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En los carteles teatrales el texto, acompañado de orlas y escudos,
sustituye la ilustración; la fantasía deja paso al formalismo
puramente tipográfico: el teatro, así, se muestra como un arte mayor,
clásico y elegante, que proporcionaba la nota de evasión, fantasía y
emoción a un público inmerso en una nueva sociedad industrial racional y
mercantilista.
Más cerca
del programa que del espectáculo, estos carteles se caracterizan
por su
economía: economía de ilustraciones —apenas un motivo sobre el tema
de la obra o un retrato del protagonista—, de adornos, de tipos,
de tintas.
En ellos, la información publicitaria es la
protagonista.
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