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Roma 2000: Un mirada española

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Juan Manuel Bonet


Ausente, salvo rarísimas excepciones, de la historia canónica e internacional del arte moderno, sólo durante los últimos años la fotografía española de este siglo —y también la del pasado, dominado por nombres extranjeros, como Clifford o los Laurent— ha empezado a ser objeto de estudios un poco serios.

Si un José Ortiz Echagüe, adicto a los tipos raciales y a los paisajes noventayochistas, puede ser considerado como el equivalente fotográfico de un Ignacio Zuloaga, el resto de los pictorialistas españoles —pero el propio Ortiz Echagüe aborrecía ser calificado de tal— no terminó de tener un perfil excesivamente propio, aunque quepa mencionar imágenes memorables de los catalanes Antoni Campañá y Joaquim Pla Janini, del navarro Miguel Goicoechea o del aragonés Aurelio Grasa, que evolucionarían —aunque en la mayoría de los casos con timidez, y sin consolidar un estilo propio— hacia la vanguardia.

Por el lado del retrato, destacan, en Madrid, los Alfonso, padre e hijo, Alfonso Sánchez García y Portela, al que debemos algunos definitivos de grandes escritores, como Antonio Machado o Ramón Gómez de la Serna, siendo también dignas de mención, dentro de su obra más tardía, sus vistas nocturnas del viejo Madrid. Publio López Mondéjar, uno de los principales impulsores de la historia y la sociología de nuestra fotografía —especialmente a través de su tetralogía Las fuentes de la memoria— ha hecho mucho por el conocimiento de la obra de retratistas populares, entre los que él mismo destaca al manchego Luis Escobar.

Trabajosa, muy trabajosa fue, durante los años veinte y treinta, la irrupción de la fotografía de vanguardia, en un país cuyos creadores avanzados habían optado, capitaneados por Picasso, por instalarse en París, la meca del arte moderno, y en el que la modernidad, en todos los órdenes de la vida y de la cultura, encontraba enormes resistencias. El núcleo más coherente de esa fotografía de vanguardia trabaja en Barcelona, y hay que recordar los casos de Pere Català Pic —partidario de lo que en un artículo de 1932 para Mirador llamaba la revolución fotográfica moderna—, Josep Sala, Josep Masana, Emili Godes, Joaquim Gomis —cultivador de la nueva visión, y muy vinculado a Joan Miró— o Margaret Michaelis, la fotógrafa del GATCPAC y de su revista A C. La evolución de muchos de estos nombres puede rastrearse en las páginas de la lujosa revista mensual D'Ací i d'Allà. En orden más disperso, durante los años republicanos se vislumbran nuevas posibilidades en las respectivas obras de Cecilio Paniagua —luego dedicado al trabajo para el cine— en Madrid, Adalberto Benítez en Tenerife o José Suárez en Galicia. El fotomontaje irrumpe con los valencianos Josep Renau y Manuel Monleón, fuertemente politizados, y el vasco Nicolás de Lekuona, más experimental. Tampoco debemos olvidar la obra realizada en la España de los años treinta por grandes nombres de la fotografía mundial de vanguardia, como pueden ser Henri Cartier Bresson, Eli Lotar —cámara de Tierra sin pan (1932) de Luis Buñuel— o Bill Brandt.

La guerra civil concitó muchas miradas foráneas: Robert Capa, Gerda Taro, David Seymour, Hans Namuth, Walter Reuter —fotógrafo de la revista AIZ—, Kati Horna... En el bando republicano reveló a Agustí Centelles, mientras el franquista se reconocía en la imperial iconografía de Jalón Angel. Empujó al exilio mexicano a Renau y a los hermanos Mayo, mientras José Suárez se instalaba en Buenos Aires, de donde regresaría en 1960.

La inmediata posguerra fue difícil, oficialista, tardopictorialista. Entronizó a Ortiz Echagüe, que en 1943 publicaba uno de sus libros más importantes, España mística. Como sucedía coetáneamente en los  ámbitos literario y pictórico, voces rupturistas surgieron por el lado del realismo. El húngaro Nicolás Muller, fallecido hace unos meses, y que había pasado parte de la década del cuarenta en Marruecos, logró construir, desde Madrid, una de las visiones más coherentes de España, con especial preferencia por la rural; también son importantes sus retratos, entre los que brilla el de Pío Baroja paseando por el parque del Retiro madrileño. En sus libros sobre Barcelona y Madrid, el catalán Francesc Català Roca puso a nivel internacional —al nivel de los fotógrafos de los treinta, cuya obra había descubierto de la mano de su padre, el mencionado Català Pic— una fotografía urbana que hasta entonces no había contado aquí con grandes cultivadores; no olvidemos tampoco sus trabajos para el grupo R, decisivo en la renovación de la arquitectura barcelonesa, ni su labor como retratista.


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Tras esos dos pioneros, vinieron Gabriel Cualladó —cuya obra rezuma una especial verdad—, Paco Gómez, Gerardo Vielba, Fernando Gordillo, Paco Ontañón, Rafael Sanz Lobato o Juan Dolcet —magnifico retratista— en un Madrid donde jugaron entonces un importante papel la veterana Real Sociedad Fotográfica, y los grupos La Palangana y La Colmena. Joan Colom —cronista del Barrio Chino de la capital catalana, y algunas de cuyas instantáneas acompañaron Izas, rabizas y colipoterras (1964), el libro prostibulario de Camilo José Cela—, Oriol Maspons, Ricard Terré, Ramón Masats, Leopoldo Pomés o Xavier Miserachs trabajaron en una Barcelona más abierta a la novedad, en la que proseguía sus búsquedas un adelantado como Joaquim Gomis, y en la que tampoco podemos olvidar el trabajo intimista del ex-dadaísta Otto Lloyd. Gonzalo Juanes, en Gijón. José Miguel de Miguel, en Valencia. José Núñez Larraz, en Salamanca. Alberto Schommer en Vitoria. Por último, Carlos Pérez Siquier, José María Artero y el resto de los integrantes del pionero y sorprendente grupo AFAL, en Almería, grupo y revista fundados en 1956, y muy conectados con los círculos españoles y europeos más al día, y ello pese a lo periférico de la ciudad donde surgió (también corresponde a aquel período la obra de Virgilio Vieitez, un fotógrafo popular del pueblo pontevedrés de Soutelo de Montes, que supo realizar, por decirlo en palabras de Publio López Mondéjar, «una monumental y conmovedora crónica gráfica de la Galicia rural», y que recientemente ha sido sacado del anonimato, y lanzado nacional e internacionalmente).

Fue importante como ruptura, a comienzos de los años setenta, la aventura de la revista madrileña Nueva Lente, a la que están vinculados nombres como Pablo Pérez Mínguez, Jorge Rueda o Carlos Serrano. A Nueva Lente debemos el descubrimiento de la decisiva obra del francés Bernard Plossu, que más recientemente residiría durante unos años en la localidad almeriense de Níjar. Desempeñó además, debido a la presencia en ella de Rafael Pérez Mínguez, un cierto papel en el desarrollo de la escena pictórica de aquella década, otros de cuyos polos de referencia fueron, siempre en la capital de España, la galería Redor, y el Photocentro, espacios ambos ya clausurados. La nueva fotografía cobra fuerza durante los años ochenta y noventa, época que ve consolidarse la obra de Humberto Rivas —argentino de nacimiento, y autor de espléndidas vistas urbanas, entre las que destacan las de sus dos ciudades, Buenos Aires y Barcelona—, Toni Catany —gran bodegonista, gran viajero, recuperador de la técnica del calotipo—, Manel Esclusa, Javier Vallhonrat, Eduardo Momeñe, América Sánchez, Pere Formiguera, el retratista Jordi Socias, los documentalistas Koldo Chamorro, Isabel Muñoz, Marta Sentís, Xurxo Lobato y Cristina García Rodero —autora esta última de los libros España oculta (1989) y España, fiestas y ritos (1992)—, o el siempre desconcertante —por amigo de las máscaras, el fingimiento y la parodia— Joan Fontcuberta, que fue el primero en acercarse a nuestras vanguardias fotográficas de preguerra cuando comisarió la muestra ministerial Idas y caos (1984), entre otros.

A Alberto García-Alix le ha beneficiado y a la vez perjudicado la etiqueta fotógrafo de la movida madrileña. Beneficiado, porque le ha garantizado un éxito casi inmediato, al igual que a otros nombres vinculados al mismo efímero movimiento, como pueden ser Ouka Lele o Miguel Trillo. Perjudicado, porque cuando uno repasa su producción se da cuenta de que se trata de un creador mucho más complejo de lo que puede parecer a primera vista.

Otro  ángulo de la escena más reciente lo ocupan los fotógrafos-poetas, en su mayoría muy amigos de Plossu, y entre los que destacan Javier Campano —el más viajero de todos—, Manuel Sonseca —autor de muy bellas instantáneas portuguesas—, Vari Caramés, Luis Baylón y Óscar Molina, y los fotógrafos urbanos, con Manolo Laguillo y Carlos Cánovas —formidable su libro de 1994 sobre la ría de Bilbao— a la cabeza.

Líneas más experimentales son las desarrolladas por Chema Madoz —neosurrealista, cuyo universo no está  muy lejos del de un poeta visual y objetual como Joan Brossa—, el purista Jaime Gorospe, Ciuco Gutiérrez, Daniel Canogar, Jorge Ribalta, Manuel Vilariño, José Vicente Monzó o Eduardo G. Cortils, este último el más literario de todos ellos.

No hay que olvidar, por lo demás, que en un fenómeno que ofrece ciertas similitudes con lo que sucedió en la época de las vanguardias históricas, edad de oro del fotomontaje y el fotograma, la fotografía invade hoy, a nivel internacional, otros territorios, siendo bastante numerosos los artistas españoles que la practican, con o sin manipulaciones, y a menudo en gran formato. En ese campo, cabe mencionar nombres como los de Darío Villalba, María José Gómez Redondo, José Noguero, Nacho París o Chema Alvargonzález, sin olvidar a pintores que han hecho incursiones más breves en él, caso de Luis Gordillo, de Juan Uslé o de Xesús Vázquez, ni a conceptuales como Antonio Muntadas o en su día Alberto Corazón, ni a artistas adictos, cada cual a su manera, al fotomontaje, como Dis Berlin o Jorge Galindo.

La fotografía española se encuentra en un gran momento, y goza además de una atención de la que no había gozado en el pasado. El IVAM, museo valenciano que abrió sus puertas en 1989, y que tengo el honor de dirigir desde 1995, abrió la marcha; entre las muestras fotográficas que ha presentado hay que destacar colectivas como La nueva visión o Mexicana, y retrospectivas de Eugène Atget, Walker Evans, Margaret Michaelis, Agustí Centelles, los hermanos Mayo, Grete Stern, Horacio Coppola, Rudy Burckhardt, George S. Zimbel, Joaquim Gomis, Gabriel Cualladó, José Miguel de Miguel, Bernard Plossu, Humberto Rivas, Joan Fontcuberta o Carlos Cánovas. La Primavera Fotográfica de Cataluña, PhotoEspaña en Madrid, la Bienal de Tenerife, Tarazona Foto o Huesca Imagen, son iniciativas positivas, como lo son la fundación en Zarauz de un Museo de la Fotografía, la proliferación, por toda la península, de galerías y librerías dedicadas a este arte, y en el plano institucional el hecho de que el Ministerio de Educación y Cultura creara recientemente el Premio Nacional de Fotografía, merecidamente otorgado, a lo largo de su corta vida, a los fotógrafos ahora reunidos en esta sugerente colectiva romana.


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