Diego Velázquez (1599-1660) nació en Sevilla; allí, en el taller de Francisco Pacheco, aprendió su primera técnica pictórica y se casó con Juana, la hija de su maestro, al que pronto superó. De la veta religiosa y costumbrista de sus orígenes se abrió a otros horizontes al convertirse en pintor de cámara en la corte de Felipe IV.
Velázquez halló sus referentes en las colecciones del rey, con autores de la talla de Tiziano, y en sus viajes de aprendizaje a Italia o como enviado real para la compra de obras de arte. Su naturalismo y su dominio de la composición de espacios, el color y las atmósferas eran incomparables, con unas pinceladas progresivamente más sueltas y una intensa luz interior. En octubre de 2010 se inauguró la reordenación de las salas del Prado dedicadas a su obra (ver en Espacio Cervantes).
La influencia de este genio, uno de los mayores de la pintura de todos los tiempos, se dejó sentir hasta mucho después de su época. Bien a través de la contemplación directa de sus lienzos, bien a través de su estudio por medio de grabados y otras reproducciones (de los que reúne un gran número la exposición del Centro Virtual Cervantes «Velázquez después de Velázquez»), los naturalistas y los impresionistas del siglo xix y sucesivas generaciones de creadores no solamente asimilaron sus enseñanzas, sino que establecieron un diálogo directo con muchas de sus obras más relevantes: las series dedicadas a Las Meninas por Picasso —otro de los genios españoles—, los homenajes de Ramón Gaya o los estudios de Francis Bacon constituyen ejemplos destacados... Otras muestras de esa constante reinterpretación del universal pintor sevillano fueron dos exposiciones de 2010: «350 años de Velázquez. Su obra vista por otros autores» en el Museo Casa de la Moneda de Madrid (ver en Espacio Cervantes) o «Metavelázquez», del arquitecto y pintor Fernando Visedo, en el Instituto Cervantes de Belgrado (ver en Espacio Cervantes).