Una de las maneras más sencillas de evocar el sentido de lugar sonoro es escuchar una grabación del entorno en cuestión. Quizá sea la ausencia del elemento visual —lo cual puede hacer que la grabación resulte ambigua en un primer momento— aquello que permite al oyente concentrarse más en los aspectos sonoros del entorno, sin la distracción de la multiplicidad de otras sensaciones disponibles en la situación original. Lo ideal sería que la experiencia del paisaje sonoro grabado tuviera su prolongación en la vida diaria, donde se podría prestar una mayor atención a sus infinitas variaciones. Otra técnica es participar, solo o en grupo, en un paseo sonoro; es decir, un recorrido por un paisaje sonoro con el objetivo de escuchar los sonidos que contiene. Podríamos incluso referirnos a estos paseos como una composición en tiempo real dirigida por el oyente, ya que las decisiones sobre qué escuchar, durante cuánto tiempo y cómo interactuar con los sonidos captados, conforman una obra cuyo compositor, intérprete y audiencia son la misma persona.
Diversos grupos han documentado diferentes paisajes sonoros bajo un enfoque más fonográfico, por analogía con la documentación fotográfica, que enmarca y re-presenta su materia sin apenas tratamiento. Otros han seguido un planteamiento más compositivo, transformando el material grabado en documentos sonoros que podemos escuchar de forma parecida a la música. Sin embargo, este tipo de «composición» de paisaje sonoro siempre conserva rasgos reconocibles del entorno originario —o de un paisaje sonoro imaginado o simulado—, a fin de evocar en el oyente sus experiencias y asociaciones relativas a ese entorno. De hecho, ambos tipos de presentación pueden escucharse con la misma atención e intensidad que un concierto de música en un auditorio, con la diferencia de perseguir no sólo un efecto estético sino también, elevar la conciencia social de la audiencia.
El trabajo Paisajes sonoros de Madrid se entronca en esta tradición de recogida y análisis de los paisajes sonoros presentes en la ciudad12. Podríamos describirlo en realidad, como un retrato sonoro de Madrid —algo así como una recopilación de tarjetas postales que muestran «escenas típicas» y también únicas de la ciudad en un momento de su historia—. Dada la escasez de este tipo de documentación acústica sistemática, esta clase de trabajos poseen un interés añadido como referente de los cambios en la evolución del paisaje sonoro urbano.
Como señala Truax en la introducción a la obra citada13: «estos paisajes sonoros reflejan una vida social y cultural construida a lo largo de los siglos. Más importante aún, invitan a la participación y fomentan un sentido de comunidad. En cierto sentido representan una ecología acústica tan natural y funcional como cualquiera presente en la naturaleza. Percibimos la interacción de muchos sonidos muy variados —«especies» de sonidos si se quiere—, sin que ninguna fuente potente llegue a dominar a las demás, y es esta singular mezcla de sonidos la que dota de carácter a la ciudad». [Audio 1]14.
Sin embargo, como sigue comentando Truax: «estos paisajes están expuestos a su desaparición y degradación. El equilibrio y la complejidad que encierran no podrán resistir la invasión de las fuerzas desestabilizadoras tan extendidas en el mundo occidental industrializado. Considerando además que estas fuerzas están cada vez más globalizadas, no podemos dar por sentada la supervivencia de los paisajes locales y autóctonos a escala humana. Por otra parte, el actual modelo de regulación pública —control de ruido— sólo sirve para atajar los casos más tóxicos de ruidos nocivos, limitándose de hecho, a los que admiten una medición fiable. Pero del mismo modo que la salud no se reduce a la ausencia de enfermedad, un paisaje sonoro sano no sólo se consigue eliminando el ruido. El oyente es el único capaz de identificar la contaminación acústica —paisajes sonoros inadecuados y desequilibrados— y la participación popular es la única forma de garantizar la salud del ambiente sonoro».