Esta capacidad simbólica de determinados sonidos —de la naturaleza, campanas, sonidos del trabajo, músicas, voces...—, pueden contribuir, del mismo modo que otros aspectos del medio —visuales, olfativos, climáticos...—, a definir el espacio y la relación del sujeto con el mismo. El lugar actúa, según señala Ittelson, como un territorio emocional, en el que el sujeto percibe, valora y desarrolla sus acciones en función de los distintos elementos del medio10.
En definitiva, el sonido, con su gran capacidad de evocación adquiere un valor que va más allá de las características reales del momento, y con su poder puede hacernos recordar otras situaciones. A través de unos índices sonoros que la acústica tradicional ha considerado básicamente en términos físicos —niveles sonoros, frecuencias, espectro...—, el sonido nos muestra nuevas dimensiones del medio ya que puede activar instantes y experiencias ya olvidadas y «transportarnos» a otras situaciones. El sonido ayuda a «reconstruir» el lugar resultando por tanto, determinante en la evaluación que el sujeto realiza del espacio y en la preparación y realización de sus acciones en el medio.
El alejamiento de la naturaleza, la existencia de un mayor confort —independencia frente a peligros naturales, facilidad en la satisfacción de las necesidades básicas...—, así como el contacto con un medio ambiente sobresaturado de estímulos sonoros que dificulta el procesamiento de la información transmitida por dichos estímulos, puede ser el origen de una disminución de la agudeza auditiva y del menor protagonismo de este sentido como dispositivo de captación de informaciones sobre el entorno. La revolución industrial y su consiguiente introducción de los sonidos tecnológicos, significó un cambio radical en estos paisajes sonoros, de forma que el hombre actual habita un universo acústico inimaginable para los hombres del siglo anterior. Así, nuestro moderno y generalmente ruidoso ambiente urbano nos insensibiliza ante los sonidos, siendo el sentido de la audición poco útil como medio de supervivencia en comparación con la vista. Pero a pesar de esta pérdida de protagonismo del sentido auditivo —en nuestra cultura la percepción visual parece haber adquirido un papel preponderante—, nuestra relación con el medio depende incuestionablemente de los estímulos sonoros del medio, seamos conscientes o no de ello.
En cuanto a la música, se ha tratado de mostrar la existencia de unas raíces universales, surgidas de manera espontánea, tal y como podría deducirse del uso de las técnicas imitativas, comunes en las músicas de todas las culturas, de la presencia de mitos sobre la música en culturas diferentes del planeta o de la imitación de sonidos animales en etnias primitivas. A estos elementos universales se superponen unos elementos culturales y ambientales. Las transformaciones en el medio ambiente sonoro se manifiestan en la desaparición progresiva de una cultura sonora. Así, la proliferación de máquinas en los pueblos y ciudades ha ido desplazando culturas y modos de vida tradicionales. En este sentido, los cambios profundos constatados en las últimas décadas en el paisaje sonoro a escala mundial conlleva, al igual que con otros aspectos del medio, una crisis de valores y de referencias culturales. Tal y como señala Amphoux: «la evolución de los espacios va más rápido que la evolución cultural de nuestra vista o nuestra escucha»11.
Actualmente, a pesar de que en nuestra cultura se tiende a considerar la música como un producto casi exclusivo del poder de abstracción de la mente, el hecho de hacer música también está ligado a la influencia del medio sonoro en que se mueve el compositor. La influencia entre el músico y el medio debe ser recíproca: en efecto, aparte de que el medio ejerce una influencia sobre el compositor, el músico actualmente puede, a su vez, ejercer una influencia sobre el medio ambiente sonoro gracias a una adecuada implicación social. Así, junto a la discusión acerca de los diferentes sistemas de creación musical, herederos de la tonalidad, del serialismo o de cualquier otro sistema compositivo, la composición debe buscar también la manera de integrar nuevos conceptos, medios y sistemas de organización musical, recreando y adaptando a una estética contemporánea los elementos aquí señalados los cuales se hallan en la raíz de la estética sonora. La integración de los sonidos eternos de la naturaleza con el mundo de los nuevos sonidos creados por el hombre y la incorporación de nuevos conceptos como el de paisaje sonoro, pueden contribuir a la integración del músico con su entorno persiguiendo un doble objetivo: la búsqueda, tanto de una estética contemporánea de la música como del necesario equilibrio en nuestro ambiente sonoro.