Nos encontramos en ese lugar misterioso que es el cruce de lo temporal con lo eterno, el perfecto cumplimiento en el perfecto desaparecer. En este lugar (opuesto al histórico, que intenta continuamente guiarnos en el tiempo) se sitúa un crítico que es también un artista: el pintor español Ramón Gaya, autor de un breve libro: El sentimiento de la pintura. La posición crítica de Gaya resulta hoy poco menos que escandalosa: se trata de la derrota de la historia, de la demolición de la psicología y de la estética pura, en una palabra, de toda la crítica contemporánea de arte, y se advierte la directa relación con aquel que una mujer de talento definió como el primer crítico, el que se limitó a anunciar: «Yo os bautizo con agua, pero detrás de mí viene el que os bautizará con fuego y con espíritu».
Está claro que este escándalo del crítico-testigo implica a todos los demás, todas las escandalosas indiferencias: la personalidad, la pasión, el heroísmo, la belleza misma e incluso, en cierto modo, la justicia y a la verdad, porque «la verdadera grandeza quema todo esto». Lo que tales hombres no encuentran indiferente es una única cosa: la realidad, pues la realidad es el propio Dios en presencia y entre los dos términos de esta única cosa —Dios presente y Dios ausente—; nada debe proyectar sombra ni obstaculizar, puesto que el arte no es más que un medio, una «transparencia», una incuestionable» forma de coloquio entre Dios y Dios a través de un hombre que sólo quiere no ser. El arte, escribe Gaya, no es como se ha dicho una corporeidad, sino una concavidad… El arte parece llegarnos de muy lejos, pasar a través del hombre, para luego desembarazarse de él como de una corteza y proseguir su camino. De aquí el estorbo del estilo «en el que el arte se refugia cuando se extravía», dando lugar al carácter, a la expresividad, al emprise de la persona sobre la realidad. Pero para el artista puro la creación no es más que obediencia, respuesta a esa realidad que quiere ser salvada, llegar a transparentarse a través de él, es decir, a través de un alma desnuda (esta alma y no otra, sin embargo; y como el amor perfecto es impersonal, además de que no pueden existir dos amores igualmente posibles, Mozart desaparece detrás de la música, y Velázquez desaparece para que sus enanos se conviertan en Dios; sin embargo una batuta basta para desvelarnos a Mozart, así como la línea de un párpado a Velázquez.
El arte no es por lo tanto problema, sino destino. Y eso excluye a priori todo aquello que no sea fe, pleno abandono, «porque el hombre no se salva por la justicia, sino por la fe». Toda pasión le es contraria, porque ésta no sólo no admite el abandono, sino que se mueve en la esfera de lo imaginario, donde todo es posible y nada es fatal. Nada apasiona al verdadero artista, sino que todo lo traspasa, como si fuera un portal abierto de par en par entre Dios y Dios, como los estigmas atraviesan al santo que en verdad no es nada más que el Dios que él contempla: la realidad, el enano de la Corte, el niño de Vallecas.
«Homenaje a Velázquez», el tercer capítulo del libro de Ramón Gaya, está entre los ejemplos más misteriosos de ese responderse con ecos que se da alguna vez entre el arte y la contemplación del arte. Es quizás la página más hermosa de Ramón Gaya, porque para Ramón Gaya Velázquez es la realidad por excelencia, y de alguna manera su realidad. No se dan dos criaturas que hayan recibido la iluminación de la misma fuente, por eso sucede que dos santos tengan poco o nada que decirse, que dos artistas supremos se mantengan casi indiferentes entre ellos, tan diferente fue en ellos el camino de la gracia, la aparición heráldica de Dios. Ocurre de la misma manera en Ramón Gaya que junto a Velázquez, junto a Shakespeare, junto a Mozart o junto a Cervantes no reconozca a Juan Sebastián Bach; que suponga expresivo a Giotto, que no nombre a Masaccio. Estas tres grandes formas del divino vacío, de la nada celebrada por su secreto jefe de filas, San Juan de la Cruz, no son sus formas, o no lo son de momento. O es cuestión de latitud. El vacío de Ramón Gaya siempre es también un vacío español, blanco-negro, consumido y radiante.
El libro entero es, por lo demás, una sucesión de toques fulminantes, carente de un sistema aparente, un conjunto de aproximaciones fulgurantes y de precisas hipérboles, un diario sellado y clarísimo, escrito en una lengua que es no obstante (y no es este su encanto menor) prisionera de la misma expresividad que con cada palabra deshace. Si se pudiera concebir un libro escrito por el Greco con los ojos fijos en Velázquez, ése sería, me parece, este libro. Un escritor italiano ha preferido parangonar a Gaya con uno de esos santos islámicos que van de pueblo en pueblo murmurando palabras que suenan insensatas; y sin embargo ninguna de ellas carece de fundamento: las mueve el viento «que no se sabe de dónde viene ni a donde va», impuro y absoluto: recibir o no el mensaje es también un modo de destino.
Roma, 1960
La Pietá .
Detalle.
Venecia 1981
Acuarela/papel 30 x 44 cm
Las luces del puente Vecchio.
Detalle.
1858
Gouache/papel 23 x 29 cm
El Tévere. Detalle.
1970
Pastel/papel 23 x 30 cm.