Resumen
Los jardines son un refinado artificio diseñado no sólo para la vista, el tacto o el olfato, sino también para el oído. La valoración y disfrute consciente de los sonidos en un jardín o en la naturaleza alcanzó en Europa su mayoría de edad en el Renacimiento y Barroco, una época en la que se idearon curiosos mecanismos y estrategias para proporcionar sonidos naturales (el canto de los pájaros) y artificiales (el sonido de las fuentes, la música de autómatas) a escogidos rincones del jardín.
En el poema A la vida retirada, Fray Luis de León expresa entre sus primeros deseos, o mayores placeres, de una vida alejada del «mundanal ruido» el canto de las aves, «… con su cantar suave no aprendido». Los sonidos, como los aromas, forman parte, además de los placeres de la vista, de su jardín-retiro…
el aire el huerto orea
y ofrece mil olores al sentido,
los árboles menea
con un manso ruïdo
que del oro y del cetro pone olvido.1
En un coloquio sobre música y jardines organizado en el otoño de 2003 en Granada por el Archivo Manuel de Falla2, a pocos metros del jardín del compositor, nos preguntábamos los allí reunidos qué es lo imprescindible de un jardín, y se llegó a la conclusión de que lo más importante no era tanto la naturaleza (las plantas, las aves, el agua, la tierra, las rocas…) como la idea, la intención. El tiempo también forma parte imprescindible de un jardín: el tiempo interior, personal, de su disfrute, y el tiempo, cómo no, de su formación y evolución permanente. El sonido, como la vegetación, no es, por tanto, imprescindible, pero lo define y lo caracteriza tanto como cualquier otro elemento.
Voy a referirme aquí a la música de los jardines, es decir, no a la música sobre jardines sino a la que suena en ellos o a la que el hombre lleva hasta allí, ejecutándola él mismo o produciéndola por medio de los más diversos artificios.
Al cantar suave de las aves, la belleza de las flores, los mil olores de las plantas, el manso ruido de los árboles..., Fray Luis de León, en esa especie de paraíso personal que citábamos al comienzo, añade algo más y termina el poema con una mención expresa a la música, imaginándose:
… A la sombra tendido,
de yedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
al son dulce acordado
del plectro sabiamente meneado.3
Si el artificio, ya lo decíamos, forma parte de la esencia de un jardín, no ha de extrañarnos que a los cantos de sus aves y murmullos de sus aguas y sus árboles se una en ocasiones la música del hombre o de algún artificioso ingenio.
La música nos acompaña en los jardines, es parte de ellos, y sin embargo tardamos en encontrar referencia al sonido de los jardines o paisajes en nuestras tradiciones y nuestra literatura. El Paraíso Terrenal, por ejemplo, parecería mudo si nos atenemos a la descripción del Génesis: allí un manantial brota sólo para iniciar el riego, los pájaros, por el momento, son citados para que Adán les ponga nombre y el viento apenas se intuye ya al final, cuando Dios «se paseaba por el jardín tomando el fresco». Ni el rumor del manantial y los regatos, ni el canto de las aves, ni el murmullo de las hojas en los árboles que ese viento leve seguro provocaba, son mencionados en este primer huerto. Los placeres de la vista y el gusto son reconocidos desde el principio, cuando leemos que «el Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos de ver y buenos de comer» y el del tacto levemente aludido, al mencionar el fresco del paseo que acabamos de citar4. Nada de aromas y sonidos, dos protagonistas también de los goces del jardín.