Bartolomé Ros, el fotógrafo que
llenó de Marruecos las páginas de las mejores revistas españolas en los años 20 y 30,
vuelve a África de la mano del Instituto Cervantes. Un acierto que agradecerán cuantas
personas se acerquen a contemplar las fotografías que forman esta exposición.
Fue este país, abierto a Europa durante el siglo XIX, objeto
de deseo y curiosidad para escritores y artistas, en una visión bastante alejada de la
realidad, las más de las veces, y que dio en llamarse orientalismo. La
fotografía, nacida por aquellas fechas, iba a ser ayuda esencial para apartarse de
estereotipos, convirtiéndose en apoyo imprescindible del africanismo, corriente
que sustituyó a la anterior.
Todos los cambios producidos en Marruecos en los
últimos ciento treinta años están recogidos en fotografías que despiertan el interés
de la investigación más seria en los campos histórico, social, antropológico,
arquitectónico... Colecciones como la maravillosa de la Biblioteca de Tetuán que espera
el interés de los investigadores para ayudarles en su trabajo. Pues bien, la obra de uno
de aquellos hombres que supieron hacer arte con su cámara es la que hoy se muestra ante
el espectador.
Bartolomé Ros nació en Cartagena en 1906, pero
se trasladó a Ceuta durante su infancia, al pasar su padre a formar parte del personal
del ferrocarril Ceuta-Tetuán. En Ceuta descubre la fotografía, que vivía horas felices
de la mano de Barceló y Rubio, Arbona y los hermanos Calatayud.
Para nosotros, José y Manuel Calatayud Aznar
serían sus maestros. Con ellos comenzaría su andadura profesional, destacando pronto en
su predilección por la instantánea.
Fue Ros lo he escrito ya fotógrafo
de calle, de máquina de fuelle y baby, pero no de disparador rápido e
instantánea a traición. Huyó así de aquella imagen almibarada del fotógrafo
pulcramente vestido, recibiendo familias en los salones de su estudio. Con alma
aventurera, muy pronto cambiaría las calles de Ceuta por los caminos marroquíes.
La juventud de este hombre se percibe en su gusto
por reflejar la modernidad de los transatlánticos de nuestros puertos, los vehículos que
comenzaban a invadir nuestros caminos y las aeronaves que cruzaban nuestros cielos. Mar,
tierra y cielos que sabía captar con algo más que técnica.
Pero lo mejor de su obra es quizá la
sensibilidad que apreciamos en la calidez de sus retratos, en los grupos de soldados, de
hombres y mujeres de las calles y los zocos. Una realidad social reflejada sin falsas
escenografías, que es veraz al ciento por ciento, y que despierta asombro cuando aparece
imbricada en las bellas arquitecturas de las medinas marroquíes.
Blanco y Negro, La Esfera, pero
sobre todo África, Revista de Tropas Coloniales, se disputaron su firma como
muestran hoy las colecciones hemerográficas. En esta última publicación, en cuyo
diseño tenía el pintor Mariano Bertuchi tanto que decir, ocuparon sus fotografías lugar
privilegiado, como demuestra el álbum editado en 1929 y que recoge algunas de las mejores
obras de Ros, Lázaro, Calatayud...
Ros se hizo hombre y fotógrafo en Marruecos.
Claro que también aquí se inició en el campo de los negocios con tal fortuna que pronto
nos privó de aquella primera actividad, reduciendo su producción en el tiempo a sólo un
par de decenios.
Esta exposición es una generosa aportación de
los hijos del fotógrafo a la historia de la fotografía hispano-marroquí, pero, sobre
todo, el fruto de un trabajo de investigación y de amor de su hija Rosa, cuyo corazón,
junto al de su padre, va puesto en cada obra elegida, entre los cientos de placas,
clichés y originales que han guardado celosamente.
Bartolomé Ros aparece en esta muestra como un
africanista pleno, cuyos rasgos artísticos se manifiestan en los personalísimos
encuadres y la belleza armoniosa de sus paisajes, pero que en su visión de Marruecos es
auténtico, sin ambages, proporcionando una imagen realista y respetuosa, que huye de los
lujos orientales como de las miserias arrabaleras. Una perspectiva que podríamos
denominar clásica de un país para el que, en su historia contemporánea, es ilustración
y apoyatura gráfica imprescindible.
José
Luis Gómez Barceló
De la Asociación de Escritores y Artistas Españoles |