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Una de las primeras asignaciones que la fotografía
asumió fue la de convertirse en divulgadora de las bellezas que albergaba el orbe
fotografiable. Con los precedentes dibujos y grabados de todo el período anterior, el
nuevo invento acercaba unos mundos a otros utilizando una huella más explícita de
realidad. Las distancias terrestres se empezaban a reducir y el primer capítulo de este
concepto de cercanía, con el que hoy convivimos cotidianamente, fue la posibilidad de
generar y difundir imágenes de una forma ágil. El ser humano comenzaba a abordar
mundos nuevos, lugares distintos, a través del conocimiento de su simulacro visual. La
Europa ilustrada miró siempre al Sur, el mundo germinal, el origen de la cultura
occidental. Los períodos neoclásico y romántico impulsaron el conocimiento de las
civilizaciones antiguas. Se instauró una nueva tradición de viaje altoburgués que
desembocó en lo que hoy entendemos como turismo.
Desde mediados del siglo XVIII y
durante todo el XIX la atracción por el abismo de lo exótico, por lo
desconocido cercano, hizo que se redescubriesen todos aquellos restos de la historia
humana hasta ahora abandonados, que se empezasen a investigar y conservar los vestigios de
las grandes civilizaciones pasadas y que se instaurase un nuevo orden de apreciación para
con lo que antes sólo eran ruinas y escombros incómodos.
La proliferación de publicaciones en las que se
incluían grabados y estampas es fruto de este interés inicial por ampliar y difundir el
conocimiento de esos mundos ya desaparecidos. Los dibujantes se dirigían al sur para
conseguir, a través de la línea de la plumilla o el lápiz, imágenes de todos esos
túmulos y escorias donde se refugiaba el eco del pasado.
Con la irrupción de la fotografía el proceso de
construir la imagen se agilizó hasta el punto de que fueron cientos los fotógrafos que,
provenientes del norte, sobre todo de Francia, Alemania e Inglaterra, se instalaron en las
grandes ciudades históricas del sur con el objetivo de capturar la belleza que aún
palpitaba en los rastros del pasado. Estos fotógrafos, como nuevos viajeros románticos,
portando sus grandes cámaras de placas, realizaron multitud de imágenes con la
intención de vender exportar visiones directas de la belleza que aún
residía en aquellos mundos ya instalados en el umbral que existe entre la decadencia y la
muerte. Así, y con formato similar al del grabado tradicional, se positivaron millones de
fotografías, la mayoría albúminas directas de las placas de cristal, y se difundieron
en los centros donde residía la burguesía que ansiaba conocer ese mundo. Desde los años
cincuenta a los noventa del siglo XIX, las fotografías circulaban paralelamente a los
grabados. Pero el novedoso retazo de mundo que en ellas se incorporaba y la extraña
verdad de luz y plata que ellas ofrecían, impulsaron aún más el ansia de llegar allí,
de conocer, e incluso habitar, todos aquellos lugares donde aún residía parte de una
pureza irremediablemente ya perdida. Y es que en ese momento el mundo ya se mostraba
excesivo, caótico y dislocado; ya existía una insondable distancia que auretizaba
un pasado que cada día se sentía más lejano.
Mirar hacia atrás y detenerse; la mirada
romántica se instaló en la roca y piedra ya vivida, en símbolos de tiempo quebrado, en
el musgo y moho que ya entonces sólo cubría espectros. El viaje al sur se planteó
intuitivamente como necesidad de volver a la casa del padre, como impulso básico que
hacía precisar, incluso implorar, un orden que aunque ya no queremos, añoramos. |

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De la misma forma surgieron fotógrafos de estos
mismos lugares que intentaron realizar el mismo trabajo.Curiosamente el resultado comparativo de unos y otros
suele diferir. Mientras que para el fotógrafo viajero la sorpresa era continua y era
capaz de delimitar los aspectos que le demandaba la sociedad del norte a la que había
pertenecido, el fotógrafo local se acercaba con una familiaridad más lógica a todo lo
que por otra parte le pertenecía; además le resultaba más difícil redefinir y
delimitar un concepto taxonómico de belleza como normalmente hacía el viajero. Una
comparación de las imágenes del fotógrafo Robert McPherson, de origen inglés e
instalado temporalmente en Roma, y del italiano Romualdo Moscioni, nos puede dar prueba de
esta sutileza de puntos de vista. En el caso español, comparar el trabajo de Beauchy,
Laurent, Cliffort... y tantos otros extranjeros instalados, con el de los fotógrafos
locales como Garzón, da muestra exacta de esta diferenciación de planteamientos a la
hora de reflejar los mundos exóticos.
Y así, Roma, la ciudad germen, la ciudad mágica
y el eje original de la Europa contemporánea, es uno de los lugares más mirados,
reflejados, interpretados. Se busca memoria como afirmación. Nos empapamos de pasado para
conocernos, para poseernos.
El propio nombre de la ciudad por sí mismo
suscita respeto y fascinación. Roma como lugar para mirar y reflejar. Roma ante el tiempo
que siempre se sucede. Capas y capas de días impregnando el aire de una ciudad que huele
a historia.
Roma como la ciudad de libertad individual
imposible; y es que la memoria histórica que trasmiten cada uno de los muros, puentes,
colinas, vías... como una losa se instala en la mente y retina del viajero, que indefenso
ante tal avalancha de tiempo se refugia en la emoción y mira.
Roma hoy se presenta como metáfora de un mundo
que no ha sabido asumir su propio desarrollo. La ciudad hoy sigue fascinando en extremo
pues se muestra desnuda en sus irremediables contradicciones. La ciudad más bella y
admirada aparece intransitable, ruidosa, inhabitable. Fácilmente se culpa al tráfico, a
la violencia del comportamiento cotidiano contemporáneo, a los millones y millones de
turistas, a las palomas... sin embargo, si cambiamos la perspectiva de entender la esencia
de las cosas, los problemas pueden ser otros: el empacho de historia, la sobrecarga de
tiempos y la muerte que portan todas las cosas realmente bellas pueden hacer el aire
irrespirable.
Con un sentido romántico España instaló a
finales del XIX en Roma la Academia de Bellas Artes en San Pietro in
Montorio. Trabajar desde Roma, inspirarse en Roma, suponía para cualquier artista una de
las más grandes aspiraciones. El viaje al centro de la belleza se planteo
institucionalmente como reflejo de las aspiraciones estéticas de la época. Desde
entonces y hasta la actualidad, el mundo contemporáneo no ha querido desprenderse de esta
fascinación básica. Rebuscar Roma, como tema en la historia del arte español,
implicaría un largo listado de autores y obras seducidos por el imán del eco del pasado.
El trabajo de Gregorio Prieto puede resultar el más interesante de entre esta maraña de
nombres. El pintor manchego concibió un mundo idílico a través de las ruinas
persistentes. El mundo contemporáneo y el pasado se unían en una encrucijada de amoríos
poéticos, de escenas de pasiones soterradas, de maniquíes y marineros presos de deseos.
Curiosamente en Roma, junto al poeta Eduardo Chicharro y con la esporádica colaboración
del mítico cineasta Dreyer, Gregorio Prieto realiza lo que es uno de los principales
capítulos de la historia de la fotografía española. A través del uso del colage y la
recreación de escenas, el pintor posa escenificando diversos roles de masculinidad en un
ambiente clásico y sórdido al mismo tiempo. Roma se convierte en este trabajo en el
único telón de fondo posible donde plantear un estado pasional absoluto. Una por una,
las escenas rezuman el aroma de una melancolía optimista, perdida pero próxima.
Alberto García-Alix, Cristina García Rodero,
Joan Fontcuberta y Javier Vallhonrat han asumido el reto de convertir en imágenes lo que
la luz ofrece en esta ciudad. Rastreadores de sombras, los autores han abordado la empresa
de seleccionar imágenes y reflexionar en torno a ellas. Como nuevos viajeros románticos,
cada uno de estos fotógrafos españoles ha abordado, desde sus diferentes presupuestos
técnicos y conceptuales, el dilema de sacar partido de algo que ofrece demasiadas cosas.
¿Cuál es la imagen de Roma?, ¿dónde mirar?, ¿por dónde empezar?, ¿es posible
comprimir en pocas fotografías la desmesura de tal belleza?, ¿es posible fotografiar
esta ciudad? Quizás la mente y la cámara se abrumen ante el rugir de la memoria que
incesantemente desaparece y fluye del olvido. Pero son los ojos los que dialogan con los
fantasmas mientras la mente irremediablemente construye fantasmagorías en esta ciudad
que, como latinos, sentimos que nos pertenece; hay demasiadas cosas nuestras habitando
esta compleja estructura de casas, palacios e iglesias. Quizás es imposible enfrentarse
con el ofrecimiento visual de una ciudad como ésta. La vida fluye por los erosionados
cauces que la intensa historia ha marcado y donde el presente homogéneo se ha instalado.
Quizá Roma no puede ser mirada pensando que es Roma.
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