Después Haumaka encontró el Pu Mahore, y lo llamó Pu Mahore a Haumaka o Hiva —el Mahore de Haumaka de Hiva—, entonces escaló hasta Orongo desde donde divisó el Poko Uri y toda la tierra, dando nombre a cada lugar y cada cosa que desde ahí contempló. Haumaka siguió por Manavai hacia la costa sureste hasta el volcán Poike. Allí observó toda la tierra y nombró cada lugar y cada cosa que desde ahí vio.
Al dejar Poike, Haumaka recorre la costa noreste donde encontró la playa de Hanga Rau, en ese momento dijo « ¡Oh!, éste es el mejor lugar para el rey, éste es el lugar predestinado». La tarea estaba terminada y Haumaka volvió a Hiva, donde él despertó lanzando un grito «¡Ah!, he encontrado la isla para el rey»31 32.
Lo interesante de este relato es que los lugares por donde pasa Haumaka, y sobre los cuales designa un nombre, son aun identificables por la comunidad rapanui, lo que finalmente permitió construir este mapa sonoro de estructura lineal, basada en el recorrido del mítico personaje.
En una segunda lectura, el relato permite verificar los aspectos prácticos que aparecen luego con la posterior división territorial, tales como el lugar sugerido para la pesca, el tipo de espacio óptimo para la agricultura y por supuesto el territorio estratégico para el asentamiento de la nobleza política. [Audiovisual 1]
En uno de los trabajos de campo, Francisco, Eric y Ariel, los hijos menores de Teodosio Painequeo, uno de los cantores que asesoró el disco Oralidad en el canto mapuche, comprometidos con la tarea del registro sonoro, me animaron una noche a salir a grabar el sonido del zorro. Aun sin red eléctrica, una noche sin luna en el lago Budi es una situación de oscuridad absoluta, ante lo cual tuve que ayudarme secretamente con una varilla y con los niños hablando para poder mantenerme en camino.
Sin embargo, y a pesar de mis precauciones, sorpresivamente choqué con un árbol tan ancho que demoré varios segundos en bordear agitando torpemente los brazos, primero por la sorpresa y después tratando rápidamente de medir el ancho y esquivar el famoso tronco antes que mis compañeros se percataran. Así fue y logré seguir el sonido de sus voces, retomando rumbo en busca del zorro. Lamentablemente, y a pesar de todos los intentos de Francisco y Eric por llamar al zorro, el animal nunca apareció y tuvimos que regresar sin completar la caza sonora, a lo que difícilmente se resignaban mis amigos.
Al día siguiente debíamos ir a reconocer el camino hacia la casa de otro cantor. Así lo hicimos, y a la luz de la mañana volvimos a cruzar por el pequeño bosque, siempre con mis tres pequeños asistentes. En un momento, Ariel el mayor de los tres chicos, se paró en frente de un gran árbol y mientras hacía muecas ridículas y movía los brazos como desesperado, me gritó: «¡Mira tío, así estabas tú ayer cuando fuimos a grabar el zorro!». Era cierto, mientras yo no habría podido ver mi mano frente a mis narices, ellos habían aguantado toda la noche para reírse de mi poca experiencia sin luna en el Budi.
Dicho de otra forma: durante una charla que ofrecí en el Miami Dade Communty Collage, se emitieron audiciones de dos discos: Patrimonio sonoro de la provincia de Valdivia y Oralidad en el canto mapuche, y un espectador, curiosamente chileno, me felicitaba por lo interesante del primer disco donde disfrutaba del sonido del tren a vapor, el mercado fluvial de Valdivia y la historia de don Andrés Alba. Sin embargo, tan apasionadas eran sus felicitaciones como su indignación por aquel segundo disco, que según él, redundaba en secuencias de «pájaros y más pájaros».
Entonces, diplomáticamente argumenté que ciertas personas de origen mapuche, quienes nunca presenciaron el proceso de registro, sólo escuchando el disco habían sido capaces de adivinar, por el sonido del tiuque, que durante aquel día de la grabación acababa de llover y el clima se mantenía inestable. En un caso similar, otro auditor mapuche supo al escuchar el grupo de tiuques que en aquel momento, sembrábamos papas y adelantaba una cosecha muy buena, pues la cantidad de tiuques detrás del arado le indicaba el gran número de lombrices que en ese lugar fertilizaban la tierra.
Esta capacidad de ver, esta capacidad de escuchar, esta capacidad de mantener una relación envidiable con la naturaleza, son aspectos que este Programa ha querido difundir hacia la comunidad chilena en general. El vínculo que este proyecto creó y mantiene con la comunidad mapuche y rapanui, ha permitido a partir de nuestras diferencias, enriquecer este concepto del paisaje sonoro nacido en Canadá, con aquellos rasgos propios de la diversidad cultural. A partir de esta experiencia, se propone el debate sobre un modelo que no sólo ayudaría a sistematizar un proceso de documentación de un paisaje sonoro culturalmente ajeno, sino además, desde esta diversidad hacer más fuerte el llamado a una nueva —¿o ancestral?— forma de escuchar el mundo.