En 1867 se empezó a formar la colección de carteles publicitarios de la Biblioteca Nacional gracias a la iniciativa de Genaro Alenda y Mira, entonces bibliotecario de primera clase de la institución (fig. 1). Alenda, apoyado por el entonces director de la Biblioteca, Juan Eugenio Hartzenbusch, propuso al Gobierno1la creación de una nueva sección que se llamaría de Varios, en la que se reunirían los impresos de muy diverso carácter, de menos de 50 páginas, a los que se solía llamar «papeles volantes» o «piezas fugitivas». La mayoría eran publicaciones hechas con motivo de acontecimientos muy concretos, por lo que después se tiraban; de ahí su carácter efímero.
Fig. 1.- Retrato de Genaro Alenda.
Alenda no era una persona vulgar; no sólo tenía amplios conocimientos en el campo de las humanidades, sino que era un trabajador incansable y apasionado. Era un bibliotecario ejemplar al que fascinaba su trabajo; con la mente abierta a todo, con gran visión de futuro y profundo conocimiento del pasado, dedicó gran parte de su vida a incrementar, ordenar y cuidar sus «papeles varios», y gracias a él podemos hoy disfrutar de esta colección de carteles de finales del siglo xix. Por eso parece oportuno hacer aquí un breve resumen de su vida que sea al mismo tiempo un pequeño homenaje al creador y la explicación de algunas de las características y de la historia de la colección2.
Alenda (Aspe, Alicante, 1816-Madrid, 1893), estudió Filosofía en el convento de San Agustín de Murcia, donde había profesado, aunque no llegó a ordenarse in sacris; tras la clausura de los conventos, a partir de 1836 estudió Leyes en la Universidad de Valencia y en 1842 se trasladó a Madrid, donde casi completó estos estudios. Entre 1854 y 1859 se licenció en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central de Madrid. Tenía una formación muy sólida en «lenguas sabias»: griego, latín, hebreo, árabe, e incluso sánscrito, e impartió clases de latín, literatura, historia, mitología, geografía y derecho romano en distintos colegios durante más de veinte años. Colaboró en la preparación de varios tomos de la Colección de documentos inéditos para la historia de España que publicó la Academia de la Historia, y en 1851 empezó a trabajar en la Biblioteca Nacional, primero sin sueldo y desde 1853 formando parte de la plantilla. En 1855 lo destinan al Servicio de Manuscritos, trabajo que simultaneó en algún periodo con el de secretario de la Biblioteca y como director interino en ausencia de Hartzenbusch. En 1885 alcanzó el techo de la carrera de un bibliotecario al ser nombrado jefe de primer grado. Fue jubilado en 1892, con 76 años. Murió al año siguiente.
Alenda es conocido gracias a una obra fundamental para cualquier investigador, sus Relaciones de solemnidades y fiestas públicas de España, ganadora del primer premio en el concurso bibliográfico que otorgaba la Biblioteca Nacional en 1865 y de nuevo recompensada en 1867, ocasión en la que el tribunal constató que había sido redactada, «sin faltar a sus deberes como oficial de esta Biblioteca», fuera de su horario de trabajo. En ella se reseñan 2 589 piezas. Desgraciadamente, Alenda no pudo ver publicada su obra, pues esta no salió a la luz hasta 1903, mucho después de su muerte, en dos volúmenes3.
Consecuencia lógica de esta ingente búsqueda y recopilación de fuentes manuscritas e impresas entre 1401 y 1828, muchas de ellas de pocas hojas, descuidadas desde un punto de vista tipográfico, con frecuencia despreciadas, excepto por los bibliófilos y los investigadores, —pero de un extraordinario interés desde un punto de vista histórico y sociológico—, fue la propuesta de creación de una Sección de papeles varios, como se dijo más arriba.
En esta sección, según el proyecto que presentó Alenda al Ministerio de Fomento en 1867, se reunirían todos los impresos que había en la Biblioteca de corto número de páginas, hasta 50 (que calculaba serían en esos momentos unos 200 000), muchos de ellos encuadernados en 6 000 volúmenes facticios. Su temática es variadísima: gremios, coplas populares, villancicos, profecías, relaciones, fiestas, toros, autos de fe, usos y costumbres, política, calamidades públicas, etc., e incluso justifica el interés que pueden tener para la investigación en el futuro:
ahora de tipo histórico, ahora científico, documentos que, a primera vista, parezca que carecen de interés4.
Cita, a modo de ejemplo:
... ese anuncio que el perfumista ambulante echa por debajo de las puertas... esos papeles que nos dan en cada esquina con avisos de comercios en liquidación... o los estatutos y memorias administrativas de sociedades de corta vida...
pues:
gracias a ellas comprenderían [los historiadores] que nos tocó vivir un periodo de hambre de dinero y de mentiras, periodo en que abundaron los embaucadores y los imbéciles; éstos en busca de intereses y primas fijas, aquellos en busca de primos fijos y capitales...
Alenda también anota en el texto del Proyecto de una Sala de Varios5 las cualidades que debe tener y los deberes del bibliotecario que se encargue de ella. Transcribimos parte del mismo pues, además de ser una semblanza del propio don Genaro (al final se ofrece al ministro para ocupar el puesto), es una preciosa descripción de lo que debe ser un bibliotecario que ama su profesión y los fondos que tiene a su cargo y que sigue siendo válida en el siglo xxi. Dice:
... pero uno de sus principales servicios habrá de prestarlo ciertamente más bien fuera que dentro de la oficina, el cual consiste en el incesante acopio de papeles, adquiriendo al efecto cuantos lleguen espontáneamente a sus manos; teniendo puestos sus ojos sobre las imprentas y librerías; cursando de continuo las almonedas de libros; utilizando las relaciones de sus amigos y de sus compañeros, jefes de bibliotecas provinciales; conversando con los aficionados y conocedores, y por último, discurriendo cuantos arbitrios puedan conducir al logro de aquel objeto. Mas esta parte de sus deberes nunca se llenará de una manera satisfactoria, mientras no haya en nuestro bibliotecario esa afición y desasosegada locura del coleccionista; mientras no mire por el continuo aumento de su sala como pudiera mirar por el de su propia colección; mientras le falte ese como clandestino amor con que suele cada bibliófilo esconder y acariciar su grande o su pequeño joyero. Un bibliotecario ajeno al uso de los papeles y enteramente desaficionado, sería una gran calamidad para la sala. Y gracias que se contentase con tener quietas las manos durante su funesta administración...
Todos esos caminos utilizó Alenda para conseguir carteles para la Biblioteca Nacional, como se verá más adelante, pero, sobre todo, fue su pasión por la colección lo que hizo posible que en pocos años creciera y tomara forma la Sección de Varios.
En 1867 la Biblioteca Nacional ocupaba un edificio en la calle de la Biblioteca, actualmente calle Arrieta. Ya era pequeña y se había puesto la primera piedra del actual edificio en el Paseo de Recoletos. Gracias a la reciente creación del Museo Arqueológico Nacional, al que se llevaron el Monetario y la mayor parte de las obras que habían constituido el museo que desde tiempos de Felipe V había formado parte de la llamada, primero, Real Librería, luego Biblioteca Real Pública, y Biblioteca Nacional a partir de 1836, ésta pudo contar con un poco de espacio. Se instaló la Sala de Varios en 45 armarios en un sitio bastante lóbrego que pronto se quedó otra vez pequeño con la ingente llegada de nuevas compras. El 22 de noviembre de 1868 Alenda había reunido:
más de seis mil volúmenes de papeles diferentes, debiéndose a su diligencia la adquisición de ocho mil trescientos sesenta y cinco papeles, unos por regalo y la mayor parte por compra...
y había
reconocido y ordenado cronológicamente unas sesenta mil piezas, muchas de las cuales exigen detenido estudio por carecer de fecha6.
Los folletos se compraban al peso y fueron llegando incesantemente a lo largo de los años, como consta en el archivo de la Biblioteca, sección de cuentas, de manera que, durante el tiempo en que Alenda estuvo al frente de la sección, ingresaron en ella unos 147 000 opúsculos. Los ordenó por reinados, desde los Reyes Católicos a Isabel II, divididos en dos grupos según su formato, cuarto y octavo, y dentro de cada uno los clasificó por materias: Historia, Literatura, Poesía, etc. y, a su vez, por orden cronológico. Hizo un guión o índice para facilitar su localización, pero lo que era fácil para él, que conocía las obras una a una y que las había distribuido, no lo fue para sus sucesores, y como consta en la biografía de la que están tomados estos datos7, su sucesor, Manuel Flores Calderón, empezó un trabajo de catalogación sistemática de los folletos, poniendo en cajas los publicados entre los siglos xv y xvii que más adelante se llevaron a la Sección de Libros raros, dándoseles la signatura Varios especiales.
En cuanto a los carteles y anuncios, en el proyecto de creación de la Sección de Varios Alenda dice de ellos8:
... y como cosa curiosa, sería oportuno encerrar en ella los carteles de ciertos espectáculos, como por ejemplo los de las corridas de toros de la corte, mas no todos e indistintamente, sino el primero de cada temporada, los cuales presentan a veces alguna novedad en sus rudísimos grabados.
De los anuncios con que en papeles de gran marca suelen entapizarse las esquinas, serían asimismo de guardar los que destacasen por la originalidad de sus formas, su fantástica redacción y lo bizarro de sus figuras, o por darse a conocer algún nuevo invento, o alguna nueva patraña. Procuremos en fin, recoger en nuestro depósito cuantos papeles descubran de alguna manera el carácter, el espíritu y tendencia moral, los gustos, las extravagancias y los disparates del tiempo.
A estos principios responde, en general, la colección que fue reuniendo, aunque también debieron influir las posibilidades y vías para su adquisición. Alenda, entre 1870 y 1889, formó este conjunto interesantísimo de obras muy poco conocidas. Tras su jubilación en 1892 apenas vuelven a ingresar en la Biblioteca este tipo de imágenes espectaculares sobre papel hasta 1957, cuando se revitaliza la Ley de Depósito Legal que obliga a los impresores a entregar a la Nacional dos ejemplares de todos los carteles que se imprimen en España.
Muchos de los carteles tienen inscrita en el borde inferior la fecha y forma de ingreso en la Biblioteca. Esta última puede ser por compra, por donación y por depósito de los impresores cumpliendo la antigua Ley de Depósito Legal. Cruzando estos datos con los que figuran en el archivo de la Secretaría de la Biblioteca se puede conocer la procedencia de los carteles, la que costaba su adquisición y las previsiones para su conservación.
La anotación más antigua data de 1869, prácticamente el año siguiente de crearse la Sección de Varios, y figura en un cartel del Teatro del Circo que anuncia la representación de La gran duquesa Gerolstein, una zarzuela bufa en tres actos (cartel 94). Esto parece ser una premonición, pues los carteles de circo y espectáculos son los que más abundan en la colección. Consta en él: «R. Por D. Calixto Moliner. 1869 nov. 4». La «R» probablemente es una abreviatura de «remitido» pues, cuando se trata de un regalo o donación, se hace constar así con claridad. Por ejemplo, el cartel de los Chocolates Matías López dibujado por Ortego (cartel 199) tiene la inscripción: «Remitido como regalo desde Peñaranda de Bracamonte por D. Pablo Álvarez». Otras donaciones proceden de los impresores como José María Ducazcal, que regala en 1872, 1873 y 1874 los carteles de los teatros Español, Teatro del Circo, Teatro Real y Teatro de La Zarzuela, y Pedro Abienzo los del Teatro Romea y Teatro de Novedades en 1873.
También regalos son algunos carteles de toros. Hay por ejemplo una importante donación en diciembre 1883 de siete carteles de la plaza de toros de Madrid de diferentes años, y en 1887 uno de la plaza de toros de San Sebastián, quizá por la misma persona que regaló uno de los ejemplares más bellos de la colección, el del Casino de San Sebastián (cartel 223).
Los mejores años para las compras discurrieron entre 1873 y 1885 y por la documentación de la Secretaría de la Biblioteca se sabe cuánto costaron. El mayor proveedor es Bonifacio del Río, que va vendiendo a la institución carteles al principio de diferente tema pero sobre todo de teatro: Teatro Español (carteles 106 y 107), Teatro de la Alhambra (cartel 85), Teatro Capellanes (cartel 83), pero también hay de transportes como el de los Caminos de hierro del Norte (cartel 182) o el de la Compañía de navegación por vapor al Pacífico (cartel 178). A partir de 1875 casi siempre son carteles de circo. Por ejemplo, en junio de 1877 se le pagan 80 reales por 17 carteles, la mayoría del Circo Price y de gran formato9, y en enero de 1880, 15 pesetas (sesenta reales) por siete carteles10. Aunque la factura no indica quién es el vendedor, probablemente se trata también de Bonifacio del Río a quien se pagan, en enero de 1881, 20 pesetas «por una colección de carteles de grandes dimensiones» (son 13) entre los que, además de los consabidos del Circo Price, hay también dos de teatro (carteles 88 y 90), uno de las carreras de caballos (cartel 203), uno de ferrocarriles (cartel 183), un anuncio de la Biografía eclesiástica completa (cartel 209) y el de Quitamanchas Peter (cartel 191). Hay otros proveedores de carteles a los que, curiosamente, se les paga mucho más que a don Bonifacio11.
Aunque quizá la razón de la abundancia de carteles de circo en la colección de la Biblioteca se deba al propio vendedor, Bonifacio del Río, la de carteles de toros es seguro que tiene su origen en la afición por las corridas de don Genaro Alenda que, como demostró su biógrafo don Pedro Roca, fue el autor de una obrita en verso endecasílabo titulada Toros. Descripción de este espectáculo nacional según se celebra en nuestros días; para la cual he tomado por motivo la corrida verificada en Murcia el 6 de septiembre de 1839, por un curioso, amante de las costumbres populares12. También, según informaciones que reunió Roca, don Genaro estaba reuniendo datos para escribir una historia de la tauromaquia española y acopió:
un buen número de documentos y noticias para una bibliografía de la tauromaquia; apuntes que se conservan en la Biblioteca Nacional13.
El comisario de la exposición, Raúl Eguizábal, analiza en su texto del catálogo el interés de esta colección comprada por Alenda.
Pero la Biblioteca Nacional conserva otro conjunto de gran importancia de carteles de toros. Se encuentran incluidos dentro del archivo de la antigua plaza de toros de Madrid que se construyó a expensas del rey Fernando VI en la esquina que después formarán las calles de Serrano y Claudio Coello, «extramuros de la puerta de Alcalá»14. En la cédula de creación de 1749 se especificaba que se celebrasen en ella las corridas de toros a beneficio de los hospitales General y de la Pasión (de ahí que se llame también archivo de la Beneficencia). El archivo contiene una información precisa y completa sobre los toros, los matadores, la recaudación que se obtenía por las localidades, a cómo se vendía la carne, los partes de la enfermería, las reseñas de las corridas en el periódico El Enano y en cada informe se incluyen tres ejemplares de cada cartel.
Conservado en perfecto orden, gracias a él se puede estudiar la evolución de los carteles de toros en Madrid desde el último tercio del siglo xviii hasta el último tercio del xix. Como ya estudió Cossío en su obra emblemática sobre los toros15, a lo largo de los años los carteles pasan de tener un formato parecido al de los bandos, proclamas y otros anuncios públicos en los que, sólo con tipografía y sobre una hoja de papel blanco de unos 30 x 40 centímetros, se informaba a los futuros espectadores de cómo iba a transcurrir la corrida y se les advertía de todo lo que no debían hacer, a los grandes carteles estampados en varias hojas de papeles teñidos de diferentes colores (amarillo, naranja, azul, morado, etc.) con imágenes xilográficas de corridas en las que se ve a grandes toros corneando a los caballos o a los toreros.
Los tacos de madera que eran las matrices de las imágenes se reutilizaban un año tras otro. Empiezan siendo sencillas orlas que van cambiando según los gustos estéticos del momento: grecas, palmetas, arcos neogóticos, etc., y la belleza del cartel reside más que nada en el color del papel, a veces satinado. En ocasiones se repartían entre los espectadores grandes xilografías sobre papel como las que se dieron el 8 de marzo de 1835 con motivo de una función ecuestre y de equilibrios que tuvo lugar en la plaza a cargo de la compañía del Sr. Aurillón «primer jinete de Francia y primer picador de la Real Maestranza de Granada» (fig. 2).
Fig. 2.- Función ecuestre y de equilibrios por la compañía del Sr. Aurillón. Plaza de toros de Madrid, 8 de marzo de 1835.
Desde 1835 en adelante van apareciendo pequeños motivos en las esquinas de los carteles con representaciones de toros que se van haciendo cada vez mayores. La que representa la plaza en perspectiva con las barreras llenas de espectadores en torno al ruedo, ocupado por el texto del cartel, se utiliza casi continuamente desde los años cincuenta hasta los setenta del siglo xix (fig. 3). Simultáneamente se van creando composiciones más complejas, como, por ejemplo, la que aparece en un cartel de 1851 en la que, en los laterales, a modo de orla, se representan a la izquierda los trastos de los picadores y a la derecha los de los toreros, presidida la primera por una cabeza de caballo triste y la segunda por la de un toro de mirada torva. En la parte inferior hay una gran escena con el derribo de un picador por un toro (fig. 4). Para anunciar la corrida de San Isidro de 1872 se hace un cartel con una xilografía de Aguado que representa a un banderillero en plena faena.
Fig. 4.- Plaza de Toros de Madrid. Cartel de la corrida del 6 de octubre de 1851.
En la Sección de Varios especiales de la Biblioteca Nacional se conservan, doblados dentro de cajas, otros carteles y anuncios de todo tipo, aparte de los bandos, proclamas, etc. Como por lo general carecen de imágenes no vamos a hablar de ellos, aunque son muy interesantes, sobre todo los relacionados con el teatro.
Tras la jubilación de Genaro Alenda en 1892 prácticamente se cortó la compra de carteles. Los que él reunió han llegado hasta nuestros días, aunque muy deteriorados a causa de la mala calidad del papel y de su gran tamaño que hace difícil su almacenamiento, gracias a que se iban entelando a medida que se compraban, y eso aunque el forrado costaba más que el propio cartel16. Aun así, los sucesivos traslados que han sufrido a lo largo de más de cien años: del edificio de la calle Arrieta al de Recoletos, dentro de éste de unos depósitos a otros hasta terminar en los del Servicio de Dibujos y Grabados, y la imposibilidad de restaurarlos en la propia Biblioteca a causa de su gran tamaño, han hecho que llegaran hasta nuestros días en unas condiciones lamentables, sobre todo los que estaban sin entelar. Ni siquiera se podían desenrollar sin correr el riesgo de quedarse con trozos en las manos; por eso, antes de poder acometer su catalogación era imprescindible restaurarlos so pena de destruirlos por completo.
Fig. 3.- Plaza de Toros de Madrid. Cartel de la corrida del 1 de abril de 1872.
Cuando el profesor Eguizábal propuso a la Biblioteca hacer una exposición con estos carteles del siglo xix, le señalamos la necesidad prioritaria de su restauración. A través de la Asociación Española de Empresas de Publicidad Exterior se logró que la Obra Social Caja Madrid financiara la costosa y difícil tarea de restaurar la colección, para lo que hubo que montar un taller especial debido al gran tamaño de las obras. Gracias a la labor e interés que se tomaron en el proyecto estas personas e instituciones, se ha salvado, y esperamos que se conserve para siempre en buenas condiciones, este conjunto interesantísimo de nuestro patrimonio nacional. La colección de carteles de la Biblioteca Nacional tenía un enorme vacío hasta la revitalización de la Ley de Depósito Legal en 1957. Desde esta fecha empezaron a llegar, procedentes de las delegaciones de toda España, ingentes cantidades de carteles de todo tipo. La mayor parte venían doblados, lo que ponía en peligro su conservación, y hasta muchos años después no se consiguió que se enviaran enrollados. Por otra parte, una inundación debida a la rotura de una cañería destruyó parte de estos carteles de los años 60 y 70 del siglo xx. Pero el problema más grave es que, exceptuando el año 1986, nunca se ha conseguido que se destinara, al menos una persona que se pudiera ocupar de dirigir a un equipo de profesionales que catalogasen este fondo de carteles tan importante como el del siglo xix que se puede ver en esta exposición. Su valor artístico (muchos son obra de los mejores diseñadores gráficos de nuestra época), la información de tipo sociológico, económico o político que pueden proporcionar sobre la España de la segunda mitad del siglo xx es muy importante. Por ejemplo, sería fundamental poder reunir la propaganda política generada a nivel nacional, autonómico y municipal durante los veinticinco años transcurridos desde la restauración de la democracia. Pero esto sólo se podrá hacer si, como decía don Genaro Alenda, hay, al menos, un bibliotecario que se ocupe con dedicación y pasión a cuidar y aumentar la colección a su cargo.
Es importante y urgente abordar un proyecto global de catalogación, conservación y reproducción de esta colección gigantesca de carteles que la haga accesible a los investigadores. Llevará varios años, pero hay que empezar cuanto antes y frenar el deterioro que están sufriendo para que más tarde no haya que restaurarlos a un altísimo coste, como ha ocurrido con los del siglo xix que ahora se exponen. Con los medios de reproducción que hay ahora, bastaría que entrara en la Biblioteca por la Ley de Depósito Legal sólo un ejemplar en papel de cada cartel y una reproducción del mismo en soporte fotográfico o digital de manera que, en cuanto fuera catalogado, también fuera fácil su consulta sin poner en riesgo su conservación.
En 1982 la Biblioteca Nacional compró una colección de más de 1500 carteles relacionados con el periodo de la República y la guerra civil españolas. De ellos, más de quinientos son ilustrados y forman un conjunto muy notable y representativo. En 1990, con motivo de la publicación del catálogo17, se mostró una selección de los mejores en una exposición en la Biblioteca. Esta colección se ha ido incrementando poco a poco con sucesivas compras.
Recientemente se han adquirido algunos carteles de principios del siglo xx, con lo que se ha empezado a llenar el vacío que tenía la colección. Artistas como Casas, Riquer, Baldrich, Martra, Nualart, Utrillo, Penagos, los mejores cartelistas españoles del momento, autores de verdaderas obras maestras, ya tienen una representación en la colección, que sería de desear que se fuera completando hasta formar un conjunto coherente y sin lagunas fundamentales que abarque desde el siglo xviii hasta el xxi
Para finalizar, quisiera subrayar la importancia de este catálogo, no sólo por el interés de las obras que se incluyen en él, sino porque es el fruto de un proyecto complejo que se ha podido llevar a cabo con excelentes resultados gracias a la colaboración ejemplar de instituciones y personas de campos muy diferentes. No ha sido fácil coordinarlo porque ha habido que simultanear la excelente restauración de los carteles llevada a cabo por el equipo dirigido por Manuel Merino y formado por él mismo, Diana Vilalta, Amparo Cuartero y Fernando Gilabert, con el importante estudio que iba realizando el comisario Raúl Eguizábal, la catalogación rigurosa llevada a cabo por Javier Docampo, del Servicio de Dibujos y Grabados de la Biblioteca Nacional, con la colaboración de Ana Vicente, y la reproducción antes y después de la restauración, realizada la primera por José Moreno en los laboratorios de la Biblioteca Nacional y la segunda, por Lorenzo Durán y Luis Ocivas.
Y todo el proyecto ha sido posible gracias al generoso soporte económico de la Obra Social Caja Madrid, que no sólo ha financiado la restauración de los carteles (premisa básica antes de poder realizar cualquiera de las otras fases) y el catálogo, sino que nos ha transmitido en todo momento su apoyo y entusiasmo por el mismo a través de su director gerente Carlos Martínez Martínez, de la directora de programación y coordinación educativa y cultural, Carmen Estrada, y de María Dolores Borreguero, gerente de proyectos socio-culturales.
También ha sido fundamental la participación de la AEPE (Asociación Española de Empresas de Publicidad Exterior) que, desde el primer momento, a través de su presidente, Luis Teulón, de Gregorio Rayón, abogado ejecutivo, y Begoña Camarero, secretaria, tomó como suyo el proyecto y ha ayudado y hecho posible la gestión del mismo.
La Biblioteca Nacional conserva unos fondos gráficos extraordinarios que, siguiendo este ejemplo de los carteles del siglo xix, quisiera poner al alcance de la sociedad para su investigación y disfrute, atendiendo siempre en primer lugar a su buena conservación.
Elena Santiago Páez
Jefa del Servicio de Dibujos y Grabados
Biblioteca Nacional de España