Valery Oisteanu
Tras haber estudiado la obra de Eugenio Granell durante varias décadas, por fin pude conocerlo personalmente, a través de un amigo común, el crítico de arte y coleccionista Fernando Galán, con motivo de un viaje que realicé a Madrid el pasado verano. Después de dos visitas y una sesión de fotos, mi esposa y yo decidimos ir a Galicia a visitar el Museo y la Fundación Granell en Santiago de Compostela. Además de la asombrosa colección propia de la obra del artista, en el museo tenía lugar también una exposición de piezas de colecciones privadas de distintas partes del mundo. He tenido, pues, la oportunidad de ver la mayoría de la producción de Granell, pudiendo documentarla para la posteridad en formato de vídeo y de fotografía fija.
Mi primera reacción ante la obra de Granell fue como visitar una isla imaginaria, dotada de una geografía insólita, con su propia fauna y flora. Granell sería como «el guardián de un jardín de nuevas especies».

Granell en Guatemala, 1949
Pasé varios meses regresando una y otra vez a sus imágenes y a la complejidad de su mensaje, a ese modo de aproximarse a las cosas tan lleno de humor y poesía, y, de pronto, entendí su magia: Granell libera a los fantasmas cautivos en unos reinos que se ocultan y desvelan a nuestras miradas.
Su mensaje no pertenece a ningún tiempo concreto. Es eterno y obstinadamente universal. La mayoría de sus técnicas tiene que ver con la metamorfosis, a través del montaje o la geomorfología, que, en su caso, sería la morfología de animales y plantas. Granell, como maestro iniciado que es, cuenta con varias manifestaciones:
Como innovador, creó su mitología personal, de la que son ejemplo el Pájaro Pi, el Hombre/animal, Pegaso y el Centauro.
Como antropólogo, deja constancia de los retratos y ceremonias de los indios de Suramérica; y recoge, como buen fetichista, objetos de África y el Caribe; juguetes folklóricos kachina de Méjico.
Como chamán urbano del espacio y de las formas, pinta paisajes relucientes, astrólogos y escultores de tótems.
Como alquimista, fabrica elixires de colores que sanan.
Y, por último, se revela a nosotros como poeta y profeta.
Granell es también un artista multidisciplinario: músico, escritor, escenógrafo, pintor y escultor. De modo instintivo o deliberado, dirige su talento y sus visiones hacia un «arte ritualista» de cambios y curaciones. Nos enseña las celebraciones tribales, como en Ceremonia del cultivo del grano, y nos instruye sobre las plantas exóticas submarinas y la arquitectura geomórfica. Y así topamos con el pez mágico, el pájaro acuático, el dique máscara y ese río que brota en cascada de una boca.
Abundan las combinaciones surrealistas, y, como los artistas de este movimiento, se inventa nuevas pociones y cuentos imaginarios, como los del Pájaro cactus o El rey y la reina buscan a Marcel Duchamp.
La vida y el arte de Granell lo han llevado por unos caminos fuera del tiempo y del espacio.
En 1936, al estallar la guerra civil española, era un activo militante de la causa republicana contra las fuerzas de Franco. Al quedar derrotado el ejército republicano, en el 39, se exilió a República Dominicana, Guatemala, Puerto Rico y Nueva York, durante un período que duró casi cuarenta años.
Influido por grandes genios españoles como Picasso, Miró, Buñuel o Dalí, Granell adoptó el surrealismo como credo estético. A lo largo de sus viajes tuvo la oportunidad de conocer a André Breton, Marcel Duchamp, Pierre Mabille y Saul Steinberg.
Durante la exposición de los surrealistas que tuvo lugar en París en 1947, Breton lo situó junto a Giacometti, Matta, Lam, Gorky, Brauner y Herold, definiéndolo como la segunda generación de surrealistas, uno de los grupos de transición que adoptó el expresionismo abstracto. Estos artistas se interesaron también por temas de ocultismo, como describe Breton en su Segundo manifiesto (1930).
Granell se aproxima al conocimiento de las cosas a través de la investigación y la realización de deseos ocultos. Y en su mencionada faceta de chamán urbano, experimenta con hibridaciones del arte occidental y la estética primitiva de los objetos africanos, la santería y una mezcla de animismo de los indígenas centroamericanos. Al aproximarnos a este surrealista, debemos aceptar su arte como un modo de ver lo invisible, de pasar por alto la trivialidad de la realidad, inmersa en constantes cambios e imbuida de la magia irónica de lo absurdo. En la ínsula libérrima de Granell, se está gestando una zoología futura, acompañada de un derroche de intoxicación cromática.
Los volcanes fluyen con lava y metales derretidos, inundan los aluviones de lenguas de fuego incandescentes en un paisaje combustible. Es una forma de pintura literaria. En suma: un nuevo lenguaje narrativo.
La permanente espiral creativa del artista —ya sean óleos, grabados, escultura pintada, collages o ready-mades— se puede disponer según una cronología biográfica. En ella se incluirían el período caribeño, sus estancias en Guatemala, Puerto Rico y Nueva York, y su regreso a España que coincide con un regreso al arte figurativo; y, por último, su período de madurez…
No es mi intención identificar y catalogar los elementos de la obra de Granell para el público menos familiarizado con ésta. Claude Tarnaud describe algunos de estos componentes iconográficos que le son propios, en Braises pour E. F. Granell (Phases, París, 1964), de este modo: «Esos animales, con la piel aún chorreando de una lluvia teñida con polen de flores carnívoras, se precipitan hacia la resaca de felicidad, mientras se alejan de un bosque en llamas. Animales de ébano, destellos nobles, pelajes en los que las ascuas de tantos gestos han dejado una ceniza impalpable, bestias salvajes que tiemblan, chispeante juego». El texto de Tarnaud no pretende condicionar la opinión de los lectores sobre la obra del pintor, sino compartir con ellos su goce ante ésta.
Granell es un surrealista independiente. Sin haber sido nunca un miembro de este movimiento, participó en la mayoría de sus actividades: creó unos cadáveres exquisitos con Breton y Lam; expuso con el grupo e ilustró obras de otros surrealistas. Un público no experto podría fácilmente confundir su arte con el de Masson, Brauner, Toyen, Matta o Gorky.
Granell nos desvela los misterios de las regiones ocultas, devolviéndonos la energía para restaurar la vida y poner en duda las fuerzas oscuras de la destrucción. ¿Por un reflejo automático, asociación libre, ocultismo? ¡Quién sabe! Desde sus lejanas expediciones, Granell nos trae la elocuencia mágica de unos nuevos continentes. Al igual que aquellos indianos que hacían las Américas en busca de fortuna y regresaban con ella, se convirtió en el gran maestro iniciado, el brujo de la tribu que domina un nuevo lenguaje pictórico, sólo igualado por Tanguy, Domínguez y Paalen.
Sus poderes sanadores son eróticos, y en la unión de la pareja, característica de su pintura, las figuras humanas parecen estar perfectamente armonizadas. Su estilo se centra en el movimiento de oscuras moléculas con las que se ensamblan los cuerpos: piezas sueltas de estatuas, muebles, decorados de teatro.
Las parejas juegan con los planetas, miran de reojo las estrellas, abrazan las nubes y se abrazan entre sí, en un universo de desconcierto sexual —mitad hombre, mitad bestia— donde se entrevera el simbolismo de los sueños de Freud y de Jung.
El alma infantil es otro de los temas recurrentes en la obra granelliana: juguetes, humor y burla. Formas del bestiario folklórico, cristales que florecen y animales exóticos intoxican al espectador de su obra contagiándole el espíritu juguetón de los niños.
Granell se traslada en un abrir y cerrar de ojos al pasado y al porvenir, y sus visiones levantan acta de nuestra historia, desde las cuevas de Altamira hasta las revelaciones futuras.
Eugenio Granell nos ha ofrecido ejemplos de ceremonias intemporales que trascienden la realidad lineal. En su arte se cuestiona permanentemente a sí mismo y a las fuerzas que lo rodean. Con esfuerzo y obstinación, penetra como por ósmosis en otros mundos vedados a los demás mortales.
Debajo de sus objetos primitivos y religiosos, y en su núcleo, Granell crea un complejo híbrido de mitología tribal y de tradición clásica, del que surgen nuevos mitos en permanente transformación. En este proceso, consigue borrar las fronteras entre el arte y la oralidad, lo real y lo irreal, lo posible y lo imposible, la conciencia y el subconsciente.
La nueva dimensión de Granell es una mitología autobiográfica, novedad que se instala en el limbo, serena y vertiginosamente turbadora, confusa, quimérica y, a la vez, imponente.
Las incursiones de Eugenio Granell en lo desconocido creativo seguirán resonando y causándonos perplejidad.