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La conciencia retratada

Introducción

Las creaciones gráficas de Goya constituyen el testimonio visual de un artista que se interroga sobre el hombre y el devenir histórico, que es capaz de sintetizar en imágenes los dos niveles de la existencia: el ámbito interior y el mundo de la realidad objetiva.

Los rostros reproducidos en este repertorio proceden de los Caprichos (1799), obra maestra del grabado español y una de las producciones de mayor relevancia en la historia universal del arte.

Los Caprichos de Goya ejemplifican un mundo en crisis, entendida esta idea en el sentido de cambio. Conceptualmente revelan las fisuras de una estructura sociopolítica basada en una anquilosada estratificación estamental, y de un sistema de valores fundamentado en el inmovilismo de las costumbres y la tiránica opresión religiosa de las conciencias. Estéticamente anticipan la sensibilidad moderna y el desplazamiento hacia un arte dominado por la subjetividad y la libertad creativa. Los Caprichos aparecen en una de las décadas más decisivas en la trayectoria vital y en la producción artística de Goya. Es por ello por lo que las sucesivas generaciones de escritores, artistas e intelectuales de los dos últimos siglos no han podido sustraerse a su condición de símbolo: del fin del antiguo Régimen, del cambio de gusto entre las estéticas clasicista y romántica, y de la crisis producida en la biografía y el arte de un creador universal.

Al margen de sus posibilidades discursivas y de su alcance filosófico o político, los Caprichos conforman un extraordinario elenco de rostros. Los rasgos esenciales y las cualidades interiores de los personajes de Goya se reflejan en el rostro como en un espejo. El rostro se manifiesta, pues, como la metáfora del espejo del alma, la caracterización íntima del individuo... su conciencia retratada.

Tradicionalmente se ha considerado que el repertorio de rostros empleado por Goya en sus estampas remite a los textos de caracterización fisionómica. En el ultimo cuarto del siglo xviii fue publicado uno de los tratados fundamentales de ciencia fisionómica, el Physiognomische Framente de J. C. Lavater, en el que se analiza la conexión de los rasgos faciales con los temperamentos y comportamientos humanos. Resulta, sin duda, sugerente la posibilidad de que Goya hubiera leído el texto de Lavater, aparecido entre 1775 y 1778 y reeditado en múltiples ocasiones. Las ilustraciones al libro de Lavater salieron de la mano de un contemporáneo de Goya, uno de los máximos representantes de la generación del neoclasicismo romántico, el escritor y pintor suizo afincado en Inglaterra John Fusseli. Según las teorías lavaterianas, las pasiones son la causa de la alteración de la apariencia del rostro.

La de Goya, sin embargo, no es una representación caricaturesca. Ofrece la visión de una realidad cargada de elementos negativos. El artista elabora un mundo nuevo dominado visualmente por lo grotesco. Paralelamente a la reducción cuantitativa del componente caricaturesco en los rostros de sus personajes se incrementa el porcentaje de aspectos brutales, animalescos, hasta el punto de provocar la disolución de los límites que separan los ámbitos humano y animal. Ya no es la máscara verosímil tras la que se oculta una realidad a la que siempre se retorna, Goya pasa el testigo a otra realidad, negativa, que aflora de las sombras como contrapunto del mundo empírico. El artista no propone una suplantación transitoria y satírica de dicho mundo a través de la caricatura, simplemente revela la existencia de otra realidad poblada de seres grotescos.

Lo grotesco se ampara en una visión pesimista de la realidad: la deformación grotesca remite a un mundo sin salida, del que dicha deformidad constituye su esencia, su verdadera y única condición. Con lo grotesco desaparece toda referencia a una realidad mejor. Goya no revela ninguna aspiración, no moraliza, solo ofrece a la mirada la deformidad inherente al mundo.

Al llevar la fealdad al ámbito de la apreciación subjetiva, el pensamiento estético de Goya anula la posibilidad de un canon objetivo de belleza, canon en que se sustenta la teoría del clasicismo. De esta forma, sus creaciones anticipan la estética contemporánea y evidencian la inquietante capacidad de penetración psicológica del más genuino artista de lo grotesco.

La exposición Francisco de Goya. La conciencia retratada se ha exhibido en la sala de Calcografía Nacional durante los meses de septiembre y octubre de 2001. Con motivo de la exposición doce de los veintiún retratos que componen la muestra se han editado en una carpeta de estampas digitales con el mismo título y características de las obras originales, en formato 35 x 35 cm. Tanto la exposición como la edición de estampas digitales han sido ideadas, diseñadas y producidas por el equipo de Calcografía Nacional. En el patrocinio ha colaborado Franja Fotográfica. El proyecto contó además con el apoyo del Instituto Cervantes, que exhibió durante los meses de mayo a junio de 2001 una selección de trece rostros en su sede de Londres. Posteriormente, la exposición ha circulado por los centros de Mánchester, Moscú y Argel y continúa su itinerario en la actualidad. Desde 2002 está disponible aquí, en las páginas del Centro Virtual Cervantes.

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