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Cinéfilo desde muy joven, adquirió de su madre, pianista
profesional, el gusto por la música. Su hermano mayor, Antonio Saura, pintor célebre,
modeló sus tendencias artísticas. En las creaciones de Carlos aparecen referencias más
o menos claras a Hyeronimus Bosch o a Goya.
Cuando era adolescente practicó la fotografía.
A partir de 1950, equipado con una cámara de 16 mm, realizó algunos reportajes. Los
temas referentes a la representación aparecieron muy pronto en el joven a través de una
herencia familiar y un trayecto personal muy ricos.
En 1952, se matriculó en el Instituto de
Investigaciones y Estudios Cinematográficos, donde se apasionó por la técnica y la
teoría del cine. Siguió, también, de forma esporádica, los cursos de la Escuela de
Periodismo.
Saura acabó, en 1957, La tarde del domingo, su
cortometraje de fin de estudios. Su graduación le permitió enseñar en ese mismo
Instituto hasta 1963, fecha en la que, por razones políticas, fue apartado de él.
En 1958, rodó Cuenca, un mediometraje
que, como su ensayo precedente y su primer largometraje, Los golfos (1959),
intentó sentar las bases de un neorrealismo a la española. Su experiencia de fotógrafo,
el deseo de posicionarse en favor de los marginados, la voluntad, finalmente, de encontrar
una identidad cultural condujeron, en un principio, a Saura a elaborar un cine físico,
lírico y paradocumental al mismo tiempo.
El director, reúne, con Los golfos, los
temas de inspiración de algunos novelistas de su época a los que preocupaba el realismo
social. (Uno de ellos, Daniel Sueiro, colaboró en el guión de la película).
En Los golfos abordó, a través de una
pintura sociológica de los barrios desfavorecidos de la capital, el problema de la
delincuencia juvenil. Con Llanto por un bandido (1963), el autor abandona el camino
de un cine en línea directa con la realidad para dedicarse, gracias a una crítica
interna de los códigos del género picaresco, a la figura mítica de un fuera de la ley
del siglo XIX: personaje fruto de toda una tradición popular que la
propaganda oficial desvía en su beneficio.
La censura mutiló la película que dejó de
corresponderse con el objetivo de su creador. Hasta la muerte de Franco, Saura debió
luchar con las autoridades del país y utilizar la astucia para evitar la censura.
Esto le condujo a trabajar en el nivel de la
alegoría y del simbolismo. En La caza (1965), el cineasta esboza las grandes
líneas de esta escritura particular que le caracteriza. A través de una excursión de
caza situada en la España de los años sesenta, aparece el recuerdo, indirectamente
evocado, de una guerra. Los caracteres que se enfrentan están condicionados
psicológicamente por el peso del pasado. A pesar de estar construida sobre bases
concretas, la película se desliza, por medio de sutiles desencuadres
(importancia de los actos que faltan, de los automatismos, de los lapsus...), hacia lo que
algunos llaman el «realismo onírico».
A partir de entonces, Saura desarrolló los temas
de la memoria, de la frustración, de la infantilización de varias generaciones de
españoles por una sociedad puritana y represiva. La célula familiar y la infancia
representan las llaves que abren los arcanos de este microcosmos.
Los individuos que pueblan estas ficciones
pertenecen a la burguesía media, a veces a la alta, y en principio forman parte de una
categoría social privilegiada por el régimen. Saura intentó desvelar los mecanismos que
dirigían su inconsciente. Pero introdujo su sonda con prudencia.
Peppermint frappé (1967), Stress, es
tres, tres (1968), y La madriguera (1969) toman como blanco parejas o
tríos en situación de crisis existencial. El juego, el disfraz, la mezcla de lo
real y de lo imaginario sin utilizar los códigos de la gramática fílmica (flash-back,
fundidos...) crean un cine de poesía, en el sentido fuerte del término, que escruta
con pertinencia la interioridad de los protagonistas.
Este lenguaje elíptico que Saura usa por
evidentes razones políticas, pero también por su deseo de innovación estética, se
inscribe como otras características de su obra, en una tradición típicamente ibérica.
El realizador evoca él mismo su filiación con los escritores de el Siglo de Oro: Pedro
Calderón de la Barca (1600-1681), Francisco de Quevedo Villegas (1580-1645)...
El jardín de las delicias (1970), Ana
y los lobos (1972), La prima Angélica (1973) son producciones que giran
alrededor del tema de la memoria y de la familia en relación con la tragedia franquista. El
jardín de las delicias es la primera película que evoca directamente la guerra de
España. La prima Angélica va más lejos todavía e ilustra el punto de vista de
un «vencido». Ana y los lobos delimita lúcidamente a través de un examen no
disfrazado del ejército, la religión y el rechazo sexual todas las formas de regresión
que produce, en los ciudadanos, el poder procedente de la victoria falangista de 1939.
A la mezcla de realidad y de fantasmas, se añade
la desaparición progresiva del límite entre pasado y presente lo que dota a estas
últimas películas de estructuras significantes complejas. Destaquemos que la confección
de este universo particular espacios cerrados de ramificaciones metafóricas
múltiples debe mucho a la utilización de colaboradores regulares: el productor Elías
Querejeta, el director de fotografía Luis Cuadrado, el guionista Rafael Azcona y la
actriz Geraldine Chaplin (intérprete de nueve de sus películas). Con Cría Cuervos
(1975) obra inicial de una serie de la que Saura concibió él mismo el
guión, el cineasta utiliza el lenguaje particular del que ahora es un maestro para
relatarnos las relaciones del niño con el adulto y de este último con su propia imagen
infantil. El artista vuelve a tocar y desplegar todos sus temas en Elisa vida mía
(1977), su obra más terminada en la que memoria, creación y muerte se combinan
estrechamente.
El fallecimiento de Franco, el cambio de régimen
y la posibilidad de evocar directamente ciertas realidades rompen la coherencia del
sistema significante de Carlos Saura.
A partir de Con los ojos vendados (1978),
nos da las claves de su trabajo e insiste, por medio de una fuerte teatralización, sobre
sus intenciones. Con Mamá cumple 100 años (1979) abandona la célula familiar
como modelo de lectura de la sociedad ambiente. Vuelve a ella pero sin convicción, en Dulces
horas (1981). Tras Elisa vida mía, la obra de Saura se divide en diversas
direcciones.
Deprisa, deprisa (1981) constituye una
vuelta a las fuentes de inspiración realista de Los golfos. Bodas de sangre, según
la obra de Federico García Lorca (1981) primera película desde Cría Cuervos
de la que Saura no fue el guionista y Carmen (de 1983, inspirada en la novela
corta de Prosper Merimée y en la ópera de Georges Bizet) mezclan los temas de
adaptaciones transdisciplinarias a lo vivido de los protagonistas.
Antonieta (1982) trata del destino de una
joven mexicana mecenas y aventurera que se suicidó en 1931 en París. Los zancos
(1984) describe la pasión devorante de un hombre mayor por una joven.
En 1986 Saura firmó El amor brujo con
Antonio Gades. Carlos Saura sigue siendo un profesional de talento, pero ya no es el
innovador que fue en los años sesenta o setenta.
A finales de julio de 1986 la Academia de Artes y
Ciencias Cinematográficas de Hollywood y la Universidad de California, en Los Ángeles
(UCLA), le tributaron un homenaje en el teatro Samuel Goldwyn, que contó con la
asistencia de un gran número de estrellas de la pantalla, en reconocimiento a su
extraordinaria labor cinematográfica.
Posteriormente, en abril de 1988, se estrenó en
Madrid una de sus películas más esperadas: El Dorado, en el marco de la
gala inaugural del Año Europeo del Cine y la Televisión; al acto asistieron los Reyes de
España, la ex-presidenta y miembro del Parlamento Europeo, Simone Veil, y personalidades
del cuerpo diplomático acreditado en España y del mundo de la cultura. En mayo de 1988 El
Dorado, que con un presupuesto de 1 000 millones de pesetas fue el filme más caro
del cine español del momento, fue presentada a concurso en la sección oficial del
Festival de Cannes, junto a otra película española, El Lute II.
También en 1988, Saura entró a formar parte de
la directiva de la recién creada Academia del Cine Europea (EFA), que concede los premios
Félix. Tras El Dorado, Saura realizó, en 1989, una película calificada de
«austera», La noche oscura, cuyo protagonista es San Juan de la Cruz, y que fue
presentada la Festival Internacional de Cine de Berlín donde fue saludada por la crítica
como «una de sus mejores obras».
El 16 de marzo de 1990 se estrenó en Madrid la
película Ay Carmela, basada en la obra que con el mismo nombre escribió José
Sanchís Sinesterra, e interpretada por Carmen Maura y Andrés Pajares. Esta vez, el filme
de Saura fue seleccionado, el 4 de noviembre de 1990, por la Academia de las Artes y
Ciencias Cinematográficas de España para acceder al Oscar a la mejor película
extranjera de Hollywood.
El 26 de febrero de 1991 el filme Ay Carmela
obtuvo 13 de los 21 premios Goya que anualmente concede la Academia de las Artes y las
Ciencias Cinematográficas de España. En 1991 preparó un montaje de Carmen, de
Bizet para la Ópera de Sttutgart, y a continuación realizó un episodio sobre Goya para
una enciclopedia audiovisual firmada también por Greenaway, Boorman y Resnais. Ambos
trabajos los realizó al lado de su hermano, el pintor Antonio Saura.
Considerado como el director de cine que más
personifica lo que ha sido el cine de autor en España, trabajó posteriormente en Buenos
Aires, en la adaptación de un cuento del escritor argentino Jorge Luis Borges, El
Sur, que fue uno de los episodios de una serie producida por TVE y Andrés Vicente
Gómez.
En enero de 1992 finalizó el rodaje de la
película Sevillanas, una nueva incursión en el mundo de la danza, que se
estrenó el 28 de abril de 1992 en la Exposición Universal de Sevilla. El filme, que
cuenta con la presencia de los guitarristas Manolo Sanlúcar y Paco de Lucía y la
participación de Camarón de la Isla, Rocío Jurado y Lola Flores, se presentó el 9 de
septiembre de 1992 en la XLIX Mostra de Cine de Venecia, dentro de la sección
experimental «Ventana sobre las imágenes».
En abril de ese año la Galería Nacional de Arte
de Washington, una de las mejores pinacotecas del mundo, proyectó un ciclo del director
español, como parte del homenaje al impresionista norteamericano, John Singer Sargent. El
14 de julio de 1992 Carlos Saura fue designado el director de la película oficial de los
Juegos Olímpicos Barcelona 92 por renuncia del británico Hugh Hudson. La película Marathon:
las llamas de la paz, promovida por el COOB y el COI con un presupuesto de 900
millones de pesetas, fue presentada en Lausana el 22 de junio de 1993.
El 28 de noviembre de 1992 le fue entregada la
Medalla de Oro de la Academia de las Ciencias y las Artes Cinematográficas de España
«en reconocimiento a su brillante carrera artística». Y meses después, el 26 de
febrero de 1993, le fue concedido el Premio Gerald Brenan 93 a los Valores Andaluces, de
la barcelonesa Sociedad Cultural Andaluza Almenara.
Su siguiente película, Dispara, la
rodó en marzo de 1993 en Madrid. En ella narra una historia de amor ambientada en un
circo y está protagonizada por Antonio Banderas y Francesca Neri; fue presentada en 1993
en los festivales de Venecia y de Valencia. Por esas fechas, el 23 de agosto, le fue
impuesta la Orden de Artes y Letras de Francia. El 15 de marzo de 1994 fue investido
doctor honoris causa por la Universidad de Zaragoza.
En enero de 1994 inició el rodaje de Flamenco,
cuyo único argumento «es la luz y el ritmo», según palabras del propio cineasta
que quiso huir de cualquier elemento decorativo que pudiera distraer su «búsqueda de la
esencia de un arte tan complejo y difícil». Así, toda la película transcurre en el
interior de la antigua estación ferroviaria Plaza de Armas de Sevilla y buena parte del
rodaje tiene sonido directo.
En este largometraje intervienen casi un centenar
de artistas de todas las edades y especializados en los géneros del baile y cante
flamencos. Algunos de los protagonistas son Lole y Manuel, Lola Flores, Enrique Morente,
Paco Toronjo, Paco de Lucía, Manolo Sanlúcar, Joaquín Cortés, José Mercé y Fernanda
de Utrera, entre otros. Flamenco se estrenó el 16 de junio de 1995.
El 7 de diciembre de 1994 Carlos Saura y el
bailarín Antonio Gades recibieron un homenaje de la Sociedad Cinematográfica del Lincoln
Center de Nueva York, durante la segunda edición de «Maestros de la Danza y el Cine» en
el marco del tercer ciclo de cine español contemporáneo.
Carlos y su hermano, Antonio Saura, debutaron el
28 de junio de 1995 con una nueva versión moderna y personal de la opera Carmen de
Bizet en el Festival dei Due Mondi (Italia), trabajo con el que inauguraron el sector
dedicado a la lírica. También en Italia, Saura obtuvo el 20 de julio del mismo año el
premio al mejor filme por Marathon, en el ámbito del Festival de Cine dedicado al
deporte de Gaeta. La película fue rodada durante los Juegos Olímpicos de Barcelona en
1992. El Festival de cine de Puerto Rico, San Juan Cinemafest, celebrado en octubre de
1995 dedicó a Saura una retrospectiva en la que se proyectaron sus principales obras como
muestra privilegiada del cine español contemporáneo.
El 7 de diciembre de 1996 su largometraje Taxi
ganó el premio a la mejor película en la Octava Semana de Cine Español de Aguilar de
Campoo (Palencia). En Taxi Saura deja de lado el flamenco y las sevillanas de los
últimos años para dar una vuelta más al realismo, la calle y, en este caso, la noche y
con ella la intolerancia y el racismo. El cineasta utiliza por primera vez un guión ajeno
para abordar desde un entorno familiar y cotidiano un problema como el de los
fundamentalismos de todo tipo, tanto religiosos, como políticos o socioculturales.
En junio de 1997 comenzó a rodar en Buenos Aires
Tango, un musical en el que partiendo de la historia personal de Mario, un
cineasta que para superar una crisis afectiva con su ex mujer se refugia en el rodaje de
una historia sobre el tango, Saura va desglosando coreografías y bailes, protagonizados
por los mejores profesionales argentinos, incluido el famoso bailarín Julio Bocca.
El 2 de septiembre de 1997, ganó el premio al
Mejor Director en el Festival de Películas del Mundo de Montreal (Canadá) por el
largometraje Pajarico, galardón que compartió con el japonés Juni Ichikawa por
su trabajo Tokyo Yakyoku (La balada de Tokio). |