Al hacer un poco de historia en estos compases iniciales del Encuentro Iberoamericano sobre Paisajes Sonoros me he centrado fundamentalmente en los jardines porque en mi opinión son (fueron) el mayor y más refinado artificio diseñado no solo para la vista, el tacto o el olfato, sino también para el oído… y en esta época formularon sus propuestas más complejas.
No importa que otros jardines, como el de Fray Luis de León con el que iniciábamos esta intervención, carecieran de fuentes, grutas, laberintos y sofisticados ingenios: la emoción del que lo habita parece que no es menor, y a Fray Luis le basta con los «mil olores» de sus plantas y el «manso ruido» de sus árboles. Es este jardín, como cualquiera de los que hemos visitado en nuestro recorrido, un marco de lo excepcional donde otras leyes se respiran. Fray Luis, por ejemplo, con su modelo, nos lleva a la idea del paradisus claustralis medieval: ese jardín interior, en el claustro de los monasterios rurales, que Nicolás de Claraval clasificó, con el mundo, el infierno, el purgatorio y el cielo, como una de las cinco regiones de la creación. Un lugar trascendente, más allá de sus plantas, formas y colores51.
Aquí llegamos —y concluiré con ello— a una cuestión que sería importante que nos planteemos en el arranque de este Encuentro: que el paisaje suena —siempre ha sonado— pero somos nosotros los que tenemos que escuchar… y, escuchándolo, disfrutarlo, preservar su sonido o mejorarlo.
El sentido del oído, como el de la vista, el tacto y el olfato han de ser parte del paisaje y el ambiente de un jardín, de un parque, de una calle, de una ciudad, pero somos cada uno de nosotros quienes creamos nuestra percepción de estos paisajes.
Poder reunirnos para compartir experiencias e información y tal vez coordinar esfuerzos en el futuro es un buen paso para ir eliminando de nuestra cultura la sordera con la que aquellos primeros testimonios que hemos tenido ocasión de repasar nos habían hablado del Paraíso.