La colección de tallas medievales del Museo del Prado no es muy extensa, aunque destaca por la presencia de piezas de gran calidad. Quedan representadas en ella los diferentes periodos de una época, entre los siglos vi y xv, que no fue ni en las artes ni en el conocimiento tan oscura como se suele pensar.
Desde el Románico al Gótico, en la escultura se da una evolución paralela a la de la pintura mural o a la de la miniatura de manuscritos —o a la de otros ámbitos de la creación: la poesía, por ejemplo—, una evolución que culminará en la transición al Renacimiento. Las formas y facturas de la Edad Media, rígidas, hiératicas, de aparente ingenuidad o simplismo, incluso abstractas, van dando paso a modelos más fluidos, ligeros y realistas. Es un periodo en el que los temas predominantes tienen que ver con la religión: figuras en bulto redondo de Cristos, Vírgenes y santos para el culto, sobre todo en madera policromada; y, en relieve, escenas sacras pero también fantásticas o mitológicas —como el Centauro de las Navas—, labradas sobre la piedra de los capiteles de las columnas y las portadas de los templos... La mayoría de la población era analfabeta y necesitaba esta ilustración para comprender y memorizar las enseñanzas bíblicas, con el complemento de las vidrieras de los ventanales a partir del Gótico.