Doménicos Theotokópoulos, el Greco (1540-1614), se inició como pintor en la tradición greco-bizantina de los iconos. Hacia 1566 abandonó su Creta natal, dominio veneciano a la sazón, y se trasladó a la metrópoli... Su estilo cambió de raíz: aprendió en Venecia con Tiziano y pudo analizar los estilos del Veronés y de Tintoretto, y en sus viajes por Italia, conoció asimismo las obras del Corregio en Parma y Miguel Ángel en Roma. Aún en plena juventud se asentó finalmente en España: en la ciudad de Toledo alcanzó la madurez creativa y una mirada más personal, única, muy reconocible. Desde el Manierismo del tardío Renacimiento, este genial cretense toledano ya anuncia en sus lienzos y en sus proyectos escultóricos para retablos el Barroco del siglo xvii.
No fueron pocos los discípulos de su taller que absorbieron hasta tal punto su impronta arrolladora que ahora un profano con frecuencia no sabría distinguir a primera vista una obra del Greco de otra realizada por sus aprendices. Sin embargo, como explica Rafael Alonso, restaurador del Museo del Prado desde 1978 y Premio Nacional de Restauración en 2010 por su contribución al estudio de la obra del Greco, un análisis profundo y minucioso de las pinceladas revela en los lienzos trabajados por él algo de lo que sus discípulos carecen: valga como ejemplo su elevado y conciso virtuosismo en la ejecución, manifiesto en los trazos o en los múltiples estratos de aplicación del mismo óleo, que confieren un volumen realista a sus figuras (ver la información en Espacio Cervantes).