Yo andaba por las cumbres ese 42, harto ya de Santiago capital de no sé qué y éramos justo 3: María la bellísima escocesa de dieciocho a unos meses del parto, yo mismo el ahorcado, y Matta que se me apareció de golpe en la fiesta.
El invitado entró cantando y hoy nueve de febrero del 2010 de la era de Matta me parece seguirlo oyendo como entonces:
—«La risa vuelve a su país natal». ¡Pero eso es un verso mío!, —le increpé con escarnio—.
—No hay sol que no sea tuyo y mío, hijo, —me respondió con elegancia.
Ahí mismo entendí el arponazo finísimo en toda su vivacidad.
Año 42, ya me había fumado a Swift, a Lichtenberg, a Nietzsche en la Biblioteca Nacional y al mismísimo Heráclito, hasta que vino el aquelarre del encanto y lo dijo todo, es decir lo pintó todo: lo visible y lo invisible.
Afuera de esos barrancos pasaba el Mundo y El Orito tronaba (pregúntenle a Almagro). Yo empezaba a escribir y ya no solté más los remos desde entonces, galeote y más galeote. ¿Por qué lo amarro todo en una sola amarra? Tiene que ser por Matta, pienso yo, por ese Matta, que lo une todo bajo las estrellas: el amor, el humor, el desamparo de estar vivo.
¿Y Chile? ¿Qué habrá sido de Chile? Se me excuse lo velocísimo de estar vivo.
9 de Febrero, 2010

Querida Inés
Ahí te mando dos papeles: uno con lo que acabo de escribir y tú sabrás hacer el uso que corresponde, y el otro que es un documento único y primoroso —y por cierto inhallable— del gran Matta, que no se ha publicado nunca.
Se trata de un papel que me mandó a Caracas el año 78 y creo que tú puedes usarlo como merece.EN TUS MANOS.
Mi abrazo.Chillán, 9 de febrero 2010