Pensemos además que solo la vista —y una referencia a la función alimenticia de los frutos de la tierra— es tenida en cuenta en las descripciones de la Creación. En la primera jornada «la tierra era un caos informe; sobre la faz del abismo, la tiniebla…», y Dios ordena: «Que exista la luz». Oscuridad y luz. No se dice nada del silencio y el sonido. Ni siquiera en la quinta jornada oímos el canto de los pájaros; aquí sólo vuelan5. Al menos en el Salmo CIV, «Alabanza a Dios por todo lo creado», ya encontramos que junto a los ríos que fluyen entre los montes habitan las aves y su canto se oye entre la vegetación6. Es el más notable ejemplo en el Antiguo Testamento de contemplación de la naturaleza.
No encontraremos referencias al sonido, ni mucho menos a la música, tampoco en las descripciones en el Corán del Paraíso celestial: esos «jardines de ensueño» donde corren los ríos (de agua, de leche, de vino, de miel), hay sombras frondosas, tapices, toda clase de frutos y se vive eternamente con vírgenes hermosas de mirada recatada y donceles inmortales con bebidas refrescantes. De las aves nada sabemos sobre el canto; solo que los bienaventurados tendrán allí «la carne de pájaros que deseen»7.
Sin embargo, en el Renacimiento y Barroco, edad de oro del jardín occidental entendido como creación intelectual, obra de arte, la imagen del Paraíso será coherente con la sensibilidad del momento y no debe extrañarnos, en este orden de cosas, que en una descripción como la de Milton en el Canto IV del Paraíso perdido, a mediados del siglo XVII, el Edén se llene por fin de sonidos. Satán llega hasta allí en forma de cuervo marino, se posa en el Árbol de la Vida, el más alto, para mirar a su alrededor y «maravillado —nos dice Milton— contempla nuevamente las delicias expuestas a los sentidos humanos, los tesoros de la Naturaleza entera en breve espacio comprendidos». En su relato, Milton hace mención primero de los sentidos de la vista, olfato y gusto y enseguida los ilustra; ya más adelante alude al placer del tacto y se refiere, el último, al sentido del oído al hablar por fin de «aguas murmurantes» que descienden por la falda de un collado. Tan solo eso inicialmente, pero a orillas de estas aguas será donde culmine su descripción… y no sólo con música —«las aves se aplican a su coro», leemos—, porque allí «el universal Pan, unido en danza a las Gracias y las Horas, dirige la eterna primavera»8. Un concierto de sensaciones acorde con el hedonismo mostrado también por otros textos de esta época.
La contemplación del paisaje sufrió una evolución similar a lo largo de los siglos: de la fascinación simplemente visual al goce de todos los sentidos. El 26 de abril de 1336 Petrarca sube al Mont Ventoux, de casi dos mil metros de altitud, «llevado sólo —escribió— por el deseo de ver la extraordinaria altura del lugar». Esta ascensión y la recreación que de ella hizo en carta a Dionigi da Borgo San Sepolcro se toma hoy como el primer testimonio de contemplación estética del paisaje (aparte —o más aquí— del canto a la naturaleza del Salmo CIV). Las emociones son intensas cuando Petrarca llega a la cima: «Primero, debido a cierta insólita sutileza del aire y a la visión de aquel vasto espectáculo, me quedé como pasmado»9, confiesa. El mundo es para él, por un momento, un paisaje espectacular, pero tampoco aquí el sonido, ni siquiera el ruido, parece existir.
Muy distinta nos llegará la emoción que Vicente Espinel describe en el Escudero Marcos Obregón cuando, en la novela, contempla Málaga desde un altozano. Estamos en 1618: «Fue tan grande el consuelo que recebí de la vista della, y la fragancia que traía el viento regalándose por aquellas maravillosas huertas, llenas de todas especies de naranjos y limones, llenas de azahar todo el año, que me pareció ver un pedazo de paraíso; porque no hay en toda la redondez de aquel horizonte cosa que no deleite los cinco sentidos…». En efecto, no faltará el placer del oído: «A los oídos deleita con grande admiración la abundancia de los pajarillos, que imitándose unos a otros, no cesan en todo el día y la noche su dulcísima armonía»10. La vista, los olores, la armonía del canto de los pájaros..., todo encaja ya con la idea moderna de los placeres que un jardín puede ofrecer.