Moscú, 2007
Involuntaria y privada de toda pretensión culturalista, en la obra de Ima Montoya hay una fascinante complicidad con los grandes nombres de las sucesivas vanguardias del siglo XX. Si aceptamos en el ese abstracto lote a Saura y a Kitaj, a Matta y a Gordillo, a Bacon y a Gris, encontraremos en muchos cuadros de Montoya un espacio común para la destrucción del orden estético imperante y una fortísima declaración de intenciones frente a las funciones naturales del arte en la sociedad contemporánea. No es eso, sin embargo —tampoco la fecunda mezcla del mejor dibujo con el más ingenioso montaje de materiales y argumentos— lo que destaca en su pintura más allá de las virtudes objetivas. Creo más bien que se trata de su capacidad para poner en movimiento las ideas y sensaciones del espectador cómplice lo que convierte su trabajo en un fenómeno diferenciador de la mayoría; diría más, lo que permite considerar a Montoya una voz singular, alta y clara, en el panorama artístico del sigo XXI (el sintagma panorama artístico carece deliberadamente de matices nacionales o estilísticos: Londres, Erandio, Tokio o Moscú son meros pretextos). Es fácil identificar una tendencia de la autora a recrear mundos cerrados, tanto en el plano urbano como en el estrictamente humano (con permiso de Blas de Otero, fieramente humano); el metro, las iglesias, la familia, las fiestas o los museos son un punto de partida —a menudo asfixiante— que pide a gritos espacios abiertos, territorios para la libertad. La cuestión es: ¿cómo se hace eso en un papel, sobre una tabla o un lienzo? Por más papel de plata, fotos y cachivaches que implementen la pintura, el trabajo del artista (para serlo de verdad, más allá de la epigonía o la simulación) tiene que ofrecer soluciones, tránsitos reales. Por eso estimo tanto el trabajo de Ima Montoya, en todas y cada una de cuyas obras percibo una transición tangible (a veces dolorosa, a veces compleja pero siempre valiente) entre el opresivo espacio real y el libérrimo espíritu del que mira. Pocos pintores dejan tanta independencia al coautor de la obra —el que mira, duda o sueña— para darle sentido a su trabajo. A Ima Montoya debemos agradecerle, además, el ingenio y el buen humor con que nos permite participar en esa transición entre la vida y la libertad.
Víctor Andresco
Director del Instituto Cervantes de Moscú