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Ramón Gaya
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El problema de la elegancia
Leonardo Cammarano
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De manera consciente o inconsciente, este tema de la objetividad es preocupación constante de los artistas más grandes. Así es, por ejemplo, en el caso de Proust, que paradójicamente pasa del Santeuil al «yo narrador» pare evitar las trabas del sujeto (de lo dicho da fe su antiesnobismo, tan bien individualizado por J.F. Revel). Martin du Gard, que intenta muy en serio una «literatura sin autor»: utopía, es verdad, pero que genera el admirable Jean Barois; o Musil, que «expressis verbis» afirma en su Diario, repitiendo casi literalmente las palabras de Shopenhauer: «la total objetividad es la esencia del gran artista», etc. En las artes figurativas estos aspectos están obviamente más disimulados, pero los resultados, análogos, atestiguan su presencia. En todo caso, la natural consecuencia de esta «liberación del Yo» es la ausencia de exhibicionismo (y el exhibicionismo, recuérdese, es a su vez la quintaesencia de la cursilería). Creo que la ininterrumpida polémica que Ramón Gaya mantiene contra el estilo y sus cultivadores alude precisamente a esto. Un estilo legítimo es «lo que queda» —diremos— de un Yo empleado con generosidad; cualquier otro componente no es más que «feria de vanidades». Y es esta actitud, que llamaré ascética, la que da origen a ese principesco vacío del que Gaya —artista consciente y lúcido escritor— habla tan a menudo. Es éste también un vacío de heterónomos: nada de «proclamas» políticas o de otra especie, nada de iracundas reivindicaciones, nada de ostentaciones, de denuncias, de alteración de los sentimientos… Y, en fin, nada de todo ese «self-coddling» que hace más de cuarenta años Harold Rosemberg imputaba al arte moderno, definido por él con justeza como refugio pequeño burgués de perennes lloriqueantes y sus correspondientes «autoterapias». Diré, parafraseando a Bergamín, que este lloriqueante «Yo que se pavonea», el hombre de hoy se lo encuentra hasta en la sopa (sazonado, añado yo, con el «ressentiment» de Nietzsche). En efecto, con tanta lamentación encima, la mente corre naturalmente hacia la Selbstüberwindung…, y quizá hacia aquellos paisajes interiores de Ortega que no son todavía el Yo, y que por lo tanto fuerzan y castigan en breve espacio a este último. Pero, insistiré de nuevo, éstas son también, en buena medida, maneras distintas de decir: severa reducción o silenciación del Yo empírico, liberación del Yo creador. Y aquí llegamos al cabo a nuestro tema, que, a fin de cuentas, no es más que una conjetura, una sospecha. Sí la sospecha de que sea ese tono suyo, indomablemente objetivo, el secreto de la elegancia de Gaya. Porque Gaya es extremadamente elegante, y esa es precisamente la característica que pretendo subrayar. Por lo tanto, así entendida la cosa, llegamos a un resultado inequívoco: la elegancia verdadera, la sustancial y no la exterior, la del hombre y no la de la haute couture, comienza donde el estilo termina.

Pero he dicho sospecha, sí, porque en sí misma la elegancia es un valor misterioso. Se puede ser elegante de muchas maneras, se puede ser elegante a la manera de Marie Baschkintzeff, o a la de Huysmans, a la de James, a la de Ravel, a la de Valéry, a la de Turner… Se trata, además, de un valor indescifrable, muy parecido al de la autoridad, que no es fuerza, ni grandeza moral, ni sabiduría, ni poder (el poder genera una falsa autoridad que, como el valor de Marx, es sólo un préstamo temporal de la sociedad). De la autoridad se suele decir que es «carisma… y personalidad», u otras tautologías por el estilo.

Ocurre lo mismo con la elegancia. ¿Es ésta una cuestión de perfección formal? No, ciertamente; sabemos de «formas» impecablemente no elegantes: pensemos en Celine. ¿Contenidos refinados, entonces? Tampoco; de lo contrario, Des Esseintes no sería un eximio pelma… Pero, en todo caso, la elegancia de Gaya nos muestra la nota imprescindible: un Yo «deportivo», que se acuerda se sí mismo sólo para comprometerse con las cosas de este mundo. Y he aquí la difícil receta para no «acabar a medias»: la receta de «la elegancia filosófica», la que en Fronteras infernales de la poesía Bergamín atribuye a la vida de don Quijote y al arte de Cervantes. La fórmula precisa de Bergamín —perder el propio yo para mejor encontrarlo— es quizá algo confesional, pero a nosotros nos sirve así. Porque es así, es con esa elegancia, con la que Ramón Gaya nos hace olvidar las crónicas «efusiones del espíritu» de la producción habitual y nos devuelve la límpida atmósfera y el mundo puro del arte de siempre: aquel en el cual, como decía Rosario Assunto, la contemplación supera cualquier otro quehacer.

Por mi parte, agradezco a este pintor aristocrático tanto don. Al contemplar su obra no se oyen los ensordecedores y cegadores «parloteos» que hoy en día, para decirlo con Heidegger, nos ocultan al Ser.

Italia, 1997
Trad. I.V. 1997

[Pintura] «Café Florian» (detalle), 1953

Café Florian . Detalle.
Venecia, 1953
Pastel/papel 28 x 37 cm

[Pintura] «El Palatino» (detalle), 1966

El Palatino . Detalle.
1966
Gouache/papel 50 x 43 cm

[Pintura] «El pañuelo de Dª Mariana» (detalle), 1990

El pañuelo de Dª Mariana . Detalle.
1990
Gouache/papel 61 x 45 cm

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