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El Quijote de Matta en diálogo con Gonzalo Rojas > Don quejado de las manchas (2 de 4)
El Quijote de Matta y Rojas
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Matta. Don Qui?

Don quejado de las manchas (2 de 4)

Para saber y contar, y contar para saber, antes de que les cuente el cuento, he de decirles que esta cuentería es una quijada de la fe donde la fe pone la otra mandíbula, y una quesada —porque según las noticias que tenemos no se sabe aún si el Quijote se llamaba Quijada o Quesada— donde la fe se estruja en sus propios quesos.

Hecha esa prevención, digo entonces de una vez, que no hubo en la historia un mejor lector que este Quejana, quien hubo de ser un verdadero eros del literator pues todo lo que leyó lo creyó, y todo lo que creyó, lo creyó para crear más fe en apoyo de su fe.

Don Quijote. Detalle de una litografía de la serie 'Don Qui'

De disparate en disparate, este ingenioso hidalgo se apoyó en eso de ser hijo de algo, y se agarró a su algo para no perder sus algos, que fueron verdaderas algas que el hijo del algo necesitaba para sentirse. Así, este alguien fue demostrando que era alguien que robustecía sus algos para no perderlos, pues los algos, como ha de quedar dicho, son algos que hacen de él un alguien, lo que vale decir: un ser sin miedo y sin mancha.

Por eso este Mancha sin mancha parte vestido de cacerola a jugar con los dados del quehacer, y a anunciar que ser es hacerse de quehaceres que engendran libertades.

Pues el propósito de este Quijante va en interés de la libertad de los huérfanos, de los esclavos, de las viudas y de todos los desamparados que sufren cadenas, incluyendo también la virginidad de las doncellas, pues es entre dos doncellas poco vírgenes —de esas que llaman del partido— que se espaldaraza este caballero, velando sus armas entre rudos y arrieros, es así como este hidalgo, con su estropajo de justicia, se propone lavar los vidrios de las víctimas, maculados por los embrujantes tiranos que los acongojan.

Este extravagante vaga en los naufragios con náufragos enceguecidos por los naufragios de la razón. Él, con sus armas consagradas, interviene contra el látigo de un patrón, que en vez de hacerse padre, se hace matrona de latigazos. Así, nuestro héroe denuncia las maldades y dice las inocencias del defensor de la justicia, pero siempre, aporreado, vuelve a su punto de partida.

Don Quijote es de armas tomar y por eso toma la lectura al pie de la letra: apenas ha leído pone el pie en el estribo. Descongojado, desencajado, desanquejado de gajo en gajo, y desarraigado por curas, peluqueros y sobrinas pirómanas y piraguas, sufre la ignominia de ver que apenas vuelve, le queman todos los libros. Lo enmuran antes de hacerlo ahogar en el fuego de la hoguera todas sus lecturas, pero él sigue creyendo todo lo que lee.

Al lector perfecto le borran la lectura y por eso, de memoria, proyecta una segunda expedición libertadora, esta vez verdaderamente armado caballero de la triste figura, pero ahora asistido del escudo del escudero de la sabiduría popular, que es el buen sentido del hombre feliz, el hombre de la panza, que compensa la indigestión literaria con la digestión de las tripas de la tierra.

Así armado en su armadura de la solidaridad del pueblo, se lanza en contra de las injusticias del viento y de los descomedimientos de los propietarios de la tierra, queriendo herir el vientre de los facinerosos, que con sus feroces fauces de vírgenes, matan a los poetas del amor.

Por supuesto, en estas batallas queda estropeado hasta por la traición de su Rocinante refocilante, y herido por las piedras de los analfabetos de la historia, se derrumba en un colchón en el inhospitalario castillo de castigos. Nada coincide con sus libros: Don Quijote es un socialista descuartizado por la realidad social, como un enamorado del remo naufragando en las olas del alto mar enfurecido.

Pero nada lo descorazona, su corazón sigue nadando en las turbulencias, y el perfecto lector sobrevive al ciclón de las palabras de sus libros y a las angustias de las injusticias de las leyes de los reyes.

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