Hace falta abrir la posibilidad de un conocimiento
a la vez más rico y menos cierto.
Edgar Morin (2004:71)
Tienes que romper con la tradición
académica y desarrollar tu propio estilo.
Los ejercicios académicos pierden vitalidad.
Debes desear formar parte de lo que
estás describiendo.
Colectivo Bilwet (citado en Thissen, 2007)
La lucidez con la que Edgar Morin expone las líneas básicas de su concepción epistemológica en Introducción al pensamiento complejo abre numerosas y atractivas vías de trabajo destinadas a expandir el conocimiento. No obstante el filósofo francés parece resistirse a rebasar ciertas fronteras sobre la complejidad inter-disciplinas manteniéndose de forma cauta en los cauces de un diálogo básicamente académico y evitando profundizar en ciertas insinuaciones que apuntan hacia sistemas co-organizativos. Así la auténtica complejidad debería venir determinada, no ya por la conexión entre los diferentes ámbitos de conocimiento, sino por la aproximación entre esferas frecuentemente aisladas y cada vez más distantes. Introducir a los «otros», no sólo como sujeto de estudio, sino como parte creadora del discurso puede resultar arriesgado, pero buscar estrategias de conocimiento más incómodas, menos ciertas —determinadas por la «alta densidad de información [como] algo que no se puede reducir a una fórmula, que no se puede predecir de forma exacta [...]»— promete nuevas e interesantes respuestas. Como explica Cristoph Spehr, sólo «ahora empezamos a comprender como las estructuras complejas funcionan o se generan. La variedad, el feedback, la interacción... juegan un importante papel»13.
Recuperemos una vez más el paralelismo con las prácticas musicales que nos ha dejado el siglo XX, concretamente con las propuestas de John Cage sobre indeterminación. Del mismo modo que el músico estadounidense sitúa al compositor como el encargado de «poner procesos en marcha [en los que] no tenemos un conocimiento claro de su principio ni de su final»14, o declara «mi música favorita es la música que todavía no he escuchado»15, podríamos poner en práctica la complejidad desde una vertiente procesal más que permaneciendo en investigaciones ligadas estrechamente a las estructuras cognitivas de quien investiga —condicionado a su vez por los modelos y esquemas académicos—, receptivos al posible hallazgo de lo que nunca estuvimos buscado en una suerte de epistemología «experimental».
Aun a riesgo de caer en un discurso excesivamente posmoderno, puede que esta sea una cuerda floja por la que valga la pena cruzar de igual modo que en su momento lo hizo James Clifford cuando cuestionaba la posición del antropólogo y desmontaba la construcción del discurso etnográfico. Creo, retomando una vez más las palabras de Cristoph Spehr, que se debe intentar un «pensamiento utópico que no sea elitista, en el sentido de que haya una élite que tenga la conciencia correcta, el conocimiento correcto, un grupo de gente que tome decisiones, de pensadores científicos que puedan definir por otros de que se trata en realidad, sino que tienes que construir la utopía sobre la base de una comunidad igualitaria, donde no importa lo que ha leído la gente y con que teorías se han familiarizado. Tienes que funcionar con gente distinta y ellos deben tener la posibilidad de participar sobre una base equitativa. No deben ser excluidos, el acceso a esta utopía no debe ser restringido por el criterio de donde viene la gente, de donde viene una persona»16. El reto es buscar los mecanismos que hagan posible una «cooperación libre», que permitan, al menos, aproximarnos a esta utopía, moviéndonos siempre bajo la sombra de lo impracticable y tendiendo a la mayor horizontalidad posible.
Aquí es donde Internet se ha revelado como uno de los contexto idóneos para poner en marcha este tipo de procesos convirtiéndose en una suerte de estructura rizomática, como «un sistema nervioso global, un cerebro en el que cada internauta constituya una neurona y que acabará generando algún tipo de inteligencia colectiva que produzca pensamientos e ideas por encima de las capacidades de cada una de sus pequeñas partes»17.
Así la versatilidad que brinda lo que se ha definido como web 2.0, cuya principal virtud es la «reinvención de la manera en que la información circula por la red, democratizando y poniendo a disposición de todos los usuarios la capacidad de programar el comportamiento de diferentes flujos de datos que interactúan entre si de maneras hasta hace poco inimaginables»18 ha empezado a dar sus frutos en diferentes ámbitos. Edificada sobre una serie de herramientas (RSS, Ajax...) la web semántica permite la gestión dinámica de infinidad de contenidos que convierten al usuario hasta ahora pasivo en lo que Alvin Toffler, primero, y Gilles Lipovetsky, después, catalogaron como prosumidor.