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Roma 2000: Un mirada española

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Rafael Doctor Roncero


Una de las primeras asignaciones que la fotografía asumió fue la de convertirse en divulgadora de las bellezas que albergaba el orbe fotografiable. Con los precedentes dibujos y grabados de todo el período anterior, el nuevo invento acercaba unos mundos a otros utilizando una huella más explícita de realidad. Las distancias terrestres se empezaban a reducir y el primer capítulo de este concepto de cercanía, con el que hoy convivimos cotidianamente, fue la posibilidad de generar y difundir imágenes de una forma  ágil. El ser humano comenzaba a abordar mundos nuevos, lugares distintos, a través del conocimiento de su simulacro visual. La Europa ilustrada miró siempre al Sur, el mundo germinal, el origen de la cultura occidental. Los períodos neoclásico y romántico impulsaron el conocimiento de las civilizaciones antiguas. Se instauró una nueva tradición de viaje altoburgués que desembocó en lo que hoy entendemos como turismo.

Desde mediados del siglo XVIII y durante todo el XIX la atracción por el abismo de lo exótico, por lo desconocido cercano, hizo que se redescubriesen todos aquellos restos de la historia humana hasta ahora abandonados, que se empezasen a investigar y conservar los vestigios de las grandes civilizaciones pasadas y que se instaurase un nuevo orden de apreciación para con lo que antes sólo eran ruinas y escombros incómodos.

La proliferación de publicaciones en las que se incluían grabados y estampas es fruto de este interés inicial por ampliar y difundir el conocimiento de esos mundos ya desaparecidos. Los dibujantes se dirigían al sur para conseguir, a través de la línea de la plumilla o el lápiz, imágenes de todos esos túmulos y escorias donde se refugiaba el eco del pasado.

Con la irrupción de la fotografía el proceso de construir la imagen se agilizó hasta el punto de que fueron cientos los fotógrafos que, provenientes del norte, sobre todo de Francia, Alemania e Inglaterra, se instalaron en las grandes ciudades históricas del sur con el objetivo de capturar la belleza que aún palpitaba en los rastros del pasado. Estos fotógrafos, como nuevos viajeros románticos, portando sus grandes cámaras de placas, realizaron multitud de imágenes con la intención de vender —exportar— visiones directas de la belleza que aún residía en aquellos mundos ya instalados en el umbral que existe entre la decadencia y la muerte. Así, y con formato similar al del grabado tradicional, se positivaron millones de fotografías, la mayoría albúminas directas de las placas de cristal, y se difundieron en los centros donde residía la burguesía que ansiaba conocer ese mundo. Desde los años cincuenta a los noventa del siglo XIX, las fotografías circulaban paralelamente a los grabados. Pero el novedoso retazo de mundo que en ellas se incorporaba y la extraña verdad de luz y plata que ellas ofrecían, impulsaron aún más el ansia de llegar allí, de conocer, e incluso habitar, todos aquellos lugares donde aún residía parte de una pureza irremediablemente ya perdida. Y es que en ese momento el mundo ya se mostraba excesivo, caótico y dislocado; ya existía una insondable distancia que auretizaba un pasado que cada día se sentía más lejano.

Mirar hacia atrás y detenerse; la mirada romántica se instaló en la roca y piedra ya vivida, en símbolos de tiempo quebrado, en el musgo y moho que ya entonces sólo cubría espectros. El viaje al sur se planteó intuitivamente como necesidad de volver a la casa del padre, como impulso básico que hacía precisar, incluso implorar, un orden que aunque ya no queremos, añoramos.


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De la misma forma surgieron fotógrafos de estos mismos lugares que intentaron realizar el mismo trabajo.

Curiosamente el resultado comparativo de unos y otros suele diferir. Mientras que para el fotógrafo viajero la sorpresa era continua y era capaz de delimitar los aspectos que le demandaba la sociedad del norte a la que había pertenecido, el fotógrafo local se acercaba con una familiaridad más lógica a todo lo que por otra parte le pertenecía; además le resultaba más difícil redefinir y delimitar un concepto taxonómico de belleza como normalmente hacía el viajero. Una comparación de las imágenes del fotógrafo Robert McPherson, de origen inglés e instalado temporalmente en Roma, y del italiano Romualdo Moscioni, nos puede dar prueba de esta sutileza de puntos de vista. En el caso español, comparar el trabajo de Beauchy, Laurent, Cliffort... y tantos otros extranjeros instalados, con el de los fotógrafos locales como Garzón, da muestra exacta de esta diferenciación de planteamientos a la hora de reflejar los mundos exóticos.

Y así, Roma, la ciudad germen, la ciudad mágica y el eje original de la Europa contemporánea, es uno de los lugares más mirados, reflejados, interpretados. Se busca memoria como afirmación. Nos empapamos de pasado para conocernos, para poseernos.

El propio nombre de la ciudad por sí mismo suscita respeto y fascinación. Roma como lugar para mirar y reflejar. Roma ante el tiempo que siempre se sucede. Capas y capas de días impregnando el aire de una ciudad que huele a historia.

Roma como la ciudad de libertad individual imposible; y es que la memoria histórica que trasmiten cada uno de los muros, puentes, colinas, vías... como una losa se instala en la mente y retina del viajero, que indefenso ante tal avalancha de tiempo se refugia en la emoción y mira.

Roma hoy se presenta como metáfora de un mundo que no ha sabido asumir su propio desarrollo. La ciudad hoy sigue fascinando en extremo pues se muestra desnuda en sus irremediables contradicciones. La ciudad más bella y admirada aparece intransitable, ruidosa, inhabitable. Fácilmente se culpa al tráfico, a la violencia del comportamiento cotidiano contemporáneo, a los millones y millones de turistas, a las palomas... sin embargo, si cambiamos la perspectiva de entender la esencia de las cosas, los problemas pueden ser otros: el empacho de historia, la sobrecarga de tiempos y la muerte que portan todas las cosas realmente bellas pueden hacer el aire irrespirable.

Con un sentido romántico España instaló a finales del XIX en Roma la Academia de Bellas Artes en San Pietro in Montorio. Trabajar desde Roma, inspirarse en Roma, suponía para cualquier artista una de las más grandes aspiraciones. El viaje al centro de la belleza se planteo institucionalmente como reflejo de las aspiraciones estéticas de la época. Desde entonces y hasta la actualidad, el mundo contemporáneo no ha querido desprenderse de esta fascinación básica. Rebuscar Roma, como tema en la historia del arte español, implicaría un largo listado de autores y obras seducidos por el imán del eco del pasado. El trabajo de Gregorio Prieto puede resultar el más interesante de entre esta maraña de nombres. El pintor manchego concibió un mundo idílico a través de las ruinas persistentes. El mundo contemporáneo y el pasado se unían en una encrucijada de amoríos poéticos, de escenas de pasiones soterradas, de maniquíes y marineros presos de deseos. Curiosamente en Roma, junto al poeta Eduardo Chicharro y con la esporádica colaboración del mítico cineasta Dreyer, Gregorio Prieto realiza lo que es uno de los principales capítulos de la historia de la fotografía española. A través del uso del colage y la recreación de escenas, el pintor posa escenificando diversos roles de masculinidad en un ambiente clásico y sórdido al mismo tiempo. Roma se convierte en este trabajo en el único telón de fondo posible donde plantear un estado pasional absoluto. Una por una, las escenas rezuman el aroma de una melancolía optimista, perdida pero próxima.

Alberto García-Alix, Cristina García Rodero, Joan Fontcuberta y Javier Vallhonrat han asumido el reto de convertir en imágenes lo que la luz ofrece en esta ciudad. Rastreadores de sombras, los autores han abordado la empresa de seleccionar imágenes y reflexionar en torno a ellas. Como nuevos viajeros románticos, cada uno de estos fotógrafos españoles ha abordado, desde sus diferentes presupuestos técnicos y conceptuales, el dilema de sacar partido de algo que ofrece demasiadas cosas. ¿Cuál es la imagen de Roma?, ¿dónde mirar?, ¿por dónde empezar?, ¿es posible comprimir en pocas fotografías la desmesura de tal belleza?, ¿es posible fotografiar esta ciudad? Quizás la mente y la cámara se abrumen ante el rugir de la memoria que incesantemente desaparece y fluye del olvido. Pero son los ojos los que dialogan con los fantasmas mientras la mente irremediablemente construye fantasmagorías en esta ciudad que, como latinos, sentimos que nos pertenece; hay demasiadas cosas nuestras habitando esta compleja estructura de casas, palacios e iglesias. Quizás es imposible enfrentarse con el ofrecimiento visual de una ciudad como ésta. La vida fluye por los erosionados cauces que la intensa historia ha marcado y donde el presente homogéneo se ha instalado. Quizá  Roma no puede ser mirada pensando que es Roma.


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