Podríamos denominar identidad ordinaria a esta manifestación sonora de lo cotidiano. Los atributos que de ella hemos descrito anteriormente podrían llevarnos a concluir la banalidad de esta forma de identidad. Y sin embargo, su presencia describe de forma precisa y directa para el «oído habitante» las temporalidades características de un lugar. No se trata aquí de marcar un evento o un momento preciso de la jornada; este tiempo interrumpido, acentuado o quebrado es más bien característico de algunos elementos patrimoniales. El tiempo descrito en esta ocasión es el de la continuidad, el de la transición blanda entre las diferentes situaciones que se suceden progresivamente en un lugar.
Si la identidad patrimonial nos habla esencialmente de un tiempo que «fue» —y que tal vez «es» aún—, la identidad ordinaria es por naturaleza transversal en el tiempo: se apoya en la experiencia para interpretar lo presente y para deducir y comprender cuantas situaciones futuras lleguen a nuestros oídos. A través de la identidad patrimonial podemos caracterizar fielmente un contexto preciso, su espacio sonoro, sus hábitos y sus costumbres. La identidad ordinaria contiene sin embargo, un rasgo de desapego de su propio contexto que nos permite no limitarnos a la descripción del lugar, sino también ponerlo en relación con otros espacios y otros momentos. Pasamos así de la diferenciación de cada situación particular a la caracterización de configuraciones urbanas genéricas.
El continuo sonoro urbano que configura esta identidad ordinaria dista de ser homogéneo e invariable. Sus timbres y sus dinámicas evolucionan con el transcurso del día [Figura 1], pero también a lo largo de una semana o de las estaciones del año. Puede caracterizar un lugar, pero puede sobre todo describir una cierta configuración urbana2. Nos encontramos pues, a una escala que no distingue tanto fenómenos locales, como analogías y divergencias entre diferentes disposiciones y prácticas espaciales, temporales y de usos.
La naturaleza de este fondo sonoro urbano dista de ser un sonido timbrado nítido. Pero no por ello podemos asimilarlo a un ruido blanco homogéneo. Este continuo sonoro tiene un color y una dinámica marcada por los diferentes usos de un lugar a lo largo del día. Estos rasgos dominantes del fondo sonoro destacan no tanto por su mayor intensidad como por una mayor variación de dicha intensidad. Nuestra atención será atraída prioritariamente por aquellos sonidos que mayor variación presenten. Otras frecuencias tienden sin embargo, a una gran estabilidad en función de las propiedades de difusión del espacio en el que nos encontramos; dichas sonoridades son con frecuencia difícilmente perceptibles por su homogeneidad, pero constituyen una información espacial que empleamos continuamente de forma más o menos consciente.
De este modo nace una primera hipótesis general de trabajo: el concepto de variación, inherente y fundador de todo fenómeno sonoro, constituye la primera condición de percepción, precediendo toda descomposición que pueda realizarse en términos de intensidad, frecuencia, timbre o duración. El concepto de variación contiene una paradoja en sí mismo pues implica al tiempo estabilidad y cambio, permanencia en constante evolución. Nuestra memoria sonora, cultivada en la repetición irregular, imperfecta, de un mismo fenómeno, nos permite comprender lo diferente a través de lo ya conocido; si no hay un referente en el que podamos apoyarnos, difícilmente podrá haber comprensión de lo observado. Nuestra experiencia sonora se basa de este modo en un principio de repetición alterado donde toda interpretación surge de la vivencia de situaciones anteriores equivalentes.
Confrontados a configuraciones sonoras complejas como las urbanas, este concepto de variación nos permite modificar nuestra escucha frente a cuanto nos rodea. Intuitivamente, podríamos imaginar nuestro entorno como una pura conjunción aleatoria de infinidad de sonidos y ruidos. Y sin embargo, al escucharlo desde el tamiz de la repetición y de la variación, podemos desvelar sus cualidades compositivas. Nuestro entorno sonoro se construye a partir de imbricaciones sutiles e hilvanadas en las que la arbitrariedad juega un papel limitado. Esta observación acerca de la naturaleza del tejido sonoro urbano adquiere una mayor trascendencia a la hora de describir el fondo sonoro de nuestras ciudades.
Necesitamos practicar otro modo de escucha de nuestros entornos cotidianos, basado esta vez en un nuevo «oído musical». Si existe una disciplina capaz de abordar cuanto concierne a la memoria y al espacio sonoro, esta es la música, entendida en su sentido amplio. La materia sensible de la que partimos es la misma en ambos casos, en el terreno urbano con el fin de interpretarla, en el musical para moldearla. Desde este punto de vista, la música puede ser entendida como la expresión estética y ordenada de una experiencia sonora ordinaria anterior; la fuente primera de inspiración, sea esta cercana o muy lejana, está alimentada por los sonidos del entorno cotidiano. A este movimiento de inspiración corresponde, especularmente, otro de expiración en el que estos sonidos cotidianos pueden ser redescubiertos en función de sus cualidades compositivas. El concepto musical de variación puede de este modo ayudarnos a re-escuchar lo que hemos olvidado de nuestro propio entorno, «in-audito» para nuestra conciencia sonora, aún siendo nosotros mismos origen y parte integrante del fenómeno. Es un modo de escucha de nuestra propia interacción con el entorno, en el que tomamos conciencia de ser «constructores» activos de nuestro contexto en comunidad y no meros espectadores pasivos.