de Murray Schafer y particularmente la publicación del libro The Tuning of the World3, sirven para poner el acento sobre este tema de la evolución del paisaje sonoro y para concienciar acerca de la importancia de los sonidos como un auténtico patrimonio cultural.