En una cultura determinada por el predominio de lo visual, apenas prestamos atención a las experiencias sonoras; cuanto más familiar es un paisaje, más parece que lo pasamos por alto. Se necesita recuperar y reivindicar la importancia de lo sonoro en la vida cotidiana como elemento de comunicación sensorial y de transmisión de emociones. El concepto de ecología acústica descansa sobre la relación que mantienen las personas con su entorno acústico, planteando por ejemplo, si dicha relación es equilibrada o no, si facilita la integración del individuo dentro de la comunidad o si resulta ajena e insostenible. El problema reside en que no disponemos de métodos adecuados para medir estas situaciones; las únicas herramientas desarrolladas son las referentes a los efectos nocivos del ruido. Todavía están pendientes de definición los modos para determinar la aportación específica de un paisaje sonoro a la calidad de vida percibida de una comunidad. Para ello es necesario contar con las respuestas y reacciones subjetivas de los usuarios de la ciudad. Esto exige a su vez, una predicción para una escucha y una valoración atenta de los paisajes sonoros que escuchan. La metrología acústica ha desarrollado métodos precisos de medida: las técnicas de toma de datos y de tratamiento de los mismos, permiten realizar diagnósticos precisos de las características acústicas de teatros, salas de conciertos o del ruido urbano. Aunque el desarrollo de los métodos de medida ha evolucionado considerablemente en sus aspectos cuantitativos, sin embargo, no sucede lo mismo en sus aspectos cualitativos: no se contempla la dimensión humana del ambiente sonoro.
Cualquier intento de análisis que trascienda la medición puramente física, tiene una vocación pluridisciplinar, pues el propósito del estudio implica cruzar unos datos físicos con unas medidas de carácter subjetivo así como otras en las que intervienen variables relacionadas con la evolución temporal y con el contexto espacial las cuales también afectan en el comportamiento y en la evaluación del sonido.
En los años 1960 y 70 surgen dos valiosas herramientas con vocación de realizar un análisis del sonido desde un enfoque amplio e interdisciplinar. Sus autores son personas relacionadas con el mundo de la música, de la composición musical, aunque su influencia va a ir más allá del ámbito estrictamente musical, incidiendo de manera decisiva en la investigación científico-técnica.
Un primer concepto es el de objeto sonoro acuñado por Pierre Schaeffer, quien propone un nuevo reto de tipo musicológico al replantear los conceptos de sonido, ruido y música5. Expone la cuestión del fenómeno sonoro en tanto que es percibido. Además, desplaza o amplía el concepto de objeto musical al incorporar al mundo musical cualquier sonido, cualquier ruido concreto del medio. Las implicaciones de este enfoque van a ser enormes. No sólo reformula desde un punto de vista teórico el hecho sonoro en sí —importancia de la interacción entre el hecho físico y el hecho perceptivo…—, situando al objeto sonoro como unidad elemental de un solfeo pluridisciplinar del sonido, sino que además, esto va a ser de gran utilidad para la composición musical: la música concreta o música acusmática.
Desde la década de 1960 existían intentos de sonorizar el espacio urbano. Hasta entonces, el espacio sonoro urbano se reducía a una simple evaluación acústica o a un problema de ruido: faltaba un concepto como el de paisaje sonoro. Este concepto aparece a mediados de los años 70, con aplicaciones en la composición y análisis musical, pero también con importantes implicaciones en el campo ecológico y pedagógico. Por medio de dicho concepto, Murray Schafer construye la representación del medio ambiente sonoro como si fuera una composición musical. No es el medio ambiente sonoro, es algo más, ya que designa todo aquello que dentro del medio ambiente sonoro, puede percibirse como una unidad estética6.