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Ramón Gaya
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Gaya: La elegancia del realismo
Leonardo Cammarano
(2 de 2)

Veamos: ¿por qué la página de Dostoyewsky es de color canela mientras que la del Quijote es, sin embargo, de un blanco deslumbrante atravesado por reflejos de oro? Aquí, por lo tanto, un importante componente de la escena —la identificación del fondo, del ambiente vivido— nos es trasmitido por caminos secretos. E incluso: ¿cómo es posible —es la célebre observación de Gustave Flaubert— que la página cervantina nos muestre, sin mostrárnoslos, los paisajes y los cielos de La Mancha? ¿Y cómo es que en El coloquio de los perros, cumbre altísima de la literatura mundial, según Américo Castro, percibimos con claridad, sobre el fondo de la narración, los barrios sevillanos —ésos y no otros— y advertimos en la lejanía, en el silencio de la noche, el suave apoyo sonoro andaluz?

El realismo —esta es la verdad— agarra el hilo de lo real e instituye un precario equilibrio que, mientras dura, genera prodigios y magia. Es aquí, en esta difícil zona, donde se origina el arte de Gaya. He admirado a menudo de qué modo, con unos leves trazos y ciertas tonalidades sutiles, consigue identificar atmósferas complejas e instituir imprevistas «sinestesias». De sus naturalezas muertas se desprende una refinada determinación por desinteresarse de las relaciones prácticas entre las cosas y celebrar de lo existente sólo sus rasgos más ocultos. Del mundo que consigue crear, lo banal está severamente excluido. Estoy extraordinariamente agradecido a Ramón Gaya por esta circunstancia: ha elevado la delicadeza a norma de vida. ¡Cuán a menudo, ante sus retratos (recuerdo uno de Tomaso Carini, que se me quedó vivamente grabado), nos encontramos sabiendo ideas y sentimientos, esperanzas y arrière pensées de la persona retratada! Es el laconismo de la expresión conseguida. (Véase, por ejemplo, cómo Cézanne finalmente «habla», y habla claro, sólo en alguna de sus acuarelas apenas esbozadas de pinos provenzales.) Y de Gaya recuerdo también pequeñas obras verdaderamente geniales; quiero decir, misteriosas: retratitos a lápiz, perfiles perfectamente individualizados in absentia, a veces sin más que por interrupción física del trazo (!); paisajes venecianos captados con ligeras alusiones que son casi omisiones... ¡Geniales omisiones!

Pero este decir casi callando, este subrayar omitiendo, ¿no es quizás la definición misma de la elegancia? Hablaba yo antes del permanente barroco italiano, en el cual, por el contrario, al exceder la forma del contenido, se genera una especie de pesadez. Continuando con nuestro intento de caracterización diremos: la pintura de Gaya es de un realismo lacónico, «cóncavo», sumamente elegante, en el que la extrema sobriedad de la forma es la negación misma del barroco como categoría de arte.

Hay que señalar brevemente aún cierta cualidad del realismo que genera lo que yo llamaría «sinestesias por absurdo». Aquellas en virtud de las cuales Swann, por ejemplo, describe con todo detalle el rostro de Odette de Crécy comparando su aspecto con el sabor ácido de un vaso de vino blanco. Robert Musil caracteriza como sigue la panorámica aparición del curvo horizonte marino: un cañonazo seguido del abrirse de un abanico. Proust afirma el carácter de un amable recuerdo diciéndolo «miniado de oro y de indestructible azul». Quiero decir que la falta de conexión entre los medios y el resultado no puede ser más completa y que sólo a posteriori la necesidad insustituible de aquel nexo se revela de manera absoluta. Del mismo modo ocurre en el lenguaje de Gaya. Del amarillear de una pared vemos surgir, junto a un elegante juicio negativo, el aburrimiento de una siesta en la ciudad. Y asimismo, de una rosa que parece estar haciendo tintinar un diáfano vaso, la alegría de una mañana laboriosa, una efervescente esperanza; de un escorzo del Rialto recorrido por apresurados transeúntes surge también no sólo el olor salobre de la laguna, el rumor de la corriente e incluso —por qué no— el tufillo a frito de una trattoria vecina, sino hasta ese peculiar, desconcertante sentimiento de estupor ante lo existente que sólo Venecia sabe suscitar en nuestro ánimo. Y aún más, de un ático apenas indicado, con los cristales orientados hacia los pinos de Villa Borghese, la sutil y grave desesperación vespertina de los días romanos… De Gaya escritor, nada diré: tendría que alargarme demasiado para intentar analizar su palabra escrita, sensible sismógrafo de los vaivenes de los días. Y nada diré tampoco (fiel a las convicciones de Benedetto Croce y de Proust, que comparto «contra Sainte-Beuve») de Ramón Gaya como persona. Pero es una amarga renuncia, porque el hombre es un ejemplo inimitable de vocación artística: vibrátil sensibilidad, deslumbrante penetración de las cosas; aptitudes para la creación de metáforas elegantes, prima facie arbitrarias, pero después impecablemente motivadas; comportamiento conclusivo, libre de cualquier indicio plebeyo de sueños baratos, dispuesto a acoger los mensajes de la realidad y a hacerlos resonar con fuerza para mayor gloria de ésta. De Gaya persona, en fin, diré sólo esto: es de tal manera un todo con su pictórico destino, que quien lo ha conocido tiene la impresión de haber frecuentado, raro privilegio, a un heraldo de la Pintura misma.

Italia, 1995
Traducción de I.V. 1995

[Pintura] «La copa veneciana, clavellinas frente al espejo» (detalle), 1995

La copa veneciana, clavellinas frente al espejo. Detalle.
1995
Gouache/papel 35x47 cm

[Pintura] «De Tiziano. Noli me tangere» (detalle), 1997

De Tiziano. Noli me tangere. Detalle.
1997
Gouache/papel 56x76 cm

[Pintura] «Autorretrato del sombrero» (detalle), 1994

Autorretrato del sombrero. Detalle.
1994.
Gouache/papel 61x46 cm

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