Y, hablando de pasos, hay que ir calzado convenientemente, porque con los pies el visitante puede hacer sonar las diferentes tonalidades de los 5 cm de grosor de las placas de la retícula de 1,09 x 1,09 m de travertino romano del pavimento.
El sonido es uno de los componentes más efímeros de la arquitectura, y por esto resulta muy difícil afirmar con rotundidad que los sonidos actuales sean idénticos a los de Mies, ya que el equipo de arquitectos de la reconstrucción ha tenido que solucionar el tema de las aguas pluviales con losas flotantes, resolver los elementos añadidos a las caras norte y sur, y terminar los sellados con materiales actuales, etc.
El itinerario acústico en el pabellón —no hace falta que presente un orden concreto— podría ser el siguiente: comenzando desde fuera, es necesario notar el tránsito del sonido del pavimento de sauló —que los días muy húmedos o de lluvia cruje de forma especial— a los peldaños macizos de travertino del acceso al pabellón. La ascensión es por sí misma silenciosa, y el hecho de que los peldaños sean macizos hace que no aporten ningún tipo de resonancia ni amplificación añadida.
Se llega así a la plataforma de travertino del Tívoli, donde cada pieza del pavimento flotante se encuentra fijada solo por sus cuatro vértices, con bloques de neopreno o asfalto caliente, y se producen diferentes tonalidades a partir de la misma placa y sus soportes.
Algunas piezas «cantan» al pisarlas, ya que su plano inferior no se apoya más que por tres de los cuatro vértices y, entonces, permite que baile, pero en general el sonido del golpe del travertino no resulta molesto sino armonioso12. Lo que más se oye es el impacto del pie con la placa. Se percibe una caja de resonancia debajo. Los sonidos son parecidos a los que el mejor guitarrista genera al golpear con el pulgar la tabla armónica de la guitarra.
Entrad dentro del pabellón y escuchad la resonancia de vuestros pasos. Notaréis un sonido íntimo, muy acotado en su reverberación, aunque son pocos los elementos de mobiliario —la alfombra negra, la cortina de terciopelo rojo, las blancas sillas Barcelona, etc., — lo cual repercutiría en la absorción.
El tiempo de reverberación interior actual sin gente es de 0,8 a 1,1 s. En el lago pequeño interior es de 0,7 s, y en el lago grande exterior es de 0,3 s —a causa del eco—.
Hay que caminar decididamente por dentro y por fuera, y escuchar los sonidos que se generan con nuestros pasos, y quizás se pudiera componer alguna melodía improvisada. También se recomienda parar y escuchar otros efectos, como la onda estacionaria existente entre techo y suelo justo en el acceso, detrás del tragaluz y en el acceso al bloque de servicios (0,2 s), que podemos hacer patente dando pequeños golpes al pavimento con la parte delantera del pie.
Nuestra casa
Intentemos ahora deambular por nuestra casa siguiendo la experiencia de escuchar a la arquitectura descrita en mis libros de arquitectura acústica.
Cuando circulamos por nuestro hogar con los ojos cerrados, descubrimos que todo suena y que con estos sonidos somos capaces de reconocer el espacio y los objetos cotidianos que nos rodean. Caminamos con las zapatillas y escuchamos el sonido diferente que estas producen cuando pisamos los distintos pavimentos de nuestra vivienda. La alfombra a los pies de la cama, el corcho, el terrazo, el parqué de madera, el gres del baño o la cocina, etc., suenan de diferente forma. Nos damos cuenta de que estamos en la cocina porque suenan unos crec-crec al pisar unas migajas de pan, pero la moqueta del comedor no suena así, aunque caigan sobre ella las mismas migajas.
Cuando nos ponemos una venda en los ojos nos sentimos como unos conejitos de Indias. Si dejamos que la mano del azar varíe las formas geométricas y los materiales de estos espacios de la vivienda, ¡estamos perdidos! No encontramos ninguna referencia conocida. Todo nos falla. Nos damos cuenta de que, sin el reconocimiento visual de lo que conocemos, los homines videntes no podemos vivir.
Descubrimos que lo primero que nos hace falta es un orden. A los videntes, el orden nos ayuda a asociar los objetos, los materiales, las dimensiones y las formas arquitectónicas con nuestros recuerdos. Este orden es el que lo reivindican los invidentes. Necesitan localizarlo todo en su casa; en definitiva, les es imprescindible para ser autónomos.
Podemos entrar en un espacio que debe ser anecoico, que debe crujir metálicamente cuando se pisa el pavimento y que puede afinarse tonalmente en unos silbidos cuando se rasca con el talón.