Resumen
Los paisajes sonoros de Brasil presentan el desafío de escuchar un país de multiplicidades y de contrastes radicales. La investigación y la creación artística en el ámbito del paisajismo sonoro se pueden desarrollar también utilizando la radio como medio de comunicación creativo. Motivar la voluntad de oír en un mundo donde la tendencia predominante es la de no oír. Pretendemos crear la Asociación Brasileña de Ecología Sonora (ABRES) para poder reunir a creadores y profesionales de diversas disciplinas con el objetivo común de trabajar sobre el paisaje sonoro desde un punto de vista científico, pedagógico y artístico.
Me gustaría agradecer la invitación y todo el apoyo recibido para poder participar en este Encuentro Iberoamericano sobre Paisajes Sonoros que, con seguridad, tendrá resonancias significativas para todos nosotros.
Como saben vengo del Brasil, un país de poco más de quinientos años. Un lugar de grandes contrastes sociales, culturales y económicos. Un país multirracial, polifónico, de múltiples identidades. Un país de las diferencias y de las diversidades. Decimos que existen muchos «Brasiles» dentro del Brasil. El desafío presentado en este caso específico, es el de cómo escuchar este país (casi continente) de multiplicidades sonoras, de contrastes tan radicales.
Yo vivo en una ciudad llamada Londrina, ubicada en el estado de Paraná —al sur de Brasil— en la línea del Trópico de Capricornio, a quinientos kilómetros de São Paulo y casi mil de Río de Janeiro, ciudades de las que nos sentimos cercanos y vinculados. Londrina se fundó hace apenas setenta y tres años, y fue colonizada por trabajadores e inmigrantes de diversas nacionalidades: italianos, portugueses, alemanes, españoles, ingleses, polacos, rusos, ucranianos, japoneses, libaneses y sirios, entre muchos otros.
Londrina conoció períodos de gran riqueza generada por la agricultura, se la llegó a llamar la «capital mundial del café» y la ciudad con mayor crecimiento vertical del Brasil. Londrina es una ciudad dedicada a la agricultura y cuenta con una población de quinientos mil habitantes. Es una joven ciudad, bucólica y caótica al mismo tiempo. Actualmente, la ciudad abriga cinco grandes universidades (una pública y cuatro privadas), facultades aisladas y un movimiento cultural conocido y respetado internacionalmente en el campo de la música, del teatro y de la danza, principalmente por festivales anuales como FILO (Festival Internacional de Londrina) que se viene celebrando desde hace cuarenta años y que está considerado como uno de los mayores de Iberoamérica.
Hemos escuchado dos paisajes sonoros que he registrado: el primero, capturado en el distrito del Espíritu Santo, en una noche de luna llena con el canto de sapos1, y el segundo en una calle peatonal del centro de Londrina y grabado desde la casa de la autora2.
Antes que nada, me gustaría exponerles algunos principios estéticos que rigen mi pensamiento y mi quehacer artístico, principalmente en lo que se refiere a la escucha, a los paisajes sonoros y a la radio como un medio de comunicación creativo, es decir, un medio que produce y no solo reproduce: el arte radiofónico. Este trabajo ha sido objeto de investigación en mi post-doctorado, realizado sobre el Arte Acústico Radiofónico, en la Universidad Federal de Río de Janeiro, en la Escuela de Música, Laboratorio de Música y Tecnología (LAMUT). El trabajo de creación que he realizado en los últimos veinte años está marcado por la curiosidad sobre cualquier sonido existente en la naturaleza. En otras palabras: todos los sonidos pueden interesarme. Sin embargo, fue gracias al uso de la grabadora y del micrófono, que me acerqué a los sonidos de nuestro entorno sonoro de un modo más sensible e inquietante, especialmente los sonidos de la voz humana y de los sonidos nocturnos pero sin excluir los sonidos diurnos.
Consciente de que el registro fonográfico de un paisaje sonoro implica siempre una alteración sobre el mismo y que el micrófono funciona como un instrumento que se concentrará en uno u otro aspecto del paisaje sonoro, resaltándolo o tal vez colocándolo en un plano secundario. En este tipo de trabajo, nosotros somos los responsables debido a la elección y al manejo del micrófono pues se trata de comprender que el micrófono funciona como una extensión de nuestros oídos; el momento del registro es único, jamás se repetirá de nuevo pues los paisajes sonoros son dinámicos. Por lo tanto, debemos practicar, pensar y proponer que ese momento de escucha sea un instante en que se está creando, componiendo. Una escucha imaginativa que se compone durante el instante de la captación. Comparto el pensamiento de la radioasta brasileña Regina Porto cuando dice que «en lugar del ojo, el oído: el paisaje sonoro es fundamentalmente el arte de la captación fotográfica del sonido. El micrófono es el instrumento que permite lo instantáneo y el close; la caja acústica, su ampliación».
Las grabaciones son dinámicas así como los paisajes sonoros también lo son. Por supuesto, la audición cambia cada vez que escuchamos, es decir, se establecen otras y nuevas relaciones, infinitas relaciones: escuchas rizomáticas (se tejen nuevas relaciones cada vez que se escucha el mismo objeto).
Otra idea que comparto es la propuesta por el compositor brasileño Rodolfo Caeser al citar el aforismo de Nietzsche, donde presenta la noche como una experiencia fundamental para la música y ciertamente —creo yo— para la escucha. El aforismo dice: «El oído, ese órgano del miedo, sólo alcanzó tanta grandeza en la noche y en la penumbra de las cavernas oscuras y de las selvas, bien de acuerdo con el modo de vivir de la era del recelo… En la claridad del día el oído es menos necesario. Fue así que la música adquirió el carácter de arte de la noche y de la penumbra».