En esa misma década, Sebastián de Covarrubias, en su Tesoro de la lengua castellana nos ofrece una definición de ruiseñor muy significativa; se refiere a él solo por su canto: «Avecita que con su canto nos alegra y regocija en la primavera»… y no hace ninguna mención a su plumaje, costumbres o cualquier otra característica11.
Dentro todavía de los placeres del canto de las aves citaremos el caso del rey Felipe II, en España en la segunda mitad del siglo xvi. Sabemos del interés del rey por su canto12, pero para disfrutar de tan natural música no renunció a servirse de muy diversos recursos. Bajo los puentes de acceso al palacete de El Pardo había en su época sendas pajareras «de hilo de arambre —nos cuenta el cronista Diego Pérez de Mesa—, y dentro gran quantidad de diversos paxarillos, que con su alegre y regocijada música, parece que saludan a los huéspedes que van a esta casa»13. El estudio minucioso de su canto, especialmente del ruiseñor, empezó a ocupar páginas de libros muy diversos. Luis Vives llegó a escribir, admirado, en uno de sus Diálogos, el undécimo, que «se diría que tienen como escuelas y ensayos de música»14.
Pero junto al canto de las aves, libres o enjauladas, y el rumor y el fresco de las aguas de los arroyos y manantiales, del mismo modo que se construyeron fuentes y grutas artificiales, del mismo modo que se plantaron laberintos donde desorientarse jugando a la aventura de lo desconocido, también se construyeron autómatas que en los salones y en los jardines fascinaron con sus habilidades y con sus músicas.
Bernard Palissy, ceramista inigualable, decorador de las grutas del Castillo de Ecouen y las Tullerías, nos describe su jardín ideal en un extenso capítulo de su Receta verdadera15 [Figura 1]: un lugar «deleitable y de especial utilidad», refugio para una vida retirada, en el que, junto a la recolección de alimentos o la obtención de perfumes y bebidas, ocupa lugar protagonista el placer de los sentidos y del espíritu con ayuda de algunos trucos naturales e ingeniosos artificios, todos ellos ciertamente realizables. Junto a la recomendación de plantar en el entorno de algunos cenadores y galerías determinados árboles frutales «buenos para el alimento de los pájaros», a fin de acostumbrarlos a «venir a reposar y decir sus cancioncillas (…) para placer de aquellos que estén en este pabellón»16, en la descripción proliferan las figuras y estructuras vegetales en un permanente juego de confusiones entre realidad y representación… y proyecta asimismo dos artificios sonoros que complementan, sin más ayuda que la del agua en un caso y del aire en el otro, el concierto natural del jardín. En el primero, el agua moverá unos fuelles para suministrar aire a unos flautines sumergidos que «en sus gorjeos imitarán con mucha precisión los cantos de diversos pájaros y especialmente el canto del ruiseñor»17. El segundo se sitúa en la cúspide de un cenador de forma cónica en el centro exacto del jardín, con «un embudo para recibir el viento» que en su extremo tendrá numerosos tubos de distintos grosores, con proporciones musicales, capaz de girar sobre un eje para aprovechar la dirección del viento y que pueda sonar en cualquier circunstancia. A su vez, los árboles y plantas frutales de su alrededor, cerrados por una red, contendrán «gran número de pájaros, grandes y pequeños, de diversas especies», cuyo canto, junto al «croar de las ranas» de un estanque anular que rodeará al cenador, y al «murmullo del agua» que choque con los pies de su estructura, se unirá a la música del artificio eólico para placer de quienes allí se encuentren18.
Por su parte, Montaigne, en su Viaje a Italia19, se detiene en los jardines de la Villa d'Este, en Tivoli [Figura 2] y describe con detalle un órgano hidráulico automático que funcionaba desde 1549 [Figura 3]20, además de otras curiosidades mecánicas con el agua y el sonido como protagonistas: «se oye el canto de los pájaros» por medio de «flautines de bronce», y junto a ellos «se mueve un búho», también mecánico, que «presentándose en lo alto de la roca, hace de pronto cesar esta armonía, asustados los pájaros de su presencia…»21; después los deja, los pájaros vuelven a cantar hasta que reaparece y así una y otra vez. Salomon de Caus, el gran tratadista de estos artificios de jardín nos explicará con detalle el mecanismo que lo hacía posible en uno de los Problesmes de su fascinante Les raisons des forces mouvantes22 [Figura 5].
La imitación de árboles, plantas, flores o la creación de ingenios automáticos capaces de producir música, movimientos o el canto de las aves, nos lleva a la Antigüedad, a los nombres de Ctesibio, Filón de Bizancio y Herón de Alejandría. Las invenciones y tratados de hidráulica, neumática y de autómatas de estos sabios ingenieros de la Escuela de Alejandría serán difundidos, traducidos, copiados y perfeccionados en el Imperio romano y bizantino y en el mundo árabe durante la Edad Media23. El llamado Trono de Salomón de Bizancio, con un árbol de bronce dorado con pájaros cantores también de bronce, es uno de los más importantes ejemplos. El más antiguo testimonio que sobre él nos ha llegado corresponde a Georgius Monacus, en el siglo IX, quien describe el árbol como de oro y hace referencia al cantar de los pájaros y a su origen mecánico24. Un siglo después Liutprando de Cremona describe también «en la parte anterior del trono del emperador», en Bizancio, «un árbol de bronce dorado cuyas ramas estaban llenas de pájaros de la misma materia, de diversas variedades que, según su especie, emitían voces diferentes»25.
La presencia en el trono de Bizancio de este artificio es una yuxtaposición de los logros técnicos helenísticos y de la imagen simbólica antigua del árbol, de origen oriental pero cuya adaptación a los autómatas probablemente fue bizantina o abasí. En la Historia Universal de Abulfeda se menciona un árbol de oro y plata en Bagdad hacia el 827, perteneciente al califa Abd-al Mamun, en cuyas ramas cantaban pájaros de metal26; más precisa nos llega su descripción en el relato que en el siglo XI hace Al-Jatib, en su Historia de Bagdad, de la llegada de los embajadores bizantinos al palacio de Al-Muqtadir en el año 917; en una de las dependencias del complejo palaciego había, entre otros refinados ingenios, un árbol artificial con «dieciocho ramas y en cada una de ellas, plataformas en las que aparecían aves y pájaros de oro y plata; la mayor parte de las ramas eran también de plata y algunas de oro, y se balanceaban acompasadamente mientras sus hojas de diferentes colores se movían como se mueven las hojas de los árboles cuando las agita el viento, mientras los pájaros silbaban y se arrullaban»27.
Figura 1
Bernard Palissy: Recepte veritable, con «el diseño de un jardín tan deleitable y de útil invención como nunca fue visto» (La Rochelle, 1563). volver
Figura 2
Los jardines de la Villa d'Este en Tivoli. Grabado de Etienne Dupérac (1573. Bibl. Nacional de París). volver
Figura 3
Fontana dell'organo, en la Villa d'Este de Tivoli. En el templete central de la estructura superior se alojaba su órgano automático. volver