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Ramón Gaya
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José Vicente Quirante Rives
Director del Instituto Cervantes de Nápoles
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Después de casi cuatro años en Italia uno de los recuerdos de España que acude a menudo a mi memoria es la murciana Plaza de las Flores y su vecino museo dedicado a la obra de Ramón Gaya. Lo frecuenté mucho durante mis años oriolanos. La magnífica casa modernista que alberga la colección del pintor fue la meta de visitas robadas siempre a las prisas del trabajo, al trajín desordenado de la vida. La pintura de Gaya fue durante esos años un bálsamo, un remanso al que acudía para, con su belleza, reencontrarme y no perderme del todo. Allí descubrí la fidelidad de Gaya a sí mismo, su trayectoria a contracorriente y espinosa, su personalidad artística poliédrica, tan buen escritor como pintor. Y así se me convirtió Gaya en un referente artístico y ético.

Después mi camino me trajo a Nápoles y desde que tuve el privilegio de abrir la nueva sede del Instituto Cervantes en Nápoles, con su espléndida sala de exposiciones en la bahía napolitana, me empeñé en traerlo un día. Al final ha sido posible gracias a la sensibilidad y al buen hacer del director del Museo, Manuel Fernández-Delgado y de las instituciones que lo apoyan. Y pocas alegrías me llevaré tan grandes como ésta.

He rastreado en la obra de Gaya referencias a Nápoles, sin éxito. Sí encontré, claro, Italia, esa Italia del exilio y de los grandes museos que tanto significó en su vida y en su obra. Una Italia siempre personal. Casi secreta, como el propio Gaya. Pero no puedo imaginar a Gaya indiferente a esta ciudad tan cercana en espíritu a su Murcia natal, algo tan evidente en este glorioso día de noviembre en el que escribo, un día de esos de regalo que acontecen en Nápoles, de otoño pleno, que Gaya habría saboreado sin duda. Un día en el que se transfiguran las cosas, para aparecérsenos en toda su realidad, en toda su verdad, como decía Gaya que hacía Velázquez con su pintura. Como también logró hacer, a juicio de quien escribe, el propio Gaya con su pintura y su escritura.

Desde la murciana Plaza de las Flores al golfo partenopeo. Aquí esplenderán sus copas, sus acequias huertanas, sus homenajes a los maestros. Su Italia. No hay itinerario más secretamente coherente para el que lo sepa descubrir.

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