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Carlos Saura

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  Por Carlos Saura


Ha sido una experiencia apasionante la de clasificar mis viejos negativos, miles de fotos que he ido haciendo a través de los años sobre los temas más diversos. Estaban ordenados en cajas, guardados en sus fundas semitransparentes y la mayor parte nunca habían sido positivados.

Me ha parecido conveniente que esta exposición, la primera que hago de este material, englobe mis primeros pasos como fotógrafo «serio» desde el año 1947 —tenía yo quince años— hasta el 1961 ó 1962. Todos los negativos son de 35 milímetros. He dejado para más adelante los negativos de formatos superiores y los que pertenecen a otras etapas de mi vida. Tiempo habrá en el futuro, espero, para ir completando las imágenes de mi vida en otras exposiciones.

Bucear en los negativos antiguos y en el pasado me ha obligado a reflexionar sobre mi vida y sobre cómo era España en aquellos años. Algunas de las fotografías son testimonio de una época de penurias y falta de libertades; me refiero sobre todo a las fotos que hice entre los años 1954 y 1960. Esta serie de fotografías tiene una cierta unidad porque tenía yo la pretensión de hacer un libro sobre los pueblos y las personas de la España de aquellos años. Con esa idea en la cabeza, las fotos tienen sentido y una cierta coherencia: Sanabria, la novillada en La Zarzuela, Buñuel, fotos de viejas en Castilla, cementerios, castillos, etcétera. Las fotos de las ferias de ganados y de los tipos gitanos... El proyecto nunca se realizó y la culpa la tuvo el cine, porque desde el momento en que me dediqué al largometraje —entre los años 1959 y 1960 hice mi primera película, Los golfos la fotografía fue otra cosa para mí, más una memoria añadida o un pasatiempo para disfrutar en los ratos libres. Mis fotos desde entonces, y las de ahora, son más familiares, de mi entorno, aunque nunca he despreciado una atmósfera, un espacio, o un paisaje que me haya llamado la atención.

En esos años de carencias y penurias aprendí que el negativo era un bien preciado y costoso, y que cada disparo suponía una fotografía menos. En algunos de mis rollos de 36 fotografías hay veinte «ampliables», y casi todas diferentes. Esa economía de medios sigue siendo una constante en mí. Quizá por eso me sorprende el derroche de los fotógrafos que hoy disparan compulsivamente las 36 fotografías del chasis para luego, en el mejor de los casos, elegir una.

Quizá lo más interesante de mis fotografías de esos años es la constatación de que el paso del tiempo les ha otorgado un valor añadido. En los años cincuenta éramos pocos los que sentíamos curiosidad fotográfica por un país que gobernaba el general Franco con la colaboración de una iglesia inquisitorial y una policía brutal que velaba por la moralidad-inmoralidad de las costumbres. España era entonces un país con reminiscencias medievales, hambruna y oscuridades. Las fotografías que ahora se exponen, algunas con una granulosidad extrema, con defectos evidentes de exposición y de contrastes, son el testimonio, mi testimonio, de una época de España que ahora parece perdida en los siglos, pero de la que —conviene no olvidarlo— apenas nos separan cincuenta años. En la España de hoy no hay burros ni mulas, las carreteras están repletas de vehículos y las mujeres no llevan el pañuelón negro sobre la cabeza. La televisión se ha adueñado de las casas y los vídeos están al alcance de cualquiera. En cincuenta años los hábitos han cambiado y el país se ha transformado vertiginosamente.


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Todas las fotos han sido escaneadas a través de un escáner de negativos y luego retocadas en el ordenador para eliminar rayas y puntos. Es un trabajo que he hecho personalmente para evitar cualquier manipulación extraña, con materiales domésticos, no profesionales, por lo que la calidad de las copias es inferior a la de los negativos originales. He preferido hacerlo así para mantener el control de mi obra, que ha sido, y es, una de mis obsesiones. Una mayor calidad, mejor contraste y detalle, se hubieran obtenido con medios más profesionales y, sobre todo, en laboratorios especializados para este menester. He preferido conservar esa impronta, esas imperfecciones, que están más cerca del espíritu de la época y de mis deseos.

Siempre he alternado mis fotografías de gentes y paisajes con mis fotos familiares, cruzando la barrera con facilidad entre un tema y otro sin preocuparme demasiado por ello. Ya dije que no soy un profesional de nada, ni siquiera cuando era el fotógrafo «oficial» de los Festivales de Granada y de Santander y, cosa curiosa, considero esa etapa de mi vida, de «encargo», como la peor desde el punto de vista fotográfico, entre otras razones porque hacía fotos para los demás y no para mí.

Durante una temporada me pasó por la cabeza dedicarme íntegramente a la fotografía, y cuando preparaba Los golfos, mi primer largometraje, en el año 1959, me llegó una propuesta para integrarme en la revista gráfica París-Match. Demasiado tarde: aquella noche no dormí; era mi sueño de fotógrafo, pero se impuso el cine y nunca me he arrepentido de ello.

Desde hace años trabajo en otros formatos. Me esperan miles de negativos que tengo que revisar. Me domina la pereza y me desalienta la cantidad. Sólo gracias a mi amigo Hans Meinke, que me ha animado a hacerlo, ya que dispongo de un cierto tiempo libre entre película y película, me he animado a comenzar esta tarea que prometo ir completando poco a poco.

Marzo de 2000

 
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