La rica colección de pintura holandesa y flamenca primitiva del Museo del Prado se origina, por una parte, en la gran difusión en ese periodo de las obras de esta escuela —innovadora por su detallismo, la calidad de los retratos, la aplicación del óleo y la perspectiva intuitiva—, y por otra, en las estrechas relaciones de la corona española con Flandes y los Países Bajos.